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Despertaban los años
sesenta y en La Plata, un reducido grupo de jóvenes se reunían
nada más que por el hecho de estar juntos y enaltecer al
dogma del encuentro. Discutían, hablaban sobre la vida, disfrutaban
de la mutua compañía y llevaban a cabo una gloriosa
rutina que, más tarde, iban a recordar con velos de melancolía.
Primeras horas del
hippismo en el mundo. El grito por la libertad en la vida y en las
expresiones del arte extendía cada vez más su eco.
En Argentina, asomaban las primeras convulsiones contra el hábito
institucionalizado y la doliente realidad tristemente encubierta.
Pleno proceso. En La Plata la situación se agudizaba al ser
una ciudad con grandes concentraciones obreras y un alto porcentaje
de población universitaria. Represión. Desapariciones.
Muerte. El ánimo de resistencia impregnaba la sangre de los
jóvenes de la época. Con el tiempo muchos lo fueron
perdiendo. Otros lo conservaron intacto, aún cuando las condiciones
de su existencia cambiaron.
En el comienzo era
tan sólo una reunión de amigos. Cualquiera podía
ser el lugar de encuentro y la música expresaba su alegría
de convivir; pero la voluntad de formar una banda todavía
no pesaba en sus cabezas. De todos ellos quedaban el Indio Solari
y la Negra Poli, la incondicional ingeniera de toda la estructura
física y espiritual de ese místico personaje que es
Patricio Rey, nunca abandonado por Los Redonditos de Ricota.
También estaban
Rocambole- más tarde dedicado a ilustrar el arte de tapa
de los discos y las escenografías de los shows- y el hermano
mayor de Skay Beilinson. Un día, decidieron abandonar juntos
su devenir platense, aunque más no fuera por un tiempo. Cargaron
con sus bolsos y algunos instrumentos y partieron hacia las playas
de Villa Gesell. Ya en el verano de 1965, la misma costa había
sido invadida por artistas que cantaban "otras cosas".
Ese año, nacía el rock nacional como una nueva pasión
que primero sorprendió y, más tarde, nucleó
a los jóvenes bajo un mismo movimiento.
"Nosotros vivimos
la cultura rock desde el primer momento y, para Los Redondos, el
rock no empezó después de Malvinas. En el principio
fue la voz alternativa de un artista; era underground", dijo
el Indio Solari en una de las pocas oportunidades en que dio la
bienvenida a un micrófono.
Después de
ese verano, levantaron su equipaje y se encaminaron hacia la búsqueda
de nuevos aires. Estaban llenos de energía y querían
seguir haciendo cosas juntos mientras pudieran. Su andar errante
se detuvo en Tandil, más tarde en los aledaños de
la Sierra de la Ventana donde vivieron varios meses.
Cuando se hartaron
de su exilio y empezaron a sentir nostalgia de la podredumbre urbana,
volvieron al punto de partida. De todos modos, las calles de La
Plata no pudieron llamar su atención. Entonces- siempre unidos-
se adhirieron a La Cofradía de la Flor Solar, una comunidad
independiente que había surgido hacia fines de la década
del sesenta como una alternativa de vida diferente, casi anarquista,
enfrentada a la establecida. Sus miembros compartían una
experiencia existencial más vinculada a las tradiciones y
prácticas orientales que al patrón occidental. La
Cofradía se convirtió en una de las primeras comunidades
musicales que, más tarde, proliferaron en nuestro país.
Pero esta aventura no duró mucho tiempo. El Indio, La Negra
y los incipientes Redonditos, abandonaron el olor a incienso y se
instalaron en su propia chacra en Tolosa. Allí comenzaron
a gestar una movida en torno a ellos. De vuelta en La Plata, se
rodearon de nuevos camaradas. Muchos formaban parte de grupos de
teatro alternativo, otros eran periodistas; había músicos
de rock, otros músicos y simplemente amigos. Así fue
como en la "capital enmudecida", en un recóndito
lugar entre sus esquizofrénicas diagonales, se ponía
en marcha una singular historia, con ímpetu suficiente como
para trascender hacia los límites imaginables en ese entonces.
Nacía casi
una leyenda. "Descubrir nosotros mismos la historia de Los
Redondos sería descapitalizar la cosa porque siempre sería
una realidad parcial, ya que cada uno tiene su propia historia.
Por eso, lo que más nos interesa son las historias creadas
por otros", dijo tiempo atrás el Indio Solari, fundando
las bases de una postura de resistencia, de cierto recelo frente
al periodismo en cuanto representa un circuito de difusión
ajeno a su concepción más pura del arte.
Entonces la banda
empezó a sonar. Las apariciones surgían de improvisto
(la primera mezcla de música, actuación, baile y recitado
tuvo lugar en el Teatro Lozano de La Plata) asaltaban un lugar sin
muchos anuncios ni anticipaciones. Los amigos-espectadores, terminaban
siendo muchas veces figuras fundamentales del espectáculo.
Sobre el escenario, los músicos terminaban confundidos con
el público. No bajaban de una docena los que subían
a tocar y otros tantos se convirtieron en regulares monologuistas
de sus shows posteriores. Todo eso terminó promediando la
década del setenta. Como nunca, los jóvenes pasaron
a ser blanco de hostilidad institucional en todos los niveles. Se
multiplicó sin precedentes la legislación represiva
y la noche definitiva se aguardaba con impotencia.
La movida platense
no permaneció ajena al colapso y se fue desvaneciendo paulatinamente.
La Negra y Skay se instalaron en el Chaco, el Indio eligió
otro lugar tranquilo en la Costa y los que quedaron no pudieron
combatir contra la creciente persecución a la libertad para
la vida y el arte.
Por un par de años,
La Fiesta de la Ricota se suspendió sobre el escenario, pero
permaneció intacta en el corazón de cada uno de los
que alguna vez habían participado en ella. La tempestad ya
estaba en marcha.
En 1977, muchos retornan
de su breve exilio y La Plata recobra su aliento artístico.
Vuelven los músicos, algunos periodistas y regresan a su
primer amor aquellos viejos vagabundos de la vida. Ese año,
Los Redonditos se reunirán en La Plata y ya no será
un reencuentro accidental. Esta vez la alianza es definitiva.
