Durante 23 años fue el líder de la banda más exitosa del rock
argentino y guía espiritual de toda una generación de jóvenes que convirtieron
las frases de sus canciones en eslóganes y graffitti. El lujo es vulgaridad,
Todo preso es político. El autor de estas líneas, Carlos “El Indio” Solari, el
“jefe” de Patricio Rey y los Redonditos de Ricota ha vuelto con un disco en
solitario. Fiel al estilo de su antigua banda se ha negado a aparecer en
público. Esta entrevista es una de sus extrañas apariciones.
La primera vez que sonó el teléfono,
la voz del otro lado de la línea se presentó así: “Soy el manager del Indio. Te
va a dar la entrevista”. Después, tan repentina como había aparecido, prometió
un nuevo llamado y cortó. Exactamente una semana después, el teléfono volvió a
sonar. – Anotá –dijo la misma voz, y soltó una dirección en la zona Oeste del
Gran Buenos Aires, las afueras de la ciudad: la dirección de una estación de
carga de combustible Shell–. Tenés que estar ahí el jueves que viene, a las
nueve de la mañana. Va a pasar a buscarte una camioneta Land Rover blanca, o un
Ford Mondeo. El contacto se llama Martín. Entonces, la voz desapareció, esta vez
para no volver. Valga la aclaración: ¿este no es un reportaje a una estrella de
rock? Y la respuesta: sí, pero no se trata de cualquier estrella. Carlos “El
Indio” Solari es la más importante, y la más extraña, personalidad del rock que
tiene la Argentina. Uno de los músicos más famosos –y menos público– del país.
Solari (poeta, compositor, cantante, 56 años) vive, desde hace una década,
recluido en su casa, al mejor estilo J.D. Salinger. Hace cuatro que no habla con
la prensa, y sólo da entrevistas a un puñado de medios cada vez que le toca
presentar un nuevo álbum. Para ser gráficos: es más probable que un periodista
logre acceder antes a una entrevista con el Presidente de la Nación que con este
esquivo personaje del rock, que lideró, por treinta años, el grupo musical más
popular de todos los tiempos: Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.
Los Redondos –así se conoce a la banda popularmente– se separaron a
mediados del 2001: lo hicieron en silencio, sin peleas, ni escándalos, ni
anuncios de ningún tipo. Un día el rumor comenzó a circular, y sus millones de
seguidores quedaron huérfanos de rock. Pero ahora, Solari acaba de lanzar su
primer disco solista, “El tesoro de los inocentes (bingo fuel)”, y la
expectativa es inmensa. El disco –una producción independiente, fiel al estilo
de Los Redondos, que fabricaban y distribuían cada uno de sus discos– salió a la
calle el 3 de diciembre y, sin ningún tipo de publicidad, ya superó las 150 mil
placas vendidas; una cifra inusual en un país donde la piratería es moneda
corriente y la mitad de la población vive por debajo de la línea de la pobreza.
Para llegar hasta aquí, como se dijo, hubo que atravesar un tejido de
seguridad que envidiarían incluso líderes políticos de primera línea. Todos
conocen el celo de Solari (si bien hasta hoy siempre había rehusado ser
fotografiado debajo del escenario, su figura es tan conocida que para ir al cine
se escapa a Uruguay, y para caminar tranquilo por la calle, o ir de compras,
viaja a Nueva York), así que la tarea fue larga. Primero, conseguir una
dirección; luego, un teléfono (El Indio, claro, no figura en listados públicos
de teléfono ni nada parecido), dejar un mensaje, esperar. Y aquí estamos, a las
9 de la mañana en la estación de carga Shell. La camioneta blanca llega puntual.
Martín invita a subirse con algunos gestos, y pocas palabras. Segundos después,
el vehículo corcovea por un barrio de quintas. Después, toma curvas por calles
de tierra sin numerar. El viaje dura unos diez minutos, hasta llegar a un portón
de hierro negro.
Casi nada se sabe de la vida privada de Solari. Sé que
su sobrenombre data de la década del sesenta, cuando era hippie y en lugar de
calva llevaba el pelo largo; me enteré también, pese a lo que muchos piensan,
que es hincha del equipo de fútbol más popular de la Argentina, Boca Juniors. Y
que ama los perros. Aunque esto último quizá se deba más a una obsesión por
preservar (en la era de la información) su intimidad; obsesión que linda con la
fobia, como se verá. Solari conserva una vieja escopeta calibre 12.70. ¿Un
rocker que maneja armas? “He visto muchas cosas, en distintas épocas. Todavía
llevo grabada la mirada del primer animal que maté. En ese tiempo, el uso de
armas era algo común. Si tu hermano y tu papá iban de caza, vos ibas con ellos.
