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Revista
Rolling Stone| 12-2004 Por Claudio
Kleinman y Pablo Plotkin
ENTREVISTA
ROLLING STONE "EL
PRECIO DE LA LIBERTAD ES LA SOLEDAD"
Con una visión del mundo que interpreta
y encarna la cultura rock, vuelve, ahora solista,
para pintar un panorama algo desolador: "No es un
momento en el que me ponga contento estar
vivo". No es difícil precisar el momento en que se
disuelve el mito y aparece la persona. El mito
–que se fundó hace ya muchos años– se acentúa en
la playa de una estación de servicio junto a una
calle colectora en las afueras de Buenos Aires,
cuando un asistente del Indio Solari, muy gauchito
él, nos invita a subir a una Land Rover blanca y
conduce en dirección a la residencia. Al final de
un camino polvoriento, después de atravesar
quintas y ranchos, el portón negro se abre con un
chasquido y una pequeña jauría de ovejeros se
conmueve alrededor del jeep. Se nos pide que no
bajemos hasta que los perros más bravos estén
guardados. El jardín es magnífico: sobresalen un
limonero y un tobogán reloaded para Bruno, el hijo
de 4 años del Indio y Virginia.
La aparición del dueño de casa corresponde a la
canonización: lentes oscuros, calva reluciente,
remera negra y pantalones cargo. Pero entonces, el
mito ya está disuelto. El Indio es un tipo amable,
que habla a las puteadas y comenta las peripecias
de la vida doméstica con un tono mucho más
prosaico que el que se le atribuye a su figura
pública. Tiene una sonrisa luminosa, que le brota
con frecuencia y que hace que sus ojos se pongan
vidriosos. Cuenta anécdotas de famoso y habla de
cuestiones financieras con soltura, a la par de
sus definiciones sobre la revolución tecnológica y
los cataclismos que están por venir.
En el casco posterior de la quinta funciona
Luzbola: la planta baja es un estudio de grabación
“semiprofesional”. En el primer piso está su base
de operaciones artísticas. Es un ambiente diseñado
a la medida de un fundamentalista del aire
acondicionado: un split sopla una brisa
polar y un televisor con la pantalla dividida en
cuatro devuelve imágenes de las cámaras de
seguridad. La ventana es inmensa y, velada por una
persiana americana roja, mira al portón y le
confiere al ambiente cierta perspectiva de torre
de control. En las paredes hay dibujos y colages
de su autoría. Varios de ellos ilustran el arte de
El tesoro de los inocentes (bingo fuel). En
un rincón, debajo de un equipo de audio de última
generación, hay una heladerita como las de los
hoteles. Junto al sofá, la mesa ratona sostiene el
café, las medialunas (la cita es a las 10 de la
mañana) y un libraco de 1885 con textos e
ilustraciones de la época. “Es un objeto de
poder”, asegura el Indio. “Me trae suerte.”
En el escritorio en que Solari compone y
escribe, se apilan cuadernos y una laptop que
tiene a Bruno como fondo de pantalla. El artista
reparte las letras del disco y pone play a un
volumen alto. Cerca del marco conceptual de
Momo sampler, El tesoro... retuerce las
guitarras hasta sintetizarlas, satura los espacios
vacíos y le permite al Indio probar diversos
formatos vocales, incluyendo el crooner
lascivo de “La piba de Blockbuster” y al
cronista eléctrico de “Pabellón séptimo”.
A la hora del almuerzo, Virginia –una morocha
flaca y fibrosa, muy simpática y resuelta– sube
con empanadas caseras y tres botellas de vino de
una bodega selecta. Carlos opta por una lata de
Heineken (“el vino me da sueño, y tengo que
trabajar toda la tarde”) y bebe de a sorbos
esporádicos. A lo largo de las cinco horas
siguientes, frente a un cielo de nubes espesas en
Parque Leloir, “el loro” del Indio no dará
respiro. Lo que sigue es una parte de la
conversación.
En
qué momento decidiste que estabas listo para un disco solista? En
realidad, yo no me veo obligado a hacer esto. Más allá de la
comercialización, uno está todo el tiempo componiendo, tocando...
Armo un set de máquinas y con un teclado maestro voy armando
las maquetas. Paralelamente a lo que hacíamos con los Redondos,
yo estaba experimentando con un sonido entre Residents y Prodigy,
una cosa muy hard pero con máquinas; con guitarras también pero
con mucha máquina. Las máquinas son unos aparatos estupendos
para trabajar. Hay mucho chicos con perfil rocker que las rechazan
y no se dan cuenta de que ahí tienen una oportunidad de mostrar
sus trabajos garage.
¿Esas
grabaciones preliminares terminaron en el disco? No, quedaron
para mí, como música para películas o para un nuevo álbum. Pensé
que no tenía derecho a cortar la comunicación con el público.
Tenía unas cuantas canciones y empecé a trabajar con ellas,
sin ningún plazo. Hacía rato que yo venía pidiendo un tiempo,
porque me había transformado en un jugador dominante dentro
de los Redondos: hacía la música, hacía las letras, me encargaba
del discurso público, bauticé a la banda, salía en todas las
tapas...
¿Se
convirtió en una situación agobiante? Llega un momento en
que eso no te da tiempo para nada más que para la rueda de trabajo.
No tenía tiempo para comer data. Lo primero que me pasó es que
no tenía tiempo para leer. Tenía ganas de leer "El cuarteto
de Alejandría" (obra maestra del escritor británico Lawrence
Durrell) y me decía: "¡Puta madre! Estoy en una situación
privilegiada que me permite hacer esto y sin embargo...".
A la vez, con el nacimiento de Bruno descubro un tipo de inocencia
que desconocía. Como anoté en un dibujo mío: La inocencia
de los niños es la inocencia prehistórica. Cada vez dura
menos, es cierto, Bruno ya es un hijo de puta, su inocencia
duró lo que dura un pedo en la mano. Ya negocia todo, agarra
la computadora, en cualquier momento va a salir en Toyota...