Con algunas caras
nuevas en el grupo ( Gabriel Jolivet- guitarra- fue un Redondo de
la primera hora, más las chicas del ballet ricotero) largaron
finalmente su carrera permanente sobre los escenarios platenses
primero y porteños, más tarde.
Fue entonces en 1977
cuando cobró auténtica vida Patricio Rey y sus Redonditos
de Ricota. Al principio, subían al escenario, tocaban y servían,
a la vez, de marco para que otros se expresaran junto a ellos. Antes
del final, seguramente, ya no eran los mismos de comienzo.
Ellos eran seis,
a veces fueron quince, o veinte y volvían a ser seis. El
grupo se agrandaba, estiraba las tablas pero, de repente, de nuevo
se achicaba. Todos podían formar parte en la escena. Poco
a poco, Patricio Rey se convirtió en uno de los mayores mitos
del rock platense.
Así, con el
circo preparado bien a fondo, en el mismísimo 77 debutan
como "banda" en el Teatro de Arte y Música de La
Plata. La iniciación fue algo traumática. Algunos
sectores del público no conocían- o no estaban habituados-
a esa forma de participación espontánea y la retroalimentación
constante en el espectáculo entre el grupo, los artistas
invitados y la gente. El resultado fue cierto descontrol y un poco
de violencia. La justa y suficiente como para tener que suspender
las funciones siguientes y, de allí en más, algunas
puertas se cerraron y fue cada vez más difícil encontrar
lugares para su show integral de bailes, monologuistas y mucho rockanroll.
Pero la búsqueda
no decayó. Tocaban donde podían o simplemente a solas,
para mantener la sangre bien caliente. A fines de 1978 ya estaban,
mentalmente, embarcados hacia la Capital, donde debutan en el Centro
de Artes y Música, ex Periscopio. En Buenos Aires el clima
era diferente. Había mucha política encima del arte
o bien se navegaba en la irritante superficialidad. El rock teatral
que en otras latitudes alcanzó la masividad, en la Argentina
no había podido cultivar más que fracasos y sus cultores
siempre quedaban recluídos en el underground o, indefectiblemente
desaparecían ante la falta de repercusión. Sin embargo,
había nuevas bandas que persistían con este extraño
género del que Patricio Rey fue uno de sus más importantes
precursores.
Sobre las nuevas
alternativas estéticas, musicales y temáticas que
el género significaba, alguna vez el Indio dijo: "En
los años oscuros, la tarea era crear un ámbito fuera
de la pugna política. Estrictamente que tuviera que ver con
lo que uno era. Los grupos más politizados, en vez de ideales,
hablaban de ideología y tenían una actitud política
muy determinada. Para nosotros era importante presentar un show
donde hubiera un montón de personajes que tuvieran que ver
con distintas formas o géneros de expresión. Era necesario
aplicar al máximo la posibilidad de proteger el estado de
ánimo por encima de la muerte y la canallada".
De aquella primera
época de music-hall queda el recuerdo de la serie de recitales
a sala llena que realizaron en el Teatro Margarita Xirgu. A veces
un strip tease, o cualquier otra rareza y experiencia surrealista,
preludiaban cada presentación de Los Redonditos de Ricota.
Mucho más parecido a un filme de Fellini- plagado de personajes
extraños y del grotesco- que a un show convencional de rock,
las apariciones de la banda se fueron sucediendo con mayor asiduidad
mientras crecía la expectativa y adhesión del público.
En esta etapa, la
publicidad consistió, básicamente, en la persuasión
callejera, algunas inscripciones en las paredes y en los buenos
comentarios de la prensa que empezaba a sorprenderse de esa curiosa
movida abrigando, a un sólido rockanroll, bien redondito
y con una inigualable y áspera voz. De cualquier manera,
cada vez más gente se acercaba al círculo en torno
a Patricio Rey; porque significaba una experiencia encantadora y
se descubrían los síntomas de un fenómeno incalculable.
Apenas habían
cumplido el primer año de su aventura por Buenos Aires y
otras presentaciones- en la Sala Montserrat y en el Estadio de Atlanta-
confirmaban que la banda estaba pisando buen suelo.
Avanzaban sin soportes
artificiales y fundaban el crecimiento de su historia en su propuesta,
su personalidad y el imprescindible sustento del público,
que aumentaba de manera constante con el correr de los conciertos.
Para ese entonces, en las presentaciones, el Indio Solari ya desplegaba
todo su magnetismo, su voz inconfundible y comenzaba a levantar
una asombrosa- casi religiosa- relación con el púbico.
Los viajes a la Capital
eran cada vez más seguidos, pero la banda mantenía
aún su original costumbre de cambiar ininterrumpidamente
los músicos. "Tocábamos con la gente que teníamos
a mano", dijo el Indio años después. Gabriel
Jolivet, Rodi Castro (teclados), Pucci (batería) y Fenton
(bajo) fueron, alguna vez, Redonditos de Ricota. De un concierto
a otro podían aparecer cosas nuevas sobre el escenario y
muchos músicos intervinieron en la visa del grupo durante
sus primeros pasos hacia la construcción del mito.
Pero, además
de los músicos y el público, la policía fue
otro incondicional seguidor de Los Redonditos de Ricota. Desde sus
comienzos, cuando el enfoque teatral del rockanroll reunía
a homosexuales, strippers y discursos peligrosos, la policía
acompañó muy de cerca sus conciertos.
Iniciados los ochenta,
Los Redonditos empezaron a despegarse de toda la parafernalia que
los había acompañado prácticamente desde su
mismo origen y entendieron que había llegado el momento de
sintetizar toda la creatividad y la dinámica de aquel género
en una única e individual dosis de potente rockanroll. Toda
la gente que trabajaba con Patricio Rey, como Marcia y Claudia Schwartz
o las muchachas de Las Ex, se fue apartando e hicieron lo suyo por
su cuenta.
Sin el apoyo de otros
artistas, prefirieron seguir siendo independientes y no dejaron
de presentarse en todos los locales, aún cuando pequeños
hayan sido, en que habitara un clima apto para el rock, el riesgo
y el placer.