Aunque matar a alguien debe ser como cruzar una frontera extraña. No estoy a
favor, pero del ligustro para acá, que nadie venga a romperme los huevos. Cuando
está en juego la gente que quiero, no sé que soy capaz de hacer”, declaró en una
entrevista, antes de llamarse a silencio. Poco tiempo después su pareja
–Virginia, una mujer delgada y morena diez años menor que él– quedó embarazada
del primer y único hijo de Solari, Bruno, hoy de cuatro años. A él responde al
menos una parte del título del disco del Indio. “Bingo fuel era el término que
usaban los pilotos de la Segunda Guerra Mundial cuando en pleno vuelo la aguja
indicaba que no tenían más combustible. Algo así como ‘sigamos adelante con lo
que tenemos’. Con respecto a mi hijo, he descubierto una inocencia primitiva,
algo que pensé que ya no existía. En ese sentido, para mí, el asunto hoy tiene
una contradicción básica: cómo criar un angelito que tiene que sobrevivir en una
jungla asesina. ¿Qué se hace en estos casos? ¿Le enseñás a defenderse o tratás
de transmitirle otras cosas? Uno quiere que sobreviva, pero no que se transforme
en una persona horrible”, explicará. Pero eso será dentro de unos minutos, no
nos adelantemos.
Confirmado: en su casa hay perros, y son siete. Un
segundo después de atravesar el doble portón automático de hierro, Martín
recomienda no descender del vehículo hasta que al menos dos de los pastores
alemanes (Saturno y Villano, se advierte que son feroces) sean encerrados. El
asistente nos guía por un camino que atraviesa un parque, rodea la construcción
principal y termina en otra casa, donde El Indio tiene su estudio de grabación y
su oficina. Todo rezuma confort, pero en este antiguo casco de estancia no hay
lujos. Algo esperable del músico que escribió en 1991, cuando la ostentación se
convertía en el modus vivendi de la floreciente cultura menemista, una de sus
recordadas frases-slogan: “El lujo es vulgaridad”. La oficina donde se realizará
la entrevista es una suerte de playroom donde El Indio da rienda suelta a su
hedonismo: allí trabaja, pero también lee, escucha música, escribe, compone, y
controla los movimientos de la casa. De un ángulo del techo cuelga un monitor
que transmite por circuito cerrado lo que cuatro cámaras de seguridad registran
a toda hora. Un pequeño refrigerador, un equipo de audio casero, pilas de cds,
una mesa, un escritorio, una notebook y una nutrida biblioteca (libros de Kurt
Vonnegut, Norman Mailer, Boris Vian, Ernest Hemingway, Truman Capote, muchos
cómics y hasta el ensayo “No logo”, de Naomi Klein) completan el paisaje vedado
por siempre a las cámaras de cualquier reportero gráfico.
Finalmente
aparece. El Indio viste camisa celeste, pantalón cargo Reebok, zapatillas de
cuero Camper. Aunque su figura arriba del ecenario lo desmienta, mide un metro
setenta. Lleva gafas oscuras, como casi siempre, aunque sean las nueve de la
mañana y estemos en un recinto cerrado. A los pocos minutos de la charla notará
este detalle, y como si se sorprendiera, los dejará a un costado. Tiene la voz
gruesa, bien distinta a los agudos (”voz de frenada de automóvil”, la definió él
alguna vez) que están registrados en sus discos. La inteligencia y la cultura de
este hombre son proverbiales -en las entrevistas suele hablar más de política
que de música-, pero desconocía su amabilidad. Ofrece café, se sienta, confiesa
ser un “fundamentalista del aire acondicionado” y, con el control remoto en la
mano, aumenta el nivel del split. Advierte: “No es que me incomode la calidad
del cariño del público. Lo que me molesta es la cantidad. Si voy a un hospital a
internar a mi madre, antes tengo que firmar treinta autógrafos. Es muy difícil
que la gente te transforme en una especie de muñeco diseñado por su necesidad.