Pero durante un tiempo hay un estado de inocencia animal que
te permite ver la cultura y qué cosas se pierden luego.
Volviendo
al disco, ¿en qué momento el proyecto hizo ese cambio de rumbo? Tenía
unas cuantas canciones y empecé a trabajar con ellas, pero así,
sin tiempo. Como no había ningún plan para hacer algo para comercializar,
ni producirlo para exponerlo, empecé con las maquetas en las
que hago todo yo, y como soy muy maleta como ejecutante, lo
llamé a Julio (Julio Sáez, guitarrista y actual manager) para
que empiece a tocar con mi equipo. La manera en la que yo trabajaba
con Skay era así: yo armaba las maquetas y prosperaban las que
coincidían con las cosas que el tenía, que tenían alguna armonía
o alguna cosa en común. No eran necesariamente las mejores.
De pronto me encontré con que algunas de esas canciones estaban
buenas y ahí me puse a rockear un poco más.
¿Qué
esperás que pase ahora, con el disco en la calle? No soy
la clase de tipo que está buscando el reconocimiento externo.
Lo único que hago es sacarme de encima las cosas. Creo que la
crítica referida a la música popular no tiene mucha capacidad
como para enjuiciarme.
Pero
sí te fijás en tu público. Cambiaste el rumbo del disco por
eso.... Hay trabajos que son de laboratorio y otros que son
de campo. Para un artista plástico, un punto negro en medio
de una superficie blanca de dos kilómetros puede tener un significado
que a la gente le importe un joraca. Esto era lo mismo. Era
muy pronto para salir con sonidos tan extremos. Lo que estaba
haciendo era como hard, como un progressive pero medio heavy,
no una cosa house.
¿El
house no te gusta? Lo que más me atrae de la música electrónica
es el progressive, pero no la música para bailar. Ojo, también
escucho a Norman Cook (Fatboy Slim), Paul Oakenfold, pero porque
utilizan muchos elementos del rock. Y producen otras cosas que,
independientemente de las que hacen para bailar, tienen otro
concepto. La música dance que nos acostumbraron a escuchar,
más allá de que las máquinas mejoraron, tiene el mismo concepto
que la de los años del pedo. Y no está amparada en ninguna cultura
que vaya más allá del género.
¿A
qué te referís? Claro, por más que la gente hable de la nueva
espiritualidad, termina tomándose un producto... ¿ésa es la
nueva espiritualidad? Yo creo que es una excrecencia final:
estamos esperando que algo suceda, que algo nos sorprenda. Pero
mientras que la cultura no se mueva, no va a producir más que
esta especie de agonía de la cultura en la que se formó uno.
Lo dice un tipo de 56 años que todavía entiende el mundo de
hoy. El verdadero rocker quiere una novedad. Siempre renegué
de la mirada nostálgica, de pensar que todo tiempo pasado fue
mejor. Y ahora la única esperanza que me queda es que este mundo
paródico sea la antesala de un mundo virtual.
O
sea que tu visión sigue siendo la misma que en la última época
de los Redondos... Ya lo pinté en Momo Sampler; estamos viviendo
una especie de parodia vital. Hoy hay una farandulización de
la vida, que yo noto incluso en gente amiga e inteligente. Los
medios tienen un poder muy grande, y las conversaciones pasan
por los estándares que allí se ponen en juego. Las noticias
hoy, son probables. Las cifras de una misma noticia cambian
a lo largo del día. Es como una observación meteorológica de
la vida. La única manera en la que acepto esa especie de vaciamiento,
la única manera en que no me aburre esta vida es pensar que
es la antesala de un cambio muy grande, que asistimos al agotamiento
de la cultura que nos describe.
Tu mirada sobre la cultura rock está expresada
en algunos temas del álbum, como "¿Tomasito podes oírme? ¿Tomasito podes
verme?"... El gran problema es que, hoy, aun aquellos que en su
momento hicieron experiencias no ordinarias, que les pudieron haber
costado la cordura o hasta la vida, siguen recordando esos momentos como
hippies estereotipados de una propaganda de Renault. Y no fue así. Me
da pena que aquellos que vivieron eso digan que al rock no hay que
tomárselo en serio, que uno lo hace para levantarse minas. No está
mal levantarse minas, pero que ésa sea la razón por la que vos sos un
artista... Me parece que no está bien. Son frases ingeniosas, pero... Que
una canción no cambia el mundo... No, no cambia el mundo, pero hay
canciones que me hicieron cambiar mi mirada sobre el mundo. Que
eso no sea posible ahora, está bien, pero me aburre mucho la postura
que los artistas tienen hoy. Han aceptado la mirada posmoderna. Y yo creo
que hay que estar atentos a las pretensiones de la hipermodernidad. Yo
creo que, para que la vida tenga una pulsión, la gente tiene que tener
ideales. No todo puede ser cool.
Sin embargo, después de diciembre de 2001,
parecía haber una vuelta del compromiso, la gravedad. ¿Duró poco o
qué? El carácter civilizatorio de la industria del
espectáculo es impresionante. Todos los criterios de los formadores de
opinión están unidos a la industria del espectáculo. Si los artistas
no se hacen cargo de eso, no se va a hacer cargo nadie. No quiero
estandarizar la importancia del trabajo; estoy diciendo que tiene que
haber de todo, que no debe prosperar la liviandad como canon excluyente.
El arte es un arma muy importante para transmitir emociones. Y dedicarla
simplemente al entretenimiento... No sé, a mí no me seduce mucho la idea
de entretener a la gente mientras la vida pasa. Bienvenidos Los Auténticos
Decadentes, pero también tiene que haber otra cosa. Me rompe las bolas
cuando dicen: "letras crípticas". ¿De qué están hablando? La poesía es
críptica. La poesía tiene que sugerir más que significar. Una obra de arte
es simbólica. El arte es describir un aspecto de la realidad
simbólicamente, en términos estéticos. El culo, la birra... Está bien,
pero que no digan que cualquier otra cosa es pretenciosa. Creo que, hoy,
hay una incapacidad para generar obras creativas. No es un momento en el
que me ponga contento estar vivo. Miro a mi alrededor y veo que estamos a
la espera de un cambio cultural que tarda en venir. Supongo que la
biotecnología traerá eso.