Tocaban en el Teatro
Bambalinas, en el Pub Zero, en La Esquina del Sol y en alguna que
otra discoteca y el resultado era el mismo en todas partes: Los
Redondos eran responsables de un espectáculo lleno de imaginación,
que sorprendía y apabullaba a una audición cada vez
más devota por su culto ajeno a las tentaciones del sistema.
Sus shows eran cada vez más esperados y despertaban un interés
creciente de los periodistas convertidos, en poco tiempo, en positivos
canales de difusión del mensaje que Patricio Rey guardaba
para su público. El sueño de un disco debut, aún
no llegaba pero se acercaría a paso firme.
En 1982 el grupo
grabó un demo en los estudios RCA. Fue su primera grabación
de estudio, la cual tuvo una generosa difusión radial en
las FM porteñas. En los shows siguientes se sumaron las presencias
que marcarían por un buen tiempo las presentaciones en vivo
de la banda: los coros de las Bay Biscuits (Fabiana Cantilo y Vivi
Tellas, entre otras) y los monólogos del periodista Enrique
Symms.
Durante la campaña
electoral de 1983 participaron de un concierto en Parque Lezama
en apoyo a la campaña de derechos humanos que proponía
el candidato a diputado por la Democracia Cristiana, Augusto Conte.
GULP Y OKTUBRE
A fines de 1984 (entre
shows en pubs como El Depósito, Stud y Latex), Los Redondos
se recluyeron en los estudios de grabación para concretar
un viejo anhelo de la banda, tan largamente esperado por sus fans.
A mediados de 1985, en forma absolutamente independiente, Gulp!,
salió a la calle y se transformó en una prueba eficiente
del poder de la banda.
En aquellos días
decían: "Para la modalidad que encaramos, fue la primera
oportunidad que se nos presentó para hacerlo. Pero no lo
queríamos hacer de otra manera; no como una producción
dependiente, con sus hábitos, reglas, sus armas y todo aquello
que para nosotros es difícil tolerar. Sobre todo porque siempre
tuvimos la secreta esperanza de poder llegar a lograr los objetivos
de otra manera. La prueba es mucho más exigente si no querés
integrar el circuito pero igual competir con producciones más
fuertes".
El álbum comenzaron
vendiéndolo ellos y, más tarde, eligieron personalmente
las disquerías que se dedicarían a distribuirlo. Al
poco tiempo, todos sus fanáticos los atesoraban como un puñado
de oro y las emisoras radiales- primero las llamadas truchas y después
las otras- pasaban sus temas. La descompaginada difusión
activó el oído y las neuronas de muchos ignotos de
la propuesta y la cosa siguió creciendo. Cada ejemplar del
disco guardaba un pedazo del infierno que sonaba en vivo y cada
canción fue una bandera de la cultura subterránea;
se convirtió en una pieza religiosa para los fieles.
Cuando estaba todo
preparado para presentar el disco en el Teatro Astros, las autoridades
de la sala decidieron levantar las fechas previstas para Los Redondos
y agregarlas a la agenda de Valeria Lynch. Ante esta actitud de
los empresarios, Los Redondos pudieron llegar, con el mismo propósito,
al escenario de Cemento y estrenaron sus nuevos himnos del underground.
A 1985- que fue un
gran año para ellos- lo despidieron con un show excepcional
en Paladium el 28 de diciembre y de allí en más comenzaron
a presentarse con mayor asiduidad, sin dejar espacios tan largos
de silencio, como hicieron tiempo atrás (así fueron
eligiendo como santuarios sitios como Gracias Nena, La Capilla y
Prix D´Ami).
Definitivamente los
números extra musicales ya no tenían cabida en sus
shows. "Cuando el entorno cambia se debe modificar la propuesta.
Con la democracia ya no tenía sentido despotricar contra
un sistema que estaba cambiando. Además, se podía
tornar reiterativo y perder el efecto de choque", señaló
el Indio Solari al hablar sobre la conclusión de la etapa
inicial en la historia de Los Redondos. En el debut discográfico
la corte de Patricio Rey la formaban el Indio, Skay (guitarra),
Willy Crook (saxo), Fargo D´Aviero (guitarra rítmica),
Piojo Avalos (batería) y Semilla Bucciarelli (bajo). El surco
hacia la masividad ya estaba hundido en la tierra y, ahora, quedaba
seguir sembrando con la sencillez, la mística y el punzante
sentido del humor que iban encumbrando a Los Redonditos de Ricota.
Gulp!, había dejado registrado el particular proceso de gestación
y evolución del grupo, y enseguida llegó la renovación.
En mayo de 1986,
Los Redondos, con la consigna de presentar nuevo material, actuaron
en Paladium. Efímero fue el nombre que eligieron para llamar
a otras magníficas jornadas de rockanroll a su cargo. A fines
del mismo año, tras un ciclo en el Centro Parakultural volvieron
a su palacio predilecto con la compañía de Andrés
Teocharidis en calidad de músico invitado. Este era un tecladista
proveniente de la música clásica, que estuvo en los
planes del Indio y Skay cuando decidieron implementar algunas modificaciones
en la formación.
Después de
que en los últimos meses de 1986 prepararon su segundo álbum-
Oktubre- removieron la estructura, tras casi tres años de
permanecer intacta, y volvieron a la vieja costumbre de intercambiar
los integrantes. Tras la grabación de Oktubre abandonó
la banda el guitarrista Fargo D´Aviero y lo mismo ocurrió
con el baterista PiojoAvalos. A principios de 1987 el tecladista
Andrés Teocharidis comenzó a ensayar como miembro
estable de la banda pero, durante una estadía temporaria
en el norte, sufrió un accidente fatal que terminó
con su sueño efímero de ser parte del rockanroll de
Los Redondos. Tras el trágico episodio pararon unos meses
y volvieron a tocar; esta vez sumando a Walter Sidotti en batería
y a Sergio Dawi en saxo, reemplazando a Willy Crook, que se fue
con Los Abuelos de la Nada. Al margen de estas modificaciones. Cuando
aún no todos habían deglutido los contenidos de Gulp!,
Oktubre vuelve a llevar a la agrupación al vinilo. De nuevo
con absoluto manejo independiente, el segundo disco alcanza un mejor
nivel de grabación y edición y Los Redonditos confirman
su fuerza destructora de modelos preestablecidos, su espíritu
combativo y el propósito firme de continuar con sus convicciones
originales intactas, a pesar de las nuevas circunstancias que los
arrimaban cada vez más a la masividad y sus contratiempos.