Se hace difícil tener nuevas relaciones cuando te ponen en el lugar del icono.
Esa imagen es muy fuerte, y sospecho que la gente a veces prefiere que uno sea
así, ése monstruo, porque ése es el atractivo. Entonces, sólo pueden quedar los
amigos de siempre. Está bien, además, soy un poco fóbico. De la única manera en
que puedo participar de un hecho multitudinario es si estoy arriba de un
escenario. Yo me formé en los 70, años en que era conveniente la clandestinidad.
Es por eso que cuando siento que la gente me vigila me da escozor. Pero bueno,
tengo claro que el precio de la libertad es la soledad”. Hay tanto por saber:
¿cómo llegó a liderar la banda de rock nacional más popular de todos los
tiempos? ¿Cómo es que su rostro adorna afiches y remeras y alcanzó, en la
Argentina, una dimensión mítica similar a la del “Che” Guevara? ¿Por qué sus
composiciones se convirtieron, con los años, en consignas (”Violencia es
mentir”, “Todo preso es político”, “El futuro llegó, hace rato”) recogidas tanto
en banderas como en graffitis callejeros?
Las respuestas son parte de
una crónica apasionante, que corre paralela a los últimos treinta convulsionados
años de vida de la Argentina. La historia de Patricio Rey y sus Redonditos de
Ricota comenzó en 1978, aunque algunos de sus integrantes se conocían desde
antes. Skay Beilinson, el guitarrista, había estado en París durante los sucesos
de mayo de 1968. De regreso en Buenos Aires se encontró con quien sería la
manager de la banda, y su pareja: Carmen Castro, alias La Negra “Poly”. Por esos
años los dos conocieron al Indio, que había filmado un cortometraje con
Guillermo, el hermano mayor de Skay. Ellos tres participaron, a mediados de los
’70, en un grupo multiartístico llamado “La Cofradía de la Flor Solar”, germen
de lo que más tarde sería Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. El extraño
nombre surgió a poco del primer recital: el nombre de fantasía Patricio Rey
aludía a una entidad metafísica que se materializaba cada vez que el mismo grupo
humano se juntaba. Los redonditos de ricota (buñuelos de queso frito) se
repartían durante las primeras presentaciones del grupo, que incluían monólogos
disparatados, recitados de poseía y stripteases. Todo un desafío a la autoridad,
una resistencia intolerable en los oscuros años de la dictadura militar
argentina, donde llevar el pelo largo, o hablar de ciertas cosas podían
significar perder la vida.
Con el paso del tiempo, los Redondos se
abocaron estrictamente a su veta musical, y ya para el regreso de la democracia,
en 1983, eran un referente ineludible de la escena underground argentina. El
Indio sorprendía a los seguidores del grupo con sus letras (crónicas sociales de
alto contenido simbólico) y la banda los sacudía con un rock ecléctico,
inclasificable. Los Redondos llegaron al lugar donde la devoción de su público
los cristalizó siguiendo una conducta que hoy es ejemplo para los más jóvenes:
jamás firmaron un contrato con una discográfica, nunca pisaron un estudio de
televisión, hasta bien entrada la década del noventa no publicitaban sus discos
ni sus recitales (la publicidad se hacía espontáneamente, boca a boca), no se
fotografiaron nunca debajo de un escenario, sólo ofrecían entrevistas a la
prensa los días previos al lanzamiento de un nuevo álbum. La independencia, para
ellos, fue casi una ideología. Una serie de dogmas que, quizá no tan
paradójicamente en una sociedad de masas, se acabó convirtiéndose en valor
simbólico y ayudó a disparar la mitología que rodeó a la banda. Tal vez debido a
esta ideología –una manera de comprender el mundo y la cultura rock- es que
jamás les interesó establecer comparaciones con otras bandas contemporáneas,
como Soda Stereo. Aunque el público y la crítica especializada se hayan cansado
de establecerlas. De hecho, durante casi veinte años, los Soda (pop, raros
peinados nuevos, modernidad de exportación y popularidad) y Los Redondos (rock
inclasificable, crípticas referencias sociales, asiento en la marginalidad local
y popularidad) fueron algo así como el River-Boca de la música argentina. Dice
El Indio, recortado contra la ventana de su estudio, que se abre al fondo verde
del jardín y por donde entra atenuado el sol de las diez de la mañana: “Hasta
que aparecieron Los Redondos, en los ochenta, todo el mundo decía que las
producciones independientes no podían existir, aunque a nadie le gustase firmar
contratos con las corporaciones. Los medios estaban acostumbrados a una especie
de trato especial que les daban los músicos para tener buenos comentarios. El
mercado del espectáculo es un barrio jodido. Si uno está fichado en una
corporación poderosa, esa productora tiene radios y revistas propias, y difusión
asegurada. Pero cuando uno lidera una producción independiente sucede todo lo
contrario, pueden joderte gratuitamente. Si queríamos alquilar el piso para un
estadio, lo que a otros les salía 7 a nosotros nos cobraban 20. En los años
ochenta una empresa discográfica compró cientos de copias de ‘Gulp!’, nuestro
primer disco, y las guardó en un desván. Todo, para que no progresara la
independencia”.