¿Crees que, necesariamente, las nuevas
tecnologías impondrán el cambio cultural? Hay una
reterritorialización. Pero no estamos todos en el mismo
estándar. Una parte de Nueva York, San Pablo o Buenos Aires ya tienen un
territorio en común que no tienen los desposeídos de esas sociedades. Hay
nuevos territorios, pero todo tiene que ver con tu capacidad para
vincularte con esas nuevas tecnologías. En los países de punta es más
fácil: las estadísticas muestran que en los países con mejor calidad de
vida es donde menos delincuencia hay. Evidentemente, las leyes más
represivas no solucionan los problemas, lo que los soluciona es que la
gente tenga una vida digna, y ahí el porcentaje de delincuencia también se
achica.
El disco tiene una densidad sonora
importante. ¿Puede que sea eso lo que te volvió loco durante estos cuatro
años? Sí. En comparación, es muy fácil mezclar un álbum de
un power trío: tenes todo el techo dinámico para darle a la guitarra, el
bajo, la batería y el cantante. El problema es cuando tenes dos o tres
guitarras, y hay una chapa atrás haciendo como una nube y aparece una
trompeta por allá... Es lo que me gusta a mí, tanto cuando compongo como
cuando pinto: no soy minimalista, no hago las cosas por sustracción, sino
por adición. Y de movida, porque mi discurso es oscuro. No es un discurso
ipum para arriba! Entonces las tonalidades que elijo siempre
son dramáticas o nostálgicas.
El primer tema, "Nike es la cultura", tiene una
orientación muy contemporánea y política. ¿Lo pensaste como una especie de
toma de postura? Para mí, el proceso intelectual es un proceso muy
sensitivo. No es un proceso cool y frío. Aunque, sí, la
transmisión de sensaciones se sobrelleva con las armas intelectuales: la
comprensión de la literatura, de la música, el bagaje de todo lo que has
espectado, escuchado, sobre lo que has aprendido, y las
gramáticas que incorporaste para entender. Al final de "Nike es la
cultura", la estrofa dice: "Vos gritas No logo/O no gritas No
logo /O gritas No logo no". Es decir, ni siquiera
tomo una posición con respecto a eso. No logo (el ensayo de Naomi Klein)
es un éxito editorial, también. Me aproveché de eso para referir a una
tipa que hizo un gran éxito editorial describiendo la intimidad de Donna
Karam y todas las marcas, y cómo logran su éxito comercial con las
sangrías que hacen en las poblaciones donde podés tener galpones de gente
trabajando por un puñado de arroz. Pero, más que nada, yo estaba pintando
la relación de los adolescentes con todo eso.
¿Y también tu relación con el asunto? Sí, a mí me encanta la ropa de Nike y la uso, de modo
que no me desentiendo. Sólo describo. Independientemente de lo que mucha
gente cree, yo nunca trato de traducir de maneras ideológicas lo que hago.
Si alguien lo quiere leer así, que así lo lea, pero yo sólo trato de
transmitir una visión, en este caso sobre las grandes corporaciones de la
vestimenta. Y estamos todos involucrados. Me gusta la ropa de Nike,
pero entiendo el contexto de explotación social que la produce. Esas
zapatillas que a vos te gustan y te meten en la marota son el marco del
sufrimiento y la desigualdad que hay en el mundo
En el Album hay una variedad en el sujeto desde
donde se escribe: crónicas, visiones sociales. En casi todo los álbumes la fórmula es más o menos
la misma. "Zippo que estaba hecho migas..." [canta]. Siempre hay tres
o cuatro canciones que son crípticas y que generalmente son las que
expresan la manera de ver la vida de un tipo que se dedica a las
ideas. Mi trabajo es leer, escribir, reunir cada vez más elementos para
transmitir una emoción. Esas letras no son más crípticas.
Son para gente que tienen otro nivel para leer la data, el mundo y la
cultura. Son temas que tienen una pretensión de abarcar sentimientos más
profundos, y a partir de ahí la letra se hace más simbólica. Por
ejemplo, "La muerte y yo", dónde hay juegos que tienen otro
significado para dar una impresión de cómo ve uno la muerte. "El tesoro de
los inocentes" dice "si no hay amor que no haya nada, vida mía, no vas a
regatear". Hay algunas con connotaciones más sociales, como
"Ciudad Baigón", y después hay otras que son pinturas, como "¿Tomasito
podes oírme? ¿Tomasito podes verme?", que pinta lugares de reunión
que hay en Etcheverri, como esa moda que hay en Europa que acá las
vanguardias no aceptan: lugares multitemáticos en que te encontrás con
viejos carrozas de los años 70 y con pibes de 13 años, todo
mezclado, y la música de fondo son rocanroles del año del pedo mezclados
con lo último de la música tecno, y de pronto suena The Who. Es una
manera de pintar un submundo que no es el submundo que está de moda, y que
sin embargo es tan o más vanguardista porque está abierto a todo tipo
de estímulos, no a la tendencia imperante que está de moda en Palermo
Hollywood.
"Pabellón Séptimo" es casi una crónica
periodística. Es un hecho que pasó, y está relatado de una manera
dramática. Le pasó a un amigo, Luis María (mencionado en "Toxi Taxi", el
tema de los Redondos) en Devoto. Fue una masacre, un asesinato terrible, y
yo tenía que ver cómo lograr ese tono dramático a través del vehículo
musical de la canción. Siempre que abarco un grupo de canciones, algunas
están dedicadas a pintar personajes y otras a tratar de expresar
sentimientos o miradas que tengo con respecto a algo.
En el disco también hay una carga de
sensualidad... Mira... ¡Ya estoy hecho un viejo verde!
