| Página 12. 07/09/2003 Enviado por Kriminal
Mambo TITO
FARGO EL ESLABÓN
PERDIDO
Tocó reggae con Luca
Prodan y formó parte de Los Redonditos de Ricota. Vivió quince años
en Madrid, donde armó un grupo con Roberto Pettinato y otro con
Claudia Puyó. El encargado de repatriarlo fue Afo Verde, que lo
invitó a salir de gira con la banda de Natalia Oreiro y lo empujó a
estar donde siempre le gustó estar: tocando la guitarra con amigos
del alma (Divididos) y montando proyectos como Básico, su nuevo
grupo. Vida y obra de Tito Fargo, el rocker que estuvo ahí.
Alguna vez, en
aquel Madrid que fue su hogar durante quince años, el rocker Tito
Fargo recuerda haber charlado sobre Aladino y su lámpara maravillosa
con Claudio Gabis, otro legendario músico porteño expatriado en la
ciudad de la “movida”. Por entonces ya estaban asentados: Fargo
insistía con sus proyectos personales mientras ponía su instrumento
al servicio de productos musicales ajenos; Gabis, sin dejar de lado
sus pergaminos ni su pasión por el blues en castellano, trabajaba
como docente. Guitarristas con sonido propio, pero siempre
necesitados de una garganta ajena, a ambos se les dio por pensar qué
le pedirían al genio de la lámpara si se presentara ante ellos. “Nos
miramos, sonreímos y dijimos al mismo tiempo: cantar”, murmura Tito
con la cara encendida por el recuerdo, ya instalado en su hogar
porteño, un departamento prestado –pero a esta altura casi propio–
del barrio de Núñez. Así como la leyenda cuenta que cuando
Miguel Angel terminó de darle forma a su David le ordenó
desesperadamente que hablase, los dos rockeros autodidactas que se
esculpieron a sí mismos siempre sintieron que lo único que les faltó
en su carrera fue cantar. “Yo cantaba un poco cuando empecé a tocar
la guitarra”, aclara Tito, repatriado desde hace ya tres años. “Pero
cuando empecé a tocar en serio, dejé de hacerlo para siempre.” Es
fácil entender ese silencio cuando uno se adentra en la biografía de
Héctor “Tito Fargo” D’Aviero, rocker de Hurlingham clase ‘58. Porque
cuando efectivamente comenzó a tocar en serio, Fargo lo hizo para un
par de esas voces que hacen callar a cualquiera: la de Luca Prodan,
por ejemplo, o la del Indio Solari.
Fargo es algo así como el
eslabón perdido de ese rock argentino de fines de los ochenta que
modeló a su imagen y semejanza la escena local durante casi toda la
década siguiente. Su guitarra formó parte de la Hurlingham Reggae
Band, donde tocó reggae junto a Luca Prodan y alguna que otra vez
llegó incluso a reemplazar en Sumo a Germán Daffunchio. Luego pasó a
formar parte de aquella formación original de Patricio Rey y sus
Redonditos de Ricota que tocó regularmente en el circuito porteño y
llegó por primera vez al disco. Después de tocar y componer con Luca
y el Indio, Fargo huyó de la hiperinflación argentina y se refugió
en Madrid, donde formó con Roberto Pettinato un grupo llamado Los
Carnavales de Franco y otro, Los Románticos de Artane, con Claudia
Puyó, además de aprender a defender su vida con su instrumento
tocando en toda clase de proyectos.
“Me fui por tres meses y me
quedé quince años”, resume Tito, que volvió a Buenos Aires para
integrar la banda de Natalia Oreiro, pero también suele aceptar
invitaciones para tocar con sus amigos de toda la vida, los
integrantes de Divididos. Según su costumbre, sigue barajando
proyectos de todo tipo, pero el foco lo pone en un ambicioso
espectáculo multimedia para el que –por fin– no necesita cantar. El
proyecto –una suerte de resumen de sus trabajos de los últimos
tiempos– se llama O.M.O., “Obras Más Organizadas”. “Yo siempre
estuve ahí y toqué con todos, pero nunca dejé de mirar lo que
sucedía a cierta distancia”, dice Fargo, que a lo largo de su
extensa historia musical en las sombras siempre tuvo un especial
talento para juntar gente. Y también, claro está, para organizar lo
suyo cada vez un poco más.
EL REGGAE DE PAZ Y AMOR
Como
la gran mayoría de los espectadores de la escena rocker porteña, la
primera vez que vi tocar en vivo a Tito Fargo fue como miembro de
Los Redonditos de Ricota. Dueño de un look new romantic y un sonido
de guitarra que se acoplaba muy bien al de Skay Beilinson, su
estampa de extraño guitar hero inclinado siempre sobre su guitarra
–como si estuviese preocupado por ella– lo acompañó desde entonces
en cada uno de los proyectos que encaró. Es el rasgo distintivo que
permite reconocerlo enseguida, tanto en los grupos que armó en la
última época española –liderando el sonido pesado pero cadencioso de
Baobads o formando parte de Soular Tribe, power trío heterogéneo
producido por el respetado y talentoso Suso Saiz– como en las
diversas apariciones que desde hace un tiempo viene haciendo en los
escenarios porteños.