En los shows, sumado al clásico repertorio, aparecen las
nuevas canciones. Las presentaciones del álbum no fueron
muchas y el suceso se repetía.
La muchedumbre invadía,
se descontrolaba y, a veces, constituía el campo adecuado
para que la policía siga marchando junto a Los Redondos.
La nueva base de Semilla y Walter le dieron a la música y
la solvencia rítmica que más necesitaba y los temas
de Oktubre fueron recibidos tanto o mejor que los antecesores. Las
letras se hicieron mucho más dolorosas y profundas que en
el álbum anterior. El Indio Solari afiló sus virtudes
como poeta y así pudo captar y transmitir la crisis urbana
del siglo veinte. Por uno u otro motivo, Los Redondos continuaban
su viaje hacia la gloria... aunque los institucionales no entendieran
cómo.
UN BAION PARA EL OJO IDIOTA Y
BANG! BANG! ESTAS LIQUIDADO
Tras el éxito
de Oktubre y quizás para salvaguardar la solidez estructural
del grupo, cada vez mas desbandada por los avatares de la popularidad,
Los Redondos decretaron un armisticio antes de la edición
de sus posteriores álbumes.
Los Redondos se alejaron
de los circuitos habituales y dejaron, no por mucho tiempo, un montón
de huérfanos a la espera del retorno. Skay y la Negra Poli
cruzaron el charco hacia España. Allá, Skay puso sus
cuerdas en apoyo de Los Toreros Muertos y los acompañó
en una gira nacional pero, cuando le ofrecieron un lugar permanente
en su escenario, entendió que su destino no estaba en Europa.
Entonces volvieron a Buenos Aires donde, desde hacía un par
de meses, el Indio estaba componiendo nuevas canciones y planeando
la próxima arremetida. La expectativa que había dejado
flotando Oktubre y el nuevo y prolongado silencio, desembarcaron
en otra gloriosa fiesta redonda. Ocurrió en Cemento. Los
Redondos, a una década de su nacimiento, demostraban que
estaban íntegros como siempre y dispuestos a seguir activando
su aplanadora creativa y contestataria contra la fuerza injusta
de la opulencia, el negocio y el mecanismo como lo habían
manifestado los temas del último álbum.
Después del
receso (y de memorables conciertos en Caras mas Caras, Teatro Fenix,
Paladium y el Coliseo Podestá de La Plata), llegó
el tercer álbum. Un baión para el ojo idiota que significó
la consagración. Tan alternativo e independiente como sus
sucesores, Un Baión... llevó definitivamente a la
banda a convertirse en un objeto de consumo popular. Como nunca,
en aquel fin de año de 1988, quedaba demostrado que Los Redondos
habían llegado enarbolando bien alto un nuevo mito porteño.
Esa vez, lo presentaron en el Teatro Bambalinas en cinco shows con
lleno absoluto. En este disco la banda sonaba al palo y descubría
el buen manejo de las máquinas. Como lo habían hecho
tantos hasta ahora, ellos mismos pagaron las horas en el estudio,
eligieron los temas a su antojo, se autoprodujeron, inventaron el
arte de tapa y se bancaron todos sus propios caprichos, sin un mesías
que los castigue ni los salve. De allí en más, la
carrera hacia Obras circuló con una velocidad vertiginosa.
Cemento, Paladium, Skylab, Pinar de Rocha, Airport, el Cine Fénix
y Satisfaction, y hasta alguna incursión en el Radio City
de Mar del Plata.
Cada ocasión
exigía un lugar más grande para soportar el delirio
creciente de los fieles antiguos y los novatos que también
se incorporaban al rito. "Un Baión... era la mejor experiencia
discográfica de Los Redondos hasta el momento. Sus temas
lograron una completa síntesis de la esencia pop de la banda
con toda su pasión rockanrolera.
En 1989, tras la
edición de su cuarto álbum, Bang! Bang! Estás
liquidado, se presentaron en Halley. Para ese entonces, ya no era
necesario ser rockero de alma o de boca, ni odiar los aparatos y
la música electrónica para unirse a la devoción
de Los Redondos. El grupo comenzaba a concentrar una rica heterogeneidad
en su audiencia y también aparecían las primeras opiniones
sectaristas, por parte de algunos flancos de la prensa y el público,
que se enojaban por eso.
En diciembre del
mismo año, toda la historia de la banda se agolpó
en un solo espacio. Por fin el templo del rock abrió sus
puertas para recibir a Los Redondos. La presentación de Bang!
Bang! Estás liquidado en el estadio Obras Sanitarias (el
2 de diciembre) resultó, por otro lado, un caótico
delirio popular y puso en una encrucijada a Los Redondos sobre sus
próximos pasos. El cambio parecía exigir una crisis
dolorosa. En Obras, creció el pasto de alimento policial
y la crítica de quienes habían juzgado negativamente
esta inserción a los modos del gran espectáculo.
Sin embargo, no sin
preocuparse por lo que podía volver a ocurrir, Los Redondos
decidieron que seis meses más tarde se repitiera otro multitudinario
encuentro. En el estadio del Parque Sarmiento, brillaron los furiosos
sonidos de Bang! Bang!... en una memorable fiesta.
Entonces se sucedieron
las noches de Obras en 1990, en las que Patricio Rey fue amo exclusivo
de cada una de ellas. Los temas y álbumes alcanzaron una
repercusión que jamás habían tenido. Su popularidad
igualó a la de cualquier otro artista que se haya valido
de medios más prácticos- pero no mejores ni más
eficientes- para obtenerla, y a través de una inigualable
estrategia, accedieron a un lugar de privilegio que pocas bandas
pudieron alcanzar.
Ya en 1990, despidieron el año (lógicamente
en Obras) y mostraron algunos de los temas que integrarían
el próximo disco.