Bueno, no queríamos ponerlo en esos términos...
La verdad es que les estoy muy agradecido a las
jovencitas que tienen actitudes condescendientes conmigo. Yo puedo ser el
abuelo de muchas de esas chicas. Pero tiene que ver con esas cosas del
personaje, ¿viste? Hay tipos que no cogerían nunca si no fuera porque se
transformaron en algo importante. Yo agradezco mucho la delicadeza de
jovencitas que tienen 14, 16, 17 años y te tratan como si fueras una
especie de sex symbol irresistible. Pero... ¡la concha de su
hermana! "La piba de Blockbuster" es un poco eso. Hay una
estrofa que dice: "Un pavo guapo no soy/ ya ni mañas me doy/ pero ella
está conmigo...". Por otro lado, no soy un tipo jodido en ese sentido.
Nunca me aproveché de mi posición, creo que no está bien. Las diferencias
de edad hacen diferencias en los morbos. Nunca me creí la del rocker que
la va de banana por cogerse a una menor en un hotel de Rosario. Tampoco
estoy censurando, pero no me parece que esté bien ese juego de
perversión. Independientemente de que uno zozobre a la tentación
alguna vez.
Lo de la sensualidad no significaba,
necesariamente, cogerse a una menor... No, yo me refería a "La piba de Blockbuster"... Es muy
chiquita [hace como que se escurre la baba]. "Canción para un
goldfish", por ejemplo, es un relato onomatopéyico, casi, pero habla de
algo que a uno le puede pasar en cualquier momento. Estar en un chichoneo
y que alguna de las chicas amigas vaya debajo de la mesa y... empiece toda
la joda.
¿Alguna vez fuiste un adicto a las groupies?
No, ni siquiera. Esa parte fashion de las limusinas, las
groupies y la merca, no me tocó. Yo soy más de la generación de
los yippies. Toda esa cosa de la moda y del sacrificio de la
juventud no fue lo que más me interesó de la cultura rock. A mí me
interesaron los años en que el rock en los Estados Unidos fue político. Y
cuando digo "política" estoy hablando de poner ácido en los cuarteles, no
estoy hablando sólo de los Black Panters. Estoy hablando de lo que hacían
Jerry García, Ken Kesey. El rock hecho política. Con otras armas, con
otras visiones... La cosa de la limusina, el hotel y los caprichos, y te
tiro el televisor por el balcón, me pareció todo una pelotudez.
Independientemente de que uno ha estado sujeto muchas veces a
circunstancias similares.
¿Cómo cuáles? Cuando vas a una provincia, el productor te trae todo lo
que piden los grupos de rock. Pero, para mí, antes de subir al escenario,
los camerinos se parecen más a un templo que a un quilombo. Me gusta el
chichoneo y la joda como a cualquiera, pero en otros momentos.
¿Nunca curtiste vips? Las primeras veces que íbamos a tocar a Mar del Plata,
por ejemplo, terminábamos encopetinados y después del show nos mandábamos
a una disco. Y nos ponían en el vip. Me acuerdo de una vez en que
estábamos rodeados de personajes como Hugo Gatti, (Carlos) Monzón,
Federico Moura, Pablo Codevilla... Y estábamos nosotros, también. Y era un lugar privilegiado, todo pana y chicas que se
te sentaban encima para las cámaras, champán y... Y la gente del otro lado
del cordel nos miraba como si fuéramos muñecos de cera. Ahí me dije: ¿qué
estoy haciendo acá? Creo que toda esa cosa tiene que ver con la necesidad
de mostrarse, el ego.
¿Preferís concentrarte en la obra? Creo que la transformación metafísica es la razón por la
que uno hace esto. La obra, en sí, lo único que hace es transformarme a mí
mientras la hago. Cuando esa obra convoca conocimientos, los atrae para
formar parte de ese caldero del cual yo voy a sacar cosas. Eso me
transforma en un ser diferente. Me modifica. Lo otro, la
autodestrucción exhibicionista... Si ustedes hubieran llegado acá y
yo estaba con un pico tirado en el piso, la nota empieza a estar
linda, ¿no?. En cambio te encontrás con un boludo que vive encerrado y hace
canciones. Entiendo que hay un atractivo y un morbo en el hecho de ser
testigo de intimidades de tu vida, sobre todo si te pasas el día con
el culo en la caja de un banco. Pero yo soy más tradicional: me interesa
la obra.
Todo el tiempo estás marcando diferencias con lo que se
supone es la cultura imperante. ¿Te sentís solo? Sí. Creo que tiene que
ver con la libertad. El precio de la libertad es la soledad. Hay un grupo
muy pequeño de personas que tiene lo que yo reclamo para mí: lealtad,
honestidad y diversas capacidades intelectuales. Pero se me hace muy
difícil establecer nuevos afectos, porque no hay una correlación entre mi
personaje público y mi vida. Se hace muy difícil tener amistades
nuevas cuando la gente te puso en un lugar de icono. Es muy fuerte para
todo el mundo. La mayoría prefiere que seas ese muñeco, y no lo que sos en
verdad.
¿No crees que tuviste mucho que ver con la
construcción de esa figura? ¿Te reprochas algo? Sin duda tuve que ver. No me reprocho nada porque
supongo que hay cosas que uno no sabe manejar. Mi personalidad es como es,
hay cosas que no manejo bien. Soy fóbico a la gente. Me gusta estar arriba
del escenario, no abajo. Si estoy ahí, me agarra una claustrofobia que me
muero. Hay personalidades que se llevan muy bien con la popularidad, y
otras que no. Siempre he tratado de que mi personalidad no se cristalizara
públicamente. El problema es que, cuando generas un proyecto exitoso, si
vos no te encargás de esa descripción, alguien lo va a hacer por vos.
Cada uno tiene una necesidad distinta acerca de cómo tenes que ser...