Pero cuando la Negra Poli y Skay lo
invitaron a tocar con los Redondos –el primero de los grupos de
Fargo que llegó al disco–, lo hicieron recién después de verlo tocar
con la Hurlingham Reggae Band, el grupo que Luca Prodan armó con el
único objetivo de tocar junto al que siempre calificó como el mejor
batero blanco de reggae del mundo, “Superman” Troglio. Y cuando Luca
se asomó por primera vez en Hurlingham, Fargo y Troglio ya tocaban
juntos en Oigadiga, un grupo instrumental de reggae y ska que
comenzó a compartir fechas con Sumo. “Conocí a Luca cuando alguien
vino a mi casa a buscar un amplificador para un show o un ensayo”,
recuerda Tito. “Al principio era un tipo raro, difícil de digerir.
Era muy callado, y cuando decía algo lo hacía en inglés, y sólo se
dirigía al amigo que venía con él, Timmy.” Tito jura haber acuñado
con Diego Arnedo una Teoría Prodaniana que les cambió la vida como
músicos. “Se resume en la frase hacer con lo que hay. Y significa
que alcanza con tocar copado lo que uno sabe tocar, y con compartir
esa vivencia con los que tocan con vos.”
Luca quería tocar todo
el tiempo, de modo que además de Sumo armó otras bandas. Una fue la
Hurlingham Reggae Band, cuyo repertorio incluía muchos de los temas
reggae que luego grabó en sus discos con Sumo. Clásicos como “El
reggae de paz y amor”, “Kaya” y “No acabes”, de Divididos por la
felicidad (1985), y “No tan distintos”, de After Chabón (1987),
todos firmados por Prodan, Arnedo y Troglio, tendrían que haber
llevado también el nombre de Fargo. “Pero cuando me vinieron a
buscar para que firme la autoría, decidí regalársela a ellos”,
explica el guitarrista. Y cuando se le pregunta por la leyenda que
dice que Sony, en un principio, quiso firmar a la Hurlingham por sus
reggae y no a Sumo, grupo que el sello consideraba “poco comercial”,
Fargo dice que nunca hubo ningún problema al respecto. “Estaba claro
que la banda de Luca era Sumo, y que cuando grabase lo iba a hacer
con ellos”, precisa. Fargo sólo aceptó figurar –aparece como H.
Daviero– como coautor de “No Good”, incluido en Llegando los monos
(1986), porque lo necesitaba para un trámite legal.
EL
REGRESO DE MAO
“Así como acá pegó lo que hacía Luca porque les
cazó la onda a los argentinos y él no tenía nada que perder, la
clave de los Redondos era que tenían una poética muy interesante,
diferente de todo lo que se hacía por entonces”, arriesga Fargo, que
entró a los Redondos justo cuando la banda había decidido renovarse
por completo y buscaba armar una formación para salir a tocar con
regularidad en el cada vez más activo circuito de pubs porteños de
la época. “Eso sí: lo que me sorprendió realmente fue que con el
tiempo llegaran a convocar a mucha gente que no comulgaba tanto con
todo aquello. Porque tengo bien en claro que cuando yo estaba, el
público y la onda eran otros.”
“Luca siempre decía de los
Redondos que ‘Skay toca bien y Poli es muy rara’”, recuerda Fargo
sonriendo. Y confiesa que aceptó entrar al grupo porque le parecía
novedosa la manera de tocar de Skay. En los primeros ensayos,
recuerda, sólo estaban ellos dos, Semilla Bucciarelli en bajo y una
batería electrónica. Tanto Willy Crook (en saxo) como el Piojo
Abalos (en batería) entraron al grupo a través de Fargo. También se
fueron con él cuando se desató la crisis que obligó a los Redondos,
antes de la masividad, a un nuevo recambio de integrantes. “Una cosa
era el discurso y otra la actitud que se tomaba.” Fargo decidió
separarse de los Redondos cuando se dio cuenta de que le estaba
poniendo el hombro a una cosa que no era realmente suya. “No me
interesaba estar en una banda que hacía temas míos en vivo, pero los
dejaba sistemáticamente afuera a la hora de grabar”, razona Fargo,
compositor –junto al Indio Solari– de temas como “El regreso de Mao”
y “Rodando”, que nunca fueron registrados.