En 1991, con la edición del disco “La mosca y la sopa”,
llegaría la masividad. Y la carrera ascendente del grupo se haría irrefrenable.
Dentro, e incluso fuera de las fronteras argentinas. Porque si bien a Los
Redondos, como grupo, nunca les interesó llevar su música a mercados extranjeros
-sino conservar mediante la publicación de un trabajo cada dos o tres años el
rol de grupo líder en el mercado nacional- nada podía evitar que sus seguidores
viajaran por el mundo acarreando sus discos. Sucedió así un extraño fenómeno de
exportación involuntaria. Este cronista puede dar fe de que en lugares tan
remotos entre sí como Santiago de Chile, Dublin y Montreal, hay un disco de Los
Redondos escuchándose. El Indio sonríe –lo hace más a menudo de lo que uno
podría pensar-, conocía este tipo de historias. Le pregunto: ¿cómo se explica
que una banda under se haya transformado en la más popular de todos los tiempos?
“No lo sé”, asegura Solari. “Suelo tener una mirada de francotirador, pero si el
blanco soy yo, no puedo conocer los motivos. No puedo mirar atrás y darme cuenta
en lo que estoy involucrado. El eufemismo más definitorio sería decir que
estuvimos en el lugar apropiado en el momento apropiado. Desde afuera han
querido ver fórmulas, nos han dicho que hacíamos marketing con esto de no ir a
los medios. ¿Entonces, si era una estrategia, por qué no lo hacían los demás? Yo
tengo por costumbre hablar exclusivamente cuando hago un trabajo. Si no, no
tengo nada que decir. La obra es la que tiene que hablar por mí”.
La
popularidad llegó, pero tuvo sus costos. Al tiempo que la banda crecía, también
lo hacía la marginalidad, la pobreza, la violencia en el seno de la sociedad
argentina. Los Redondos sufrirían sus consecuencias. En abril de 1991, un joven
de 17 años, Walter Bulacio, fue detenido por la policía en las inmediaciones de
uno de los shows de la banda y asesinado a golpes en una dependencia policial.
Sería el primer caso de violación de derechos humanos denunciado desde el
regreso de la democracia. Si bien nadie fue condenado por el asesinato, hoy,
después de 12 años de pleitos judiciales –la familia Bulacio demandó al país
frente a la Corte Interamericana de derechos Humanos– el Estado argentino
admitió su responsabilidad en el asunto y aceptó pagar una indemnización de 334
mil dólares.
Luego de algunos incidentes registrados durante una serie
de conciertos en 1994, la banda optó por no ofrecer más recitales en Buenos
Aires y replegarse al interior del país (decisión que duró hasta 1998).
Entonces, cada vez que el grupo tocaba en lugares alejados, decenas de miles de
jóvenes iniciaban sus propias caravanas. Cierta vez, en 1995, la banda dio una
serie de conciertos en San Carlos (provincia de Santa Fe), un pueblo de 10 mil
habitantes. En dos días, unos 10 mil seguidores tomaron el pueblo por asalto,
doblando la población y dejando almacenes y despensas vacíos de alimentos y
bebidas. Cuando los shows terminaron y el pueblo volvió a su ritmo normal, algo
en el paisaje había cambiado: se veían cientos de bicicletas abandonadas, por
todos lados. La extraña postal tenía una explicación. La gente que no había
podido pagar el pasaje hasta allí, lo había hecho robando bicicletas por el
camino, pedaleando de pueblo en pueblo.