Más alto, más honesto, menos miserable... Y la verdad es que lo que
más necesitaba era tiempo para pensar, para leer, para escribir, sin
necesidad de volcarme en un proyecto totalizador, porque quizá la
mirada del mundo que tengo hoy es muy parecida a la de Momo sampler.
No cambió nada.
Ese hermetismo que decís que te jugó en contra,
terminó haciendo escuela en el rock nacional de esta época... Me cuesta
reconocerme en esas cosas. Yo estuve en un proyecto importantísimo. Si uno
quiere verlo desde un punto de vista más prosaico, fue el show con
entradas pagas más grande de la historia del espectáculo nacional, no
sólo del rock. Lo que me cuesta entender, porque lo leo desde afuera, son
esas comparaciones con Los Piojos y La Renga, por ejemplo. Creo que esos
chicos me deben odiar.

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UN
ENIGMA LLAMADO CARLOS SOLARI
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Un
hombre, algo mayor, sentado en su auto, jugando
con sus perros, de viaje por distintas partes del
mundo, contra un graffiti neoyorquino, sentado en
una fuente... Las imágenes que acompañan esta entrevista
fueron cedidas por el propio Solari. No es un detalle
menor: su obsesión por controlar ciertos aspectos
de su imagen pública ("es
una fobia, una especie de tara que tengo",
reconoció en algún momento) ha sido una constante
durante la larguísima carrera de los Redondos en
la que no se han prestado mansamente a ninguna producción
fotográfica.
Ahora,
obligado por su nueva faceta solista a revisar aquella
política estricta, el Indio tomó otra decisión:
él mismo provee las imágenes. Acaso por su desprecio
a verse reflejado en una producción que lo estilice
(¿Alguien lo imagina disfrazado de prócer en la
tapa?) ofrece material con un registro totalmente
familiar., postales de una intimidad (la más celosamente
preservada entre las estrellas) cuyo acceso siempre
fue restringido. De hecho, el proceso digital, ese
tratamiento con filtros que parecen convertirlas
en pinturas o ilustraciones, lo hizo él mismo con
su computadora. Ahí parece intentar borronear los
límites, hacernos confusa la mirada, como no permitiendo
conocer algo con precisión.
"Siempre
fui menos que mi reputación" dice uno de los
mejores temas. Y ahora la frase suena de otro modo.
Sigue negándose a la posibilidad de que contenga
una mirada ajena, la del fotógrafo, como quien retiene
todo el control de la situación, pero nos permite
acercarnos, husmear una naturalidad, una cotidianeidad
que jamás habíamos visto: en bermudas, en su estudio
de grabación o mirando a cámara junto a una mesa
de billar.
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ERNESTO
MARTELLI
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Si bien decís que en los Redondos eras "el jugador dominante",
estabas exento de las labores de manager. ¿Cómo lidias con eso ahora?
Ciertamente, no estaba acostumbrado a ensuciarme las
manos con la comercialización. Antes se las ensuciaba Poly,
independientemente de que las decisiones se consultaran siempre, o que
muchas veces mis caprichos condicionaran la manera de negociar. Había
alguien que iba y charlaba con el enemigo, y yo estaba alegremente como el
director creativo. Ahora tengo un manager personal, pero de momento
lo estoy manejando yo, cosa que me rompe las pelotas, porque no es lo que
a mí me interesa. No porque no sepa cómo es el ambiente, porque lo
conozco, pero no me gusta ensuciarme las manos: soy como un chef.
Pero ya debes estar planificando tu vuelta a los
escenarios.¿Qué dimensiones imaginás? Lo primero que hice fue mirar qué le pasó a mi
coequiper (Skay). Y mi coequiper tuvo una especie de
descenso a otro nivel de convocatoria. Entiendo que mi nicho puede ser un
poco más grande. Porque, bueno, hay una proyección sobre mi personaje
diferente de la del resto de los chicos. Supuse que un Obras, o un Luna
Park... Algo para probar. Pero cuando los productores empiezan a tentarme,
hablan de dimensiones que no quiero mencionar.
Canchas de fútbol, digamos. Sí, pero no Excursionistas. Y empezás a dudar: "Estos
boludos no son ningunos nabos, tampoco". Tengo todavía cinco meses para
ver. Y supongo que saldré a tocar antes por el interior, para darle
rodamiento a la banda. El Luna Park me encanta, pero nunca nos permitieron
tocar ahí. Después de aquello de "atomizar la butaca", para don Tito
Lectoure yo era un nuevo Billy Bond. Pero, en fin, tendría que buscar a
alguien con experiencia en armar shows. Ya he recibido ofertas del mejor y
ahora lo estoy pensando.
¿No te importa que sea una corporación?
Más allá de lo que se habló de la independencia de
los Redondos, para mí la independencia de una artista consiste en:
grabar cuando querés, como querés, donde querés y que los logos de
los sponsors no sean más importantes que la estrella del escenario.
Eso es lo que para mí vale. Después entran en juego las conveniencias
económicas, y quizás, si te va bien, vas a ganar más dinero siendo
independiente. Hace años ya que todas las corporaciones me ofrecen
las mejores condiciones, porque hay un público cautivo, aparentemente. Yo
siempre creo que el público no está cautivo, pero a mí me conviene que
crean eso. Hoy me ofrecen una cantidad inconmensurable de dinero
antes de tocar por una cantidad equis de shows; se hacen cargo de
todo, me dan un porcentaje y respetan todo lo que les pido. En definitiva,
el tipo no está queriendo intervenir en nada. Las corporaciones
quieren que estés para arrastrar su catálogo y todos esos mambos que
tienen en la cabeza. Esas mecánicas son misteriosas, yo nunca creí en
ello, pero por algo facturan millones. En fin... Me la jugaré por algo
y
correré con las tribulaciones que implica hacer un estadio vacío, o que se
arme quilombo en un estadio chico.