“El año pasado
justamente me comuniqué con el Indio para registrar la autoría de
esos temas, ya que había bandas que querían grabarlos”, dice Tito,
que no parece tener un recuerdo demasiado feliz de aquella época.
“Después de irme de los Redondos me quedé tocando con Claudia Puyó.
La había conocido cuando hizo coros en Gulp, el primer disco del
grupo.” Pero Luca murió, y Fargo, asfixiado por el infierno
inflacionario de ese momento, decidió quemar las naves: rompió con
su pasado y se fue a Madrid a empezar de nuevo, decidido a no hacer
otra cosa que tocar la guitarra. “El viaje me hizo entrar en una
dinámica y perdí la noción del tiempo. A los treinta me puse a hacer
cosas que hacían los chicos de veinte. Desde entonces le tengo
ganados a la vida esos diez años".” Tres lustros después, Fargo
tomaba la decisión de volver a la Argentina una madrugada en Abbey
Road, mientras feteaba milanesas para los Divididos junto a Afo
Verde.
NO ACABES
Tito recuerda que el apodo se lo puso la
madre de Diego Arnedo, Susana, que lo veía llegar a bordo de la
camioneta de reparto de pan que manejaba y le avisaba a su hijo:
“Llegó Fargo”. Diego y Tito se conocían de unas zapadas del barrio.
Cuando se hicieron amigos, el bajista comenzó a tocar en MAM, junto
a Ricardo Mollo, y Tito a llevar los instrumentos en su camioneta.
“A Ricardo lo conocí en el escenario, cuando fui a ver la primera
formación de MAM al cine Helios del Palomar”, recuerda. Y afirma que
“hoy sigue siendo el mismo tipo que era entonces”.
Ricardo y
Diego son los “amigos de siempre” con los que Fargo se reencontró al
volver a Buenos Aires, y los que lo invitaron a participar de las
presentaciones en vivo de sus últimos dos discos, Narigón del siglo
(2000) y Vengo del placard de otro (2002). “La posibilidad surgió
cuando me hice un viaje a Londres para matear con los chicos
mientras grababan Narigón...”, precisa Fargo, que en ese viaje se
reencontró también con Afo Verde, productor del álbum, a quien no
veía desde la primera época de la Zimbabwe Reggae Band. “Ahí fue
cuando me comentó del proyecto de Natalia Oreiro y de la posibilidad
de sumarme a su banda.”
El regreso pondría fin a los quince
tranquilos años madrileños en los que Tito Fargo aprendió a vivir de
la música. Además de ocuparse de sus propios proyectos, tocó con Los
Ronaldos y Christina y los Subterráneos; compuso música para
documentales y películas; participó de una gira de Los Héroes del
Silencio como asistente de su guitarrista; tocó con Rita Marley
durante una gira por España. Y armó los grupos con Puyó y Pettinato.
“Me acuerdo de esas noches en que comíamos arroz y terminábamos
todos durmiendo en el piso de mi departamento. Roberto se despertaba
temprano y me sacaba a caminar medio dormido, a pasear por librerías
y disquerías”, cuenta Fargo, que hace escuchar con orgullo un casete
con una presentación en radio de Los Carnavales de Franco. La cinta
permite apreciar dos cosas: la interminable perorata con que
Pettinato apabulla a los conductores del programa, tan parecida a
las que lanza ahora por televisión; lo llamativamente parecidos que
son algunos de esos temas a los que grabaría después con Pachuco
Cadáver. “Años más tarde le pregunté por esos temas que compusimos
juntos y él me respondió que no habían generado precisamente mucho
dinero”, cuenta entre risas.
En el tiempo que lleva en Buenos
Aires, Fargo salió de gira con la Oreiro, produjo el disco de una
banda de reggae de Hurlingham llamada Cabeza de Chola y se las
ingenió para echar a rodar más de un proyecto. Sueña con rearmar la
Hurlingham Reggae Band (con Arnedo y Andrea Prodan en voz), ensaya
con Semilla Bucciarelli un proyecto de banda de rock que alguna vez
–a frotar la lámpara– necesitará de un vocalista, sigue tocando con
Básico, un proyecto pequeño que armó con Jorge Araujo, baterista de
Divididos, y que es algo así como el banco de pruebas de O.M.O.
Mientras tanto sigue pensando en presentar alguna vez sus Obras Más
Organizadas, un espectáculo que incluye proyecciones, danza, una
gran banda y un despliegue que hace indispensable la presencia de un
productor. Pero en el camino Tito sigue conectando gente, un curioso
talento que llegó a su colmo cuando se encargó de presentar a
Natalia Oreiro y Ricardo Mollo. “Me di cuenta de que tenían muchas
cosas parecidas –entre ellas la nobleza– y los fui acercando”,
reconoce Fargo, el tipo que tocó con todos, pero hoy sigue haciendo
la suya.
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