LA MOSCA Y LA SOPA Y EN DIRECTO
El año 1991
no comenzó del todo bien para Los Redondos. Durante el mes
de Abril convocaron una vez más a las bandas al estadio Obras,
en una noche que será recordada por mucho tiempo a causa
de un trágico episodio: el asesinato de Walter Bulacio, un
seguidor incondicional del grupo.
Dentro del recinto
todo se desarrolló con absoluta normalidad, pero afuera florecieron
los inconvenientes siempre ocurridos y nunca resueltos: la confusión
y el viejo fantasma de la represión aparecieron. Walter David
Bulacio- diecisiete años y alumno de quinto año del
Colegio Bernardino Rivadavia- falleció horas después
de haber sido detenido en uno de los numerosos operativos policiales
realizados en la noche del 19 de abril en las inmediaciones del
estadio Obras Sanitarias, donde Los Redondos se habían presentado.
De allí en
más, las versiones contrapuestas (unas se refieren a una
severa represión policial, otras niegan cualquier agresión
posible) se sucedieron creando un controvertido debate cuyo resultado
nunca podrá revertir la tragedia ocurrida.
Después de
aquella noche negra y con el hermetismo que siempre los caracterizó,
el grupo se encerró en los Estudios Del Cielito para completar
la grabación de su quinto y ansiado disco, titulado La mosca
y la Sopa. La placa contó con diez temas entre ellos los
ya presentados en público. La grabación se llevó
a cabo entre octubre del 90 y agosto del 91 y fue varias veces interrumpida
por las actuaciones en Obras, las vacaciones- algunos Redondos anduvieron
de paseo por España- y el caso Bulacio. En aquel momento,
muchos medios (y aún conocidos personajes) reprocharon a
la banda su falta de participación en el tema, su negativa
a integrar marchas o hacer declaraciones al respecto.
"El tema pasa
por otro lado", comentaba entonces la Negra Poli, "Pasa
porque se quiere politizar el hecho y explotar a la banda en ese
contexto. Nosotros no tenemos ni queremos tener nada que ver con
la política, que es siempre el mismo juego sucio y en el
que, lamentablemente, entran muchos músicos sin darse cuenta
de que están siendo manoseados y usados".
Así, recluídos
en los estudios Del Cielito, Los Redondos predicaron con el ejemplo
y siguieron trabajando firme "porque nosotros somos músicos
y no predicadores o políticos y nuestra profesión
es hacer música, arte, y no andar catequizando o dando discursos
o servirle de escalera a alguien o usar de escalera a otro".
La producción,
como siempre, fue de Patricio Rey, es decir de toda la banda. Gustavo
Gauvry, Roberto Fernández y Mario Breuer fueron los técnicos
de grabación mientras que Lito Vitale- aportó teclados
en Blues de la artillería- y Luis Robinson- de la Mississippi
Blues Band- fueron los músicos invitados. El arte de tapa,
como no podía ser de otra manera, fue confiado a Rocambole,
autor de las cuatro portadas anteriores, y el equipo dirigido por
Guillermo Beilinson preparó un videoclip promocional, el
segundo en la historia de Los Redondos, "pero con una técnica
y elementos diferentes", según aclaró Poli.
Durante el mes de
septiembre se editó en CD el catálogo completo de
Los Redondos. Los discos láser de sus cinco placas fueron
fabricados en Venezuela y le permitieron a los ricoteros acceder a las
diferentes etapas de la banda con una calidad sonora muy superior.
Quienes tuvieron
la primicia de ver y escuchar a Los Redondos apenas terminadas las
sesiones de grabación fueron los marplatenses. La banda se
presentó el 10 de agosto, en el Teatro San Martín
de esa ciudad, frente a un auditorio ávido de rockanroll.
En tanto las bandas porteñas tuvieran que aguardar un poco
más para entrar nuevamente con Patricio Rey. Del 22 al 24
de noviembre, el Indio y sus muchachos volvieron a los escenarios
capitalinos para ofrecer una de las series más calientes
de conciertos en toda la historia. El grupo congregó a casi
20000 personas en tres funciones a sala llena, llevadas a cabo en
Autopista Center, el nuevo galón escogido por Poli y sus
secuaces.
En cada uno de los
shows, la agrupación presentó oficialmente el material
de La Mosca y la Sopa y movilizó a todos con los nuevos himnos,
y confirmó su intacto poder de convocatoria.
En aquellos días
y después de varios años, la banda decidió
salir de su caparazón y ofrecer un par de reportajes a algunos
medios especializados donde reafirmaron su postura independiente.
Fieles a su costumbre, el día de los inocentes dijeron adiós
al 91 junto a su inseparable público en un show que marcó
el regreso de Los Redondos a Obras.
El 92 fue un año
de escasa actividad para el grupo aunque continuaron con su espíritu
nómade a la hora de las presentaciones en vivo. El 1°
de mayo se llevó a cabo la ceremonia del reencuentro en el
Microestadio de Lanús, deleitando al público con temas
clásicos y otros nunca editados como Un tal Brigitte Bardot.
La demanda de localidades fue tan grande que debieron agregar dos
nuevas funciones.
Algunos meses después
la fiesta ricotera continuó en el Microestadio de Racing-
en Avellaneda, los días 17, 18 y 19 de julio- en el Centro
Municipal de Exposiciones (2 y 3 de octubre) ante más de
diez mil personas por noche, después en King Kong, y Stadium,
un reducto dedicado al rockanroll ubicado en Almagro. En aquella
oportunidad algunos de los que se quedaron afuera sin poder conseguir
entradas intentaron ingresar por la fuerza mientras que otros expresaron
su bronca arrojando botellas contra los cristales de la entrada.
Consecuencia: el lugar cerró sus puertas tan rápidamente
como su inauguración, aunque meses más tarde fue reinaugurado.
Sorpresivamente y
sin ningún aviso mediante, Los Redondos cerraron el año
con En Directo, grabado en vivo durante una de sus tantas actuaciones
en Obras, pero dueño de un sonido pobre que dejó bastante
que desear.
Durante diciembre
se instalaron nuevamente en los estudios Del Cielito para dar los
toques a su sexto trabajo discográfico. Antes de ser editado,
allegados a la banda señalaban que este disco sorprendería
a todos, ya sea a los fanáticos de siempre, a aquellos que
nunca mostraron un mínimo interés por su música,
a los músicos y a la crítica especializada, porque
presentaría una nueva etapa del quinteto, muy distinta a
la crudeza típica que siempre los caracterizó.