En 2000, Los Redondos quebraron
una marca que, hasta hoy, nadie ha podido superar: llenaron el estadio de River
Plate dos días seguidos, logrando los shows con entradas vendidas más grandes de
la historia del espectáculo en el país. Unas 140 mil personas pagaron entre 15 y
35 dólares para verlos. Y si bien jamás nadie pudo acceder a la contabilidad del
grupo, una suma informal deja entrever que, en dos días, los tres líderes de la
banda (El Indio, Skay y la Negra, ya que el resto de los músicos solían cobrar
cachet) habrían embolsado, cada uno, un millón de dólares. Pero todo tiene su
contracara. Durante el primero de los dos recitales tuvo lugar un hecho que
quizá haya propiciado el principio del fin del grupo. Ni siquiera la ponderada
filosofía de Solari (”Sostengo la política del guerrero: esperar lo mejor,
prepararse para lo peor”) fue suficiente para prever lo que sucedería. A la
mitad del primer recital, Los Redondos dejaron de tocar y se retiraron del
escenario: alguien, disimulado entre la gente, estaba apuñalando al público. Las
luces del estadio se encendieron, y hubo treinta minutos de estupor, hasta que
el agresor fue identificado. “Lo mató la misma gente, a patadas, algo así como
Fuenteovejuna. Estaba loco el tipo, lastimando inocentes. No justifico la
violencia, pero la comprendo”, opina el Indio. El agresor se llamaba Jorge Ríos,
tenía 27 años y tiempo atrás había salido de la cárcel. La banda lo sabría
recién al otro día. El show debía continuar: Los Redondos consideraron que
suspender el recital era más peligroso que continuarlo. Así que sobre el
escenario apareció la figura de un Solari visiblemente ofuscado. Y con severidad
amonestó a una multitud que se sumió en un profundo silencio. Fue uno de los
momentos más extraños y conmovedores de la historia del rock en la Argentina:
“Escuchen…escuchen, carajo”, dijo el cantante ante 70 mil personas. “Consideren
esta como una de nuestras últimas presentaciones”, aulló. Así fue.
Después de eso, los años de reclusión. Ahora, en su oficina, le comento
que alrededor de su figura se tejen miles de historias, que hay gente que cree
que vive desconectado de la realidad. Se eriza: también conoce estos
comentarios, y no le caen nada bien. “Más desconectado de la realidad vive aquel
que está pendiente de la información. Hoy en día toda información es probable.
Ahora, desde hace unos años, están de moda los canales de noticias, donde sucede
todo en tiempo real. Nada tiene sentido entonces, porque para que algo lo tenga
uno debe poder interpretar la realidad que ve. ¿Soy yo el que me estoy perdiendo
de algo, o es este sistema paródico el que le hace creer a todo el mundo que
realmente vive la vida?”.
¿Cómo ve Solari a la Argentina actual,
teniendo en cuenta que su retiro data de la misma época, el 2001, en que el país
vivió la crisis económica más importante de su historia? “En la cultura de una
sociedad, en su educación, en eso anida la capacidad de saber elegir, y defender
la calidad de vida de los ladrones de turno. El tonto no puede oler al diablo,
ni si caga en su nariz: ése es el problema. Además, independientemente del
ladrón de turno, existe la posibilidad de aprovechar las coyunturas de una
manera más lúcida. Si cuando acá todos teníamos la moneda imperial (N. de la R:
por la Ley de Convertibilidad, hoy derogada, un peso valía lo que un dólar), en
lugar de irnos de vacaciones a Brasil comprábamos hornos cerámicos, tornos de
alta competitividad, hoy quizá tendríamos una capacidad industrial diferente.
Entonces, más allá de ese latrocinio que hubo durante la década menemista, una
sociedad inteligente debe saber aprovechar las coyunturas. El gran problema es
que no sabemos que somos una sociedad ignorante: sospechamos alegremente de la
corrupción, pero a esta altura la corrupción es estructural. Todos aprendimos a
sobrevivir creyendo que somos muy inteligentes si robamos lo que tenemos a mano,
y eso nos hace padecer un eterno sojuzgamiento a la pobreza. Hemos postergado la
verdad, es penoso. Que alguien pueda comprarte por un poco de dinero es una
locura. Bienvenido el dinero, pero si para eso tengo que sufrir un desgaste
moral grande, creo que no se justifica. La mayor ambición del hombre no debería
ser el aposentamiento económico, sino la justificación de su vida. Estar
conforme con cómo nos ve la gente que tiene acceso a nuestra intimidad, eso es
ser realmente ambicioso para mí”.