En ese contexto de negociación, ¿por qué te
opones al sponsor? Si están afuera vendiendo sus cosas, me importa un
carajo. Porque yo también compro cosas, no estoy en contra de la sociedad
de consumo... Tiene que ver también con mi famoso lema "Solos y de noche",
que ahora veo que salió por todos lados. Simplemente creo que mi
música, o la música que hacíamos con los Redondos, tiene un carácter
dramático que no tiene que ser desvirtuado de ninguna manera.
Creo que el campo de atención hay que ganarlo con todas las
herramientas posibles, tiene que cargar dramáticamente el
escenario con una mirada. Y la verdad es que el logo de Volkswagen
arriba de un juego de luces... Qué sé yo. Si afuera hay promotoras, a mí
me importa un carajo, pero dentro del estadio me parece que no.
Únicamente si estuvieran en momentos previos y en un rincón apagado, pero
cuando empezó el show, olvídalo. No es que estoy en contra de las
empresas. Son confusiones que surgen cuando se cristalizan los discursos.
Esto mismo que yo estoy diciendo acá, cuando se empiece a achicar y a
editar, quedará como que estoy mandando eslóganes.
¿El hecho de hacer un disco solista te
liberó de..? No, eso de la liberación... Yo estuve leyendo unos
reportajes de Skay y veo que él se siente liberado. Yo sigo haciendo lo
mismo que hacía con los Redondos. No me liberé de nada. Siempre escribí y
hablé desde un punto de vista personal. Cuando uno dice "jugador
dominante", lo dice por muchas razones. Yo salí en todas las tapas,
hice todos los discursos, fui todas las remeras. Si uno mira para atrás,
el personaje que estaba metido en todos los rubros de los Redondos era yo.
Así que no estoy haciendo algo que no hiciera antes, porque tampoco estoy
tocando solos de guitarras.
Pero con Skay compartían... Yo compartí mucho con Skay. Compartimos porque me
parece un tipo muy inteligente y un muy buen violero. Y
podríamos haber hecho cosas solos, pero durante mucho tiempo nos
pareció que estaba bueno el punto de vista del otro. Y nada más. Nunca
consulté con nadie el discurso público de la banda. Supongo que, más de
una vez, les habrá roto las pelotas porque no estaban de acuerdo con lo
que yo decía.
Skay habló de una sintonía artística y un
entusiasmo que estaban extinguiéndose. Eso lo siente Skay. No voy a abundar en detalles al
respecto. Yo he leído un par de reportajes de Skay y uno de Semilla
(Bucciarelli). Supongo que todos tenemos miradas diferentes de lo que
pasó. Y yo respeto lo que cada uno cree que pasó. Para mí pasó algo
determinante, una decisión. Vamos a poner un eufemismo: yo creo que había
un contrato íntimo con Skay y con Poly y que de pronto afloró una falla.
Con respecto al resto de los chicos, no. Tienen derecho a sentir lo que
sienten. Sergio (Dawi) tiene un álbum listo, muy bueno, me parece, y la
semana que viene va a venir para que lo escuchemos. En el reportaje a
Semilla, creo, había un poco de resentimiento. Tiene todo el derecho, creo
que es lógico. Pero no estoy de acuerdo cuando dice que había una cosa de
egos.
¿Por qué? Yo era la estampita de la banda, y realmente no
sentía envidia por el rol de nadie. Primero porque el asunto del ego
es algo que yo aprendí a combatir. Soy un tipo que ha tenido un ego muy
fuerte, y sé lo que es la constante ambición de mantener el nivel de algo.
Es muy peligroso. Y ni hablar de cuando la vanidad acepta las adulaciones:
terminas satisfecho con vos mismo, y eso es decretar tu muerte. La
muerte creativa.
¿O sea que hubo un hecho puntual que
determinó la separación, no un desgaste? Está bien: quizá yo soy un poco tirano. Skay tiene
derecho a sentirse liberado de una relación por la que trabajó mucho
tiempo. El jugador dominante es alguien del que te querés liberar, siempre
es el que te rompe los huevos, y es al que siempre le vas a reclamar las
cosas en un momento determinado. Es el culpable de que vos no tengas un
rol más significativo en el proyecto. Yo acepto esa parte, porque también
es verdad. En los últimos álbumes, los músicos prácticamente se enteraban
cómo venía la mano cuando ya estaban terminados. Pero para mí hubo un
hecho determinante que hizo que todo explotara. Es una frontera que
prefiero no rozar. Me gusta ubicarme como la madre del juicio salomónico:
prefiero que el bebé se lo quede otro, antes que partirlo en dos.
¿Hay alguna letra del disco que aluda a la
separación de los Redondos? No, en ese sentido yo no soy dramático. La sensación de
pesadumbre o de dolor te provoca algún tipo de filtro emotivo, algo que,
en parte, disemina la creatividad de este álbum. Pero, sinceramente, creo
que bastante tiempo duró la joda. No nos podemos quejar. Y después... todo
depende de cosas que ni siquiera yo sé. Tampoco me atrevo a decir que los
Redondos sea un proyecto que no vaya a volver. Lo desgraciado de todo esto
es que estamos muy grandes. Alguien nos decía que, si no nos separábamos
ahora, no íbamos a tener tiempo de reunimos. Pero ojalá hubiera sido una
joda de ese tipo. Todo pasó así: en un momento estábamos hablando de
cómo íbamos a tocar en Santa Fe, y una hora después yo me estaba subiendo
a mi coche sabiendo que no pasaba más nada.
En su momento se dijo que la decisión tenía que
ver con la combustión social del país... Sí, pero yo no hablé con nadie. Eso fue todo lo que
habló Skay...Como sacó álbum nuevo, me imagino que se vió obligado a
responder. Entre otras cosas, mi pausa fue tan larga porque creo que hay
algo con lo que debemos tener cierto recato. Por miserias personales,
uno no puede alegremente arruinar un proyecto tan querido y que significa
emotivamente tanto para tanta gente. Lo que sí es verdad es que los que
nos forjamos en la cultura tempranamente, tenemos una conducta como de
guerreros, un código que no se vulnera. Y eso provoca, a veces, cosas
jodidas de asimilar. Pero también hemos sido tres personas sujetas a mucha
presión durante mucho tiempo. Y no quiero hacer futurismo, pero creo que
las cosas pueden solucionarse. Tampoco sé de qué manera, ni cómo, ni
cuándo, ni siquiera si es probable.