Por aquel entonces
se presumía que el nuevo trabajo sería algo así
como una obra conceptual que integrarían dos discos grabados
totalmente en Argentina desde diciembre del 92 hasta mediados de
1993, con algunas pausas para tomar distancia y observar con mayor
claridad el material.
LOBO SUELTO CORDERO ATADO
Desde el comienzo,
Los Redondos trabajaron en función de un nuevo disco que
los sorprendió con mucha energía para compartir. Y
el resultado estuvo a la vista cuando a fin de 1993 Lobo Suelto,
Cordero atado, el primer- y hasta ahora único álbum
doble del grupo- invadió las calles.
Si bien las grabaciones
se realizaron en nuestro país, en los estudios Del Cielito,
una visita del productor Gustavo Gauvry y el técnico de sonido
Mario Breuer a los Estados Unidos desembocó en la posibilidad
de realizar la masterización de Lobo suelto, Cordero atado
en aquel país, hecho que, en medio de la persistente búsqueda
de sonido por parte de la banda, no pudo ser más oportuno.
Siguieron algunos viajes, y la concreción de la mezcla se
efectuó en un estudio de Miami y luego fue completada en
Los Angeles.
1993 culminó
con dos conciertos en el estadio de Huracán para el asombro
de los más prevenidos. Los días 19 y 20 de noviembre,
en "La Quema", Patricio Rey derribaron otro muro para
seguir creciendo. Ante la necesidad de seguir sumando localidades,
los platenses (no sin ensayos y errores anteriores) finamente encontraron
una respuesta alternativa. Lejos del césped habitué,
tratándose de espectáculos de gran despliegue y convocatorias
multitudinarias, Los Redondos hicieron la suya como más les
gusta y clavando bandera en un nuevo territorio. Así, las
bandas se despidieron del 93 con la sensación de haber pisado,
por fin, la tierra prometida.
Mientras tanto, Lobo
suelto, Cordero atado ya superaba la suma de 100000 unidades vendidas
(cada uno). Nada mal para empezar a pensar en un próspero
año nuevo.
Tras unas breves
vacaciones, en marzo del 94, el Indio Solari, Skay y compañía,
ya hablaban de un regreso a toda orquesta. Al mismo tiempo anunciaban
futuras giras por el tantas veces postergado interior del país.
El itinerario incluía cruzar el charco hasta llegar a la
República Oriental del Uruguay. Finalmente, lo último
no pudo ser posible pero el resto se cumpliría a rajatabla
y sería una fiesta. Pero faltaba el regreso a Parque Patricios.
Sin otro pretexto
que el reencuentro con una puesta escénica similar a la que
habían presentado en su primera vez en un etadio de fútbol
de esa magnitud, el sábado 14 de mayo Patricio Rey volvió
en única función y a total beneficio del mantenimiento
de una pasión que no conocía de límites y flaquezas.
Cada vez más grandes, en el estadio de Huracán en
esa oportunidad la banda presentó el tan solicitado compilado
de lo mejor de Lobo suelto, Cordero atado (en el 93 los shows se
habían montado para la presentación separada de cada
uno). Arriba los protagonistas, abajo las otras estrellas, multiplicadas
por miles, y una banda sonora encantadora, movilizadora. La crónica
de cada semana hablaba de unos clásicos que volvían
a vivir en escena y de la vox populi que tapaba tanto la voz del
Indio como los deliciosos coros de las Blacanblues. Otro espectáculo
para el recuerdo. Con el mejor despliegue de un símil internacional
pero con la energía de ida y vuelta de pasiones única
e irremplazante. Los Redondos habían vuelto, porque siempre
es como la primera vez, y arrasaron.
La fecha- única-
en mayo no había sido suficiente para saciar la voracidad
de las bandas. Y como lo prometido es deuda, la banda platense comenzó
a cumplir con su compromiso de presentarse con mayor asiduidad.
Los primeros en disfrutar en carne propia de esta nueva movida de
Los Redondos, fue la gente de San Carlos, provincia de Santa Fe,
donde el Indio, Skay Beilinson, Walter Sidotti, Semilla Bucciarelli
y Sergio Dawi llevaron sus emblemas a una antigua sala cinematográfica
donde, alguna vez, habían pasado Fito Paéz y Charly
García. Pero aquella noche fue toda para ellos para el público
santafesino y para los que se arrimaron, llegando en micros desde
varias provincias. Más allá de la General Paz, el
huracán platense volvió a pegar, y habría más...
En agosto, el barrio
de Palermo era testigo silencioso de un agitado centro de operaciones:
ensayos de lo conocido que se mezclaban con pruebas originales de
composiciones que iban a venir, pensando en el escenario; desmintiendo
cualquier presunción de que se estaba gestando algo nuevo
en materia discográfica. Por esos días, Semilla Bucciarelli
abandonaba por un rato su instrumento por una muestra plástica
callejera y los responsables del 99,9% del arte gráfico de
la banda- Rocambole (plástica) y Mariano Larralde (fotografía)-
haciéndose eco de la avanzada federalista del grupo, viajaban
con su exposición de ilustraciones y fotografías,
desde El Taller, en la Capital, al Museo de Bellas Artes de La Plata,
hacia el Sur, llegando incluso a General Roca y San Carlos de Bariloche.
Promediando ese mismo
mes de agosto, más precisamente los días 12, 13 y
14, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota llevaron adelante otro
de sus acontecimientos hecho en el Teatro San Martín- en
ocasión de presentar La Mosca y la Sopa tres años
atrás y fieles a su costumbre de pasar por la Felíz
con cierta habitualidad y siempre en invierno, llenaron por tres
veces la discoteca Go!, con capacidad para albergar unas 3000 almas.