Se lo ve disconforme con ciertas ideas
vigentes. Se lo digo. “La gente como yo, que se formó en la cultura rock,
equivocados o no, lo hacíamos en serio. Hay un montón de cosas que hoy están de
moda, frases ingeniosas como que uno está en esto para seducir mujeres, o que no
hay que tomarse las cosas demasiado en serio, o que una canción no cambia el
mundo. Por supuesto que una canción no cambia el mundo, pero hubo canciones que
cambiaron mi mirada del mundo. Y como soy constructivista pienso que, si
cambiaron mi mirada, el mundo efectivamente cambió. Por otro lado eso de las
mujeres quizá sea una frase ingeniosa, pero me parece reducir el rol del artista
a una especie de estupidez. No tomarse en serio a uno mismo probablemente sea el
impulso de los teenagers de hoy, pero cuando yo era joven me tomé muy en serio
la cultura rock. Todas las experiencias que hice pretendían ampliar el campo de
la conciencia. Ahora estoy a la espera de cambios rotundos que provoquen otra
música de fondo. Es la única manera en que acepto este vaciamiento. Me aburre la
postura de los artistas de hoy, al menos la de aquellos que han aceptado la
mirada posmoderna. Porque yo creo que para que la vida tenga una pulsión, la
gente tiene que tener ideales”. ¿No advierte en la sociedad alguna forma de
resistencia? “Sé que en los nervios de los jóvenes hay más información de futuro
que en la experiencia que yo tengo. Desgraciadamente, esta pauperización que
vivimos los transforma en seres bastante más primitivos que los que éramos
nosotros de jóvenes. Pero quizá esta especie de vaciamiento cerebral que nos
están haciendo sea la antesala de una sociedad… virtual. Siempre estoy esperando
lo mejor. No soy escéptico, tengo la esperanza de que algo venga a renovar el
espíritu vital. Por más que la cultura hoy esté confirmándome, yo quiero saltar
por encima de ella. No quiero ser un tradicionalista: si el rock no muere nunca,
esto va a ser un aburrimiento”.
Lo dice la estrella de rock más
importante de la Argentina. Suena el teléfono, atiende. Aprovecho para mirar
alrededor. Detrás de la puerta hay una gran foto enmarcada que lo muestra al pie
de las escaleras que conducen al baño del mítico reducto neoyorquino de rock
CBGB. Allí, entre otros, debutaron The Ramones. El Indio vuelve, se sienta, casi
sin gesticular sigue demoliendo mitos. “Abandoné la bohemia hace rato, empiezo
el día muy temprano. Me levanto a las cinco y media de la mañana. He descubierto
que ése es el momento en el que estoy más lúcido. Cuando me mudé para acá me
pasaba toda la noche tomando whisky y jugando al pool. El canto de los pájaros,
al otro día, era una molestia. Y entonces hice un cambio, en el que influyó
también el nacimiento de mi hijo. Me di cuenta que mi vida ya no significaba lo
mismo. Descubrí una alternativa de lucidez, a la mañana, despertándome a esta
hora. A eso de las ocho ya estoy en una buena actitud, que por lo general dura
hasta el mediodía”. ¿Cuál es su método de trabajo? “Trabajar todo el tiempo. La
casualidad ayuda a las mentes dedicadas”.
Nos preparamos para escuchar
su disco. “¿Te molesta si me recuesto en el sillón?”, pregunta, y se echa
pasando uno de los brazos por debajo de la cabeza. Enciende el equipo de audio,
lleva el volumen al máximo. El disco abre con un sonido que simula una grabación
en directo. Van pasando las canciones. El track 9 se llama “Pabellón séptimo”, y
su letra es una crónica carcelaria, de una crudeza que no se suele frecuentar la
pluma de Solari: “Me asfixio Dios/ Pienso en mi cara…se está quemando ahora mi
cara ¡Dios! / Una explosión y los colchones se prenden fuego y nos quemamos
vivos/ Quiero salir, quiero escapar, las puertas siguen encerrojadas/ El
pabellón, en un segundo, se