El artista plástico Ricardo Cohen llegó a Santa Fe días atrás para presentar su segunda muestra individual (la primera fue hace 10 años), en el Museo Municipal de Artes Visuales Sor Josefa Díaz y Clucellas. Como siempre, se pudo ver al público compartiendo una copa delante de alguna obra, o acercándose para interrogar al artista. Eso sí: las caras, las estampas y hasta las edades de los asistentes eran particularmente distintas a las habituales en las típicas vernisagges artísticas. También otras costumbres, como la tentación de sacarse una instantánea junto a las cabezas tridimensionales con la vela encendida que fueron inmortalizadas en la tapa y el booklet de “Luzbelito”.
Lo que pasa es que Ricardo Cohen, el “Mono”, no es otro que Rocambole, quien puso el “arte visual” junto al “arte musical” de Skay Beilinson y Carlos “Indio” Solari, y al “arte de magia” de Carmen Castro (la Negra Poly, “la 9 milímetros”) para gestar esa entelequia que se denominó Patricio Rey, espíritu generador de Los Redonditos de Ricota.
Así, con el nombre del criminal devenido en héroe, de la “Sota de Copas”, del convicto Nº 117, es conocido ampliamente por un público que trasciende al de la pintura. Cuando joven decidió que su faceta más popular iba a desarrollarse bajo el apelativo que usaba Joseph Fipart, el personaje de folletín creado por el vizconde Pierre Alexis Ponson du Terrail, que Roberto Arlt puso como protagonista en la obra “300 millones”, jactándose de los 40 tomos que protagonizó. De todos modos, Rocambole terminó devorándose a Ricardo Cohen, y su obra terminó volviéndose una e indivisible.
Así, el artista-personaje devenido en generador de iconografías paganas aceptó el convite de Nosotros para charlar sobre esta exposición y sobre las particularidades de un trabajo que ya es parte del repertorio visual de la Argentina.
¿Qué períodos abarca esta muestra?
Bueno, siempre trato de traer algunos clásicos porque los chicos
quieren ver algunas cosas de las que fueron tapas o imágenes emblemáticas de los
discos. Pero en general, en su mayoría éstas son obras bastante nuevas, de hace
dos años o del año pasado, sobre todo las creaciones digitales: muchas de ellas
fueron para los últimos discos de Skay Beilinson. Después las obras de gran
tamaño también son bastante nuevas.
¿Cómo se maneja esto de estar entre la carrera de plástico y un
público “diferente”? De unir lo popular y las “bellas artes”.
Estamos en ese trabajo, en esa novedad: en transitar una extraña
frontera entre el diseño, la plástica, el rock... Pienso que es una expresión de
las nuevas tendencias del arte, en el sentido de la multidisciplinariedad:
últimamente hay maridajes entre el video, la plástica, el diseño, las
instalaciones, las performances, la danza, la música. Entonces empieza a
volverse medio multimedial. Creo que transitando por esa frontera el público es
así, heterogéneo.
Nuevas tendencias, pero siempre en el camino de la
figuración...
Yo soy figurativo por una razón militante (risas).
Paralelamente están el trabajo digital y el “analógico”. ¿Cuál
es la búsqueda en cada campo?
A mí me gustan las relaciones que se dan entre toda esta nueva
cultura digital, todas las nuevas tecnologías, y la forma artesanal tan
tradicional y tan cara para los artistas plásticos. Generalmente parto de un
dibujo, lo escaneo y después a lo mejor lo trabajo adentro de la máquina, y no
en pocas ocasiones lo imprimo y vuelvo a trabajar a mano arriba de la impresión.
Entonces, es como que hay una constante relación. Me parece que las tecnologías digitales son una paleta nueva, más
compleja, pero una paleta al fin: están dentro del maletín de herramientas.
¿Cómo se actualiza hoy el viejo debate entre el arte “de
caballete” y el arte “en la era de su reproducción técnica”, como diría Walter
Benjamin?
De alguna manera he accedido de un modo indirecto (por un camino
raro) a cierta popularidad; se lo debo a esa “pérdida del aura”, a la
reproductibilidad técnica (risas). A mí me conocen los chicos por los cientos o
miles de veces que se han reproducido mis dibujos a través de discos, pósters,
remeras, incluso ahora a través de tatuajes: se lo ponen directamente sobre el
cuerpo.
¿Qué se siente como artista ver la obra tan reproducida y,
muchas veces, resignificada?
Y, una sensación rara. Muchos compañeros en la docencia en artes
plásticas, aquellos que trabajan en cárceles, me dicen que el tatuaje más
reproducido en los pabellones es ese hombre con la cadena, que lo hice un día a
las apuradas. Yo no sé si eso está bien o está mal; de todos modos me emociona
ver cuando voy por la ruta, me pasa un auto y veo en la luneta que está el
dibujo ese reproducido. Siempre es una sensación de emoción: “Esto lo hice yo,
en una circunstancia X, y de repente la gente lo empezó a usar y se transformó
en otra cosa; o sea que ya no es mío. Se transformó en una especie de marca,
teniendo en cuenta que a las marcas no las quiero mucho (risas).
“No Logo”...
Es cuando escapa de tu manejo. ¿Qué más quieren los artistas que
a sus imágenes las quieran y las usen?. Por otro lado está esa falta de control
que uno llega a tener sobre su obra. Porque de repente veo que la usan los
militantes contra la pastera de Gualeguaychú, otras veces la usan las
organizaciones barriales; y también la he visto usada por el PC, o por el
partido radical. Entonces, lo que digo es: “ya no es mía, es de la gente... que
hagan lo que quieran”.
¿Qué temas son hoy los que lo impulsan a trabajar?
Me impulsa que a mí me gusta dibujar: toda la vida, desde chico,
dibujé y voy a seguir dibujando hasta que me muera, como cualquier músico o lo
que sea va intentar hacerlo hasta donde pueda. Para mí es un disfrute: en
principio y primordialmente lo hago porque me gusta. Es una manera que tengo de
entender el mundo, una manera que tengo de expresarme, y me agrada la
tarea.
HOJA DE RUTA
Ricardo Cohen nació en Buenos Aires, pero reside en La Plata desde hace muchos años. En 1964 ingresó a la Escuela Superior de Bellas Artes de la Universidad de La Plata.
En 1967 expuso por primera vez en Buenos Aires, en la galería Van Riel; presionado por la intervención puesta en Bellas Artes por la dictadura, organiza una deserción en masa para formar una institución paralela. Esto hace lugar a la creación de La Comunidad Autónoma de La Cofradía de La Flor Solar, de la que diseñó la identidad visual y la portada del LP.
En 1973 regresa a la ya Facultad de Bellas Artes y egresa en 1975. En 1978 realizó las primeras ilustraciones y ambientaciones para promover las presentaciones de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota; a partir de ese momento diseña todas las portadas de sus discos, afiches, escenografías, videos y todo lo que atañe a su identidad visual.
En 1984 entró en la facultad de Bellas Artes como docente en la enseñanza de Dibujo en las áreas de Diseño, Plástica y Cine de Animación.
En 1996, junto a Juan Manuel Moreno y Silvio Reyes, funda el Estudio Cybergraph DCA, dedicándose al arte digital y al diseño animado. El grupo recibió el premio ACE al “Mejor diseño de portada para disco”, en 1997, por “Luzbelito”. Realizan, además, los diseños de portada para Miguel Cantilo, Estelares, Claudio Gabis, etc.
También ha participado en muestras colectivas y ha recorrido el país con muestras individuales.