A diferencia de lo que habían hecho en sus últimas
presentaciones, aquí pusieron sobre las tablas temas inéditos
y reflotaron otros de vieja data: el repertorio de Oktubre, que
hacía mucho no formaba parte en la lista de temas de los
shows. En esta oportunidad los micros- se calcularon setenta- llegaron
desde Capital, Rosario y La Pampa, y el público que doblegó
la capacidad del local, participó de otro invento de ricota
para la ocasión: un magnífico videowall que permitió
a los que se quedaron afuera mirar el show como los mejores y protagonizar
su propia fiesta. En la cuenta final, Los Redondos pasaron una semana
completa en la ciudad atlántica.
De regreso de Mar
del Plata, permanecieron guardados e inmersos en su conocido mutismo,
tocando y viviendo un tiempo de ideas. Esto es, componiendo y sumando
para empezar a pensar en un nuevo disco. En noviembre la olla se
destapó, dejando ver los primeros ingredientes de una receta
que prometía dejar satisfechos a unos cuantos. Aquello que
con tanto hermetismo habían protegido y resguardado en el
más absoluto silencio no era otra cosa que los clásicos
de siempre, en versiones que reactivaban las canciones de las primerísimas
horas de la banda. Las que tocaban menos, las que nunca habían
grabado, rarezas, por ejemplo: Mariposa Pontiac, Un tal Brigitte
Bardot, Rock del país y Qué mal celo.
Paralelamente al
trabajo en estudios, Patricio Rey se preparó con todo para
el siguiente encuentro con las bandas. El escenario elegido para
la nueva ceremonia fue nuevamente el estadio de Huracán;
un reducto que les dió grandes satisfacciones y al que regresaron
los días 16 y 17 de diciembre.
1995 fue un año
en el que fomentaron el turismo interno y, alejados por vocación
propia del candelero, recuperaron buena parte de la mística
en que se fundaron. Pergeñaron sus siguientes pasos en el
más cerrado y misterioso de los silencios. Algo que, tratándose
de Los Redondos, no era ninguna novedad. Al contrario, era el "modus
operandi" al cual todos- medios y fans- ya estaban más
que acostumbrados.
Tan bien fueron recibidos
más allá de Buenos Aires que, quebrando con el ritual
de despedir cada año en el estadio de Huracán o cualquier
otro reducto porteño, por primera vez decidieron bajar la
cortina más allá de la General Paz. De esta manera,
el grupo cerró el 95 los días 8 y 9 de diciembre en
la discoteca Costa Chaval en la ciudad de Concordia, Entre Ríos.
"Es la primera vez que vamos a Entre Ríos y estamos
entusiasmadísimos preparando todo. Cada vez nos gusta más
tocar en el interior del país", confesaba Poli por aquellos
días. Por eso abandonaron por un tiempito la grabación
del nuevo disco y están ensayando para estos shows que son
los últimos del 95. Va a ser la fiesta de despedida del año.
Una vez que ambos
conciertos fueron parte del recuerdo, durante los primeros meses
de 1996 el grupo regresó a estudios para terminar de pulir
un trabajo que comenzó a tomar forma muy lejos de Argentina...
LUZBELITO Y ULTIMO BONDI A FINISTERRE
Los últimos
años- más allá de algún episodio repudiable,
como el de Olavarría- fueron tranquilos para Los Redondos.
Luzbelito y Ultimo bondi a Finisterre trajeron consigo himnos inmediatos
para las bandas. En estas páginas, los acontecimientos mas
recientes de un sentimiento que mueve multitudes.
Luzbelito, como todo
disco redondo, nació de la alquimia entre el Indio Solari
y Skay Beilinson. Un año de labor desde las primeras bases
hasta la edición final tuvieron capítulos entre los
que figuran "demos hogareños" y un viaje a San
Pablo, Brasil donde se encontraron con el bajista Néstor
Madrid: un ex ricotero de la primera época (la base se completaba
con el baterista Guillermo Midolla). Como siempre, en los estudios
El Pie se enfrentaron a la personal tarea de grabar sin plazos.
Una vez más se asociaron con el ingeniero de sonido Mario
Breuer, quién en esa oportunidad trabajó junto a Eduardo
Herrera. A la tradicional formación sonora ricotera- Skay,
guitarra; Walter Sidotti en batería; Semilla Bucciarelli
en bajo; Sergio Dawi en saxo y el Indio en voz- se incorporó
la participación en teclados de Lito Vitale en tres de los
temas del álbum.
La producción
del disco corrió por cuenta de la banda que, gracias a la
experiencia acumulada a lo largo de los años, intentó
exprimir al máximo las posibilidades de la consola. La mezcla
final se concretó en Florida, Estados Unidos, donde se trasladó
la dupla Beilinson-Solari. A la hora de caracterizar el sonido del
nuevo material, Poli no dudaba en hablar de claridad y, luego prometer
un sonido completamente distinto a loa álbumes anteriores.
La presentación oficial de Luzbelito se realizó en
la ciudad de Mar del Plata, en el gimnasio Olímpico, y ya
en 1997, el 14 de junio Los Redondos volvieron a tocar en el anfiteatro
Municipal Centenario de Villa María, Córdoba.
En el mes de agosto
de1997 Los Redondos llegan a la ciudad de Olavarría. Con
las entradas ya vendidas, el lugar ya alquilado y un montón
de chicos ya instalados en el lugar ocurre lo insólito, dos
días antes de los shows el intendente de Olavarría,
el señor Helios Eseverri, firma un decreto que prohibe la
actuación de Los Redondos. La inconcebible decisión
de la intendencia de esa ciudad trataba de argumentarse en un supuesto
informe las autoridades comunales y policiales, en el cual se hacía
hincapié en disturbios que podían llegar a ocurrir.
Mientras Los Redondos presentan un recurso de amparo ante la justicia,
los "redonditos" seguían llegando a Olavarría
con la ilusión de que la prohibición se levante. Al
darse cuenta que no contaban con el apoyo de la justicia y con miles
de chicos instalados en la puerta del hotel y otros miles en camino,
Los Redondos deciden dar su primera conferencia de prensa, cuyo
mayor objetivo es poder comunicarse con su gente. A este hecho histórico
le siguió una aparición del Indio en la puerta del
hotel para hablar cara a cara con los chicos. Así habló
Carlos Solari: "Esta situación es descabellada y por
eso nos interesa pedirle disculpas a los chicos. Además,
no nos vamos a ir hasta que no se vayan ellos". Los pibes
de Olavarría ya saben a quién apuntar cuando el día
de mañana no puedan decir "Los Redondos tocaron acá"
A modo de desacuerdo
con la prohibición en Olavarría fueron varios los
intendentes que a favor de Los Redondos ofrecieron sus ciudades
para los shows. Entonces, Tandil es el sitio elegido. Ahí
estuvieron los músicos y su gente haciendo lo suyo: un rock
and roll crudo, una poesía dura y áspera y dándole
forma al mito más sagrado bajo la torrencial lluvia. Nada
importó. La fiesta alimentaba las llamas de pasión
en los corazones redondos. que desgarraban sus gargantas vomitando
la impotencia contenida en la cercana Olavarría.