¿Qué cambió al empezar con una nueva banda?
Más allá de cierta soledad, mi vida no cambió mucho en
mi quehacer artístico. Lo que estaba bueno era poder confrontar con
alguien, confirmar con alguien, tener un cumpa con el cual
mirarnos y ver si estamos de acuerdo. Eso te confirma algo que a veces, en
soledad, se convierte en incertidumbre, independientemente de que
muchas veces el solo de guitarra lo tarareara yo y él lo tocara, porque
eso es parte del juego compositivo. Hoy estoy queriendo formar una banda,
porque te da una comodidad... Lo que pasa es que una banda, para mí, no
son los mejores músicos, sino esa gente con la que podés pasar muchas
horas encerrado. Por eso digo que soy un freak que hace música,
porque para mí es más importante la vida. Por más que seas un
capo tocando la guitarra, si me rompés los huevos, a las tres horas
te estrangulo. No estoy en edad de tolerar.
¿Quiénes te van a acompañar en el vivo?
Momentáneamente, voy a arrancar con los músicos que
tocaron en el disco, pero después hay que ver: una banda tiene que tener
magnetismo físico, varias cosas a las que yo me había acostumbrado. Los
Redondos tenían eso: un magnetismo físico. Aunque Skay y yo tuviéramos los
roles fundamentales y moviéramos más el culo, en general éramos una postal
convincente. Yo sé que soy un frontman, y que he sido aceptado
durante muchos años. Algo debo tener.
¿Sentís que el
entorno le fue hostil a los Redondos? El éxito de un proyecto así tiene características que
molestan a muchos. Colegas, medios, productores chupamedias... Hay
sospechas de que, en sus recitales, ciertos sectores del poder mandaban
gente para provocar disturbiosHay cosas que uno no cuenta, pero... Desde
el poder político... Cuando hay un grupo que tiene esta masividad y este
atractivo, hay una necesidad estratégica y táctica de sectores del poder
de asimilarlos para sí. Yo no tenía casa propia cuando me ofrecieron tocar en Mar del Plata para una
campaña. Cuando te negás a formar parte de eso, esa gente tiene unas
formas más que mañosas de hacerse ver. Eso ya lo sabemos todos. Uno,
por formación setentista, tiene amigos en todas partes. Gracias a
Dios, tengo amigos en el cielo y en el infierno.
¿Y cómo te caen esos acercamientos?
Desde adentro, uno ve el proyecto en el que está metido
con otra dimensión, más de entrecasa. Por eso no te gusta cuando te viene
alguien con una magnitud extrapolada y extraña. Ahora me está
pasando de nuevo: hay cada conversa que uno no puede entender.
Son mambos de gente que está metida en ese dibujo porque su vida
depende de eso. Están hechos para hacer guita. Hay un par de personajes de
la política que están metidos hoy en un lugar más que
significativo. En esos casos sí prefiero pensar que lo mío sólo son
canciones. Porque me estoy protegiendo, no quiero que mi vida se
transforme en esa cosa cortesana y... hablo de un tipo que corta el
big bacalao, no de un funcionario menor. Me han hecho
planteos de la política, del tipo "vos llenas dos veces River con 70 mil
personas y un partido político no puede poner 20 mil".
¿Los disturbios en los shows de los
Redondos tenían que ver con eso? Sí, lo tuvimos filmado inclusive y sabemos que son
reconocidos vigilantes de las comisarías. Ni siquiera eran
parapoliciales... Pero son cosas que ayudan a conocer el mundo en que
vivimos. Mientras no te pasan, son como paranoias, y yo a veces no
las cuento. Si uno denuncia eso en voz alta, te da una vergüenza, un
pudor, y ahí prefiero ser un artista. Mencionaste tu formación
setentista...
¿Crees que este Gobierno intuye que estás
ideológicamente cerca? No, al respecto... [titubea] no voy a decir nada. Sólo
te puedo decir que... [le brotan algunas lágrimas, se sirve una copa
de vino y se excusa] Hubo gente muy rica que murió. Eso...
Perdón... [Larga pausa.]
Es interesante ver cómo se reacomodo el mapa del
rock nacional después de la separación de los Redondos. Varios grupos
alcanzaron una masividad importante. Hoy en día hay una maquinaria de promoción universal de
cosas, una oferta descomunal... Hay gente que está convencida de que
puede hacer que cualquier cosa sea exitosa. Y creo que es
verdad. Porque tenés un par de radios, alguna revista y lográs que se
llene un estadio. También hay que medir las cosas como son. Un proyecto
como los Redondos llenó dos veces River. Para juntar un poco más de gente,
ahora, hay que hacer dieciséis fechas con ciento y pico de bandas. Son
pocos los grupos que capitalizan el fenómeno.
¿Notas una diferencia en el nivel de intensidad
de los shows de rock? Supongo que una sociedad en que la biotecnología
logró cosas significativas, en la que los conocimientos lograron
cambios, estará acompañada de otro tipo de música. Las tecnologías
traen en sus propios nervios las catástrofes. Chernobyl, los virus
informáticos... Tienen una vida muy parecida a la de los imperios. Y traen
a su vez movimientos culturales que también tienen su momento de
crecimiento, apogeo y decadencia. Estamos en un proceso histórico
decadente, y el imperio hace lo que puede. Puede zozobrar de una
manera estrepitosa, porque la deuda que tiene Estados Unidos es enorme. A
la vez tiene el poder para destruir, pero no para ocupar. Y encima ya
hizo la Harley Davidson y el rock & roll. Ahora sólo le queda
imponerse por la fuerza y ser el gendarme del mundo.
