UNO: Porco Rex provoca lo mismo que encontrarte con
alguien después de años (un viejo amor, un viejo amigo o hasta un compañero de
colegio, que bien podría ser un viejo amor o un viejo amigo) y descubrir que
existe la misma química, las mismas complicidades que antes del
alejamiento.
DOS: Porque desde el comienzo, con esa batería (by Martín
Carrizo) sonando como una aplanadora, como un out take de cualquier tema de
Zeppelin, uno puede adivinar que la cosa viene en serio y que por el tiempo que
dure el disco, será mejor que nadie interrumpe la escucha.
TRES: Con la
primera escucha, algun(os) incauto(s) podrá(n) decir que en este disco no hay
letras marginales, como supimos escuchar en cualquier disco que haya contado con
la firma de Solari, pero atención amigos, aquí muchas letras hablan de amor, y
¿acaso hay algo más marginal que dos enamorados? ¿Acaso hay algo más marginal
que el momento de pedir perdón? Piensen con los dos corazones, antes de opinar,
por favor.
CUATRO: Y cuando damos vuelta el disco (o el K7) nos
encontramos con la voz del inefable Señor Gama Alta (ensayando, mientras escribo
esto, para presentarse en diez días), detrás de una pared de efectos que
recuerdan al tema “Hay” de Andrés Calamaro. “Donde fueres, haz lo que vieres” o
algo así. Lo mismo con las canciones y las formas de cantar,
enhorabuena.
CINCO: Al terminar de escucharlo, no podemos más que pensar
que el cabrón lo hizo de nuevo, que ahora no vamos a poder parar de cantar
algunos temas, que vamos a leer hasta que se salgan las hojas, el booklet del
disco y que, ay!, que lástima que no estamos en esas épocas donde los artistas
editaban discos casi todos los años. Y nos despedimos sin poder evitar eso de
“Veámonos pronto” y de mirar para atrás, para quedarnos con esa imagen,
escapando en nuestro vuelo nueve cinco seis, privado y mental.