El 13
de diciembre de 1997 llegaría el turno del Estadio de Colón
de Santa Fé. Otra vez lluvia. Y otra vez misa. Más
de 20.000 seguidores incondicionales en un nuevo tradicional encuentro
con Patricio.
1998 los encontró
todo el año trabajando en Ultimo
bondi a Finisterre. Hacia
marzo, en el transcurso de una entrevista en un programa deportivo,
el presidente del Club Atlético Racing, Daniel Lalín
dijo: "Estoy conversando con Poli, y si todo va bien Los Redondos
van a tocar en Racing en junio o julio". Era el anticipo del
regreso del grupo a la Capital Federal (o lo más cerca posible)
a cuatro años del último show que habían dado
en la cancha de Huracán.
El éxodo ricotero
continuó con un nuevo capítulo en Villa María,
el 23 de mayo, costumbre que puso al grupo al frente de un ritual
absolutamente particular que sólo admite parangón
con lo que los hippies de The Gratefull Dead habían conseguido
en los Estados Unidos al movilizar de una costa a otra a los deadheads.
Ultimo bondi a Finisterre,
el disco número diez de Los Redondos, fue la excusa perfecta
para cerrar 1998. Curiosamente, cuando el firmamento rockero local
brilla con algunos grupos que comulgan en cierto punto con la estética
ricotera, Los Redondos pegaron un volantazo y sorprendieron con
un conjunto de canciones de corte pop, donde las melodías
reemplazaron a los riffs y las guitarras cedieron terreno ante el
avance de las máquinas y los teclados. Sin convertirse en
una banda tecno- esa no fue la intención- la agrupación
platense logró ponerse al día en materia de sonido
con un disco cuyo espectacular packaging- siempre a cargo de Rocambole-
simula un CD-ROM. Récord de ventas en su primera semana,
Finisterre... provovó reacciones de las más diversas
entre el público y la prensa. "En este trabajo, el sonido,
que parece una novedad, en nuestros demos está desde hace
mucho. Yo ya componía a partir de la computadora y el sampler
y después reemplazaba la programación por la banda,
pero quedaban muchas texturas por el camino. Ahora decidimos dejar
las cosas sin que el pulso rockero de Los Redondos se apoderara
tanto del asunto. Nos dimos el gusto de hacer un producto no estándar",
declararía el Indio a un importante diario capitalino, a
fin de año.
Finalmente, los días
18 y 19 de diciembre, Los Redondos volvieron a tocar en las cercanías
de Capital y confirmaron su vigencia ante 40000 personas por noche
en el estadio de Racing Club. El hecho de que en dichos conciertos
interpretaran la mayor parte de Ultimo bondi... casi sin intercalar
temas viejos permitió descubrir no sólo sus enormes
deseos de llevar sus estrenos al vivo sino también el excelente
ensamble entre todos sus componentes. Así, Los Redondos se
dieron el gusto de volver a montar su celebración ricotera
muy cerquita de Capital, dejando abierta la posibilidad de un futuro
y no tan lejano encuentro. Seguramente, el de Avellaneda, no haya
sido aún el Ultimo bondi en la vida de Patricio Rey, un auténtico
e incólume fenómeno de masas
Después de
los incidentes en Mar del Plata, le tocó el turno a River,
donde se brindaron dos shows magníficos, y se registraron
nuevos hechos de violencia. Esta vez entre los seguidores de Patricio,
dejando un saldo de varios heridos y un muerto, el mismo que había
dado comienzo a los incidentes, quien falleció días
después a los shows en un hospital, víctima de las
lesiones que le propinaron los demás fieles ricoteros cuando
le quitaron el arma blanca que portaba y la usaron en su contra.
Sin embargo, los
shows en River no tienen parangón en la historia del rock
nacional y en un gran atrevimiento nos animamos a decir internacional
también, porque ni siquiera los Rolling Stones llenaron el
estadio de River de semejante manera, la manera redonda. 140.000
personas le dijeron presente a Patricio Rey en dos nuevas misas
paganas. La contundencia de
la banda de las bandas ya es innegable. Ni siquiera la profunda
crisis detiene el Woodstock itinerante ante cada nueva misa. La
aparición de MOMO SAMPLER, a fines del 2000, marca la postura
definitiva de la banda de no responder a los cánones del
rock tradicional, sino que se aferran a su viejo precepto de la
evolución constante. Momo Sampler se basa en el concepto
de la Impostura y trae excelentes canciones musicalmente impecables,
de poesía cruda, dura y exquisita a la vez.. algo que sólo
logran los REDONDOS. Para confirmar la plena vigencia y la necesidad
de evadir los focos violentos, la banda elige Montevideo para presentar
el disco, en dos noches en el estadio Centenario a fines de abril
del 2001. Allí, 25.000 personas cada noche rubrican la estampa
más emotiva del rock de todos los tiempos... dos de los mejores
shows en el recuerdo de los ricoteros que allí estuvieron.
El regreso al país
se produce el 4 de agosto del 2001, esta vez en el estadio Chateau
Carreras de la ciudad de Córdoba Capital. La presentación
de MOMO... en el país es espectacular. La banda bate todos
los records de asistencia y recibe a 50.000 personas en una noche
donde todo salió a pedir de boca, exceptuando el accidente
de un joven que cayó inexplicablemente al foso y falleció
camino al hospital. Sonido, luces, clima, banda y huestes hicieron
que Córdoba tenga hoy tatuada la marca de los aguijones de
Patricio Rey en su pecho.
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