¿Y crees que la cultura rock se cae con el
imperio? Sí. En algún momento tiene que terminar, hay un
período para todo, y esa cultura ya la viví. Hice todo lo que había
que hacer y me puse todo lo que había que ponerse. Llega un momento en que
es un embole. La quinta vez que aparecen bandas de garage...
Algunos dicen que la electrónica representa un cambio cultural. Para
mí es igual. Te lo digo porque ya pasó en los 70. Entonces me gustó
menos que ahora, pero difícilmente alguien pueda sentarse en su casa a
escuchar eso. Cualquier banda de rock & roll es más conmocionante que
dos tipos sentados delante de dos computadoras, por más que le pongan
pantallas y luces. Nos está faltando un cambio rotundo. Puede ser
dramático, puede ser crítico, hay que estar preparado para lo peor, pero
va a provocar un nuevo estado de las cosas, la incorporación de nuevas
texturas... Sé que soy un tipo del pasado, pero aún tengo eso del que
espera una puta maravilla a la mañana, que pase algo que nos
conmueva, que nos haga sentir que estamos vivos. Prefiero el heroísmo
de los jóvenes de los 70 que fueron a la muerte con ideología, aun
sin saber qué se tejía en las propias cúpulas de sus movimientos.
¿Todavía tenes expectativas puestas en internet?
Sí. Me parece que la pantalla ya nos está quedando
chica. Es como contemplar un océano inmenso a través del ojo de un aljibe.
Creo que deberíamos ya encontrar alguna manera de percibir todo eso. Esta
burbuja que yo me armé, acá en mi casa, tiene que ver con mis fobias. Para
mí la popularidad significa que la gente te vigile. Yo crecí en la
época de la clandestinidad y era peligroso no ser anónimo, no ser del
montón. Entonces, un personaje que se formó en una etapa de
clandestinidad, que vaya al hospital y una enfermera que nada tiene que
ver entre a verle el culo... Me rompe los huevos. Yo siento que la gente
me vigila. Nunca tuviste muchas influencias marca Seguramente estemos
mejor, pero yo me fijo en la calidad de vida, no tanto en las variables
económicas. Y cuando un pueblo es explicado desde ese lugar, devela un
grado de ignorancia que hace difícil ser optimista. Cuando sumamos a
eso la falta de interés de gobernantes y gobernados en distribuir
dinero para la cultura y la educación, eso nos provoca una herida muy
grande y una inercia con traslación hacia futuro. Y yo creo que la calidad
de vida se reclama. Y se reclama desde un estado de comprensión de
las cosas.
Se asimiló la idea de la corrupción generalizada. ¡Exacto!
Me parece terrible el hecho de que la gente acepte el desgaste moral. Yo
no me quiero transformar en una especie de conservador, porque parece que
está fuera de aggiornamiento aquel que pretende que haya
conductas honestas. Y para mí la honestidad es el remedo del honor
medieval. Los gobernantes son los representantes de lo que un pueblo
es. En los países en que la calidad de vida está mejor, el ciudadano es
respetado, es dueño de su ciudad, dueño de su vida. Siempre hay
negociados, pero tu vida no está sujeta al puto suelo de la miseria y de
la ignorancia total, como acá.
¿Hasta qué punto la crisis te afectó en lo
personal? El corralito, a mí (hace un gesto de degollado),
me re cagó. Porque yo siempre hablé con mi contador para decirle que,
como no usaba insumos ni un carajo, mi vida era mejor si yo declaraba
todo. Tengo todo en regla. Yo hago canciones, a la gente le gustan y las
compra. No vivo de la rutina de nadie, ni nada. No tengo que andar
escondiendo mis cosas con un contador. Bueno... mira lo que me pasó: entre
los bancos y el Estado, me cagaron. Esas cosas le pasan a todo el mundo,
forman parte de la comidilla fundamental de la gente, pero para mí eso no
es lo importante. Lo que condiciona la vida es el grado de determinación
que tu mirada puede tener sobre lo que te rodea: eso hace a un pueblo
libre. Eso sí pueden hacer las canciones. Las canciones pueden modificar
el punto de vista de alguien.
¿Crees que antes había una mentalidad distinta?
La única virtud que tuvo nuestra generación fue
desconfiar del mundo que los padres nos querían vender. A mí no me gusta
la calidad de vida de hoy. No se trata de vivir más años. Porque mi vieja
vive a los 95 años, pero la decrepitud es una cosa que es inédita en el
resto de la coraza orgánica. Mis perros se mueren cuando envejecen. Es
decir: no hay nadie que los mantenga rengos, o ciegos, con el estómago
hecho mierda, perdurando nomás... Porque eso no es calidad de vida. Cuando
te cagas encima no es calidad de vida. La vida transcurre por otro lado,
aunque nos hagan creer lo contrario. Antes se me piantó un lagrimón porque
creo, sinceramente, que más allá de lo equivocada que pudiera estar, la
generación de los 70 tuvo a las mentes más dedicadas a la vida que hubo.
Mas allá de las cúpulas. Las cúpulas siempre están en otros lados. Pero
todos esos jóvenes que murieron, realmente tenían necesidades importantes
de cambiar el mundo.
¿Y de ahí en más? Se puso difícil, porque la gente le toma miedo. Es
desgraciado, pero yo, para tratar de ver lo que está pasando en el mundo,
no miro las primeras cinco páginas del diario. En todo caso empiezo a leer
las primeras cinco de Política Internacional. Esto es una república
periférica. Nada se decide acá. Hoy parece que este Gobierno quiere, pero
en tanto uno siga aceptando como genuina la deuda externa, eso te indica
que no tenemos ningún tipo de independencia. Porque, si no, habría que
decir que esta deuda fue generada facciosamente por gobiernos de turno con
la excusa del enemigo rojo... Sabiendo que esto iba a explotar y que nos
iban a tener endeudados para toda la vida. Lo mismo que han hecho todos
los imperios en sus colonias. Pero nada dura para siempre. Y, aunque sea
difícil voltearlos, los jugadores dominantes caen por su propio peso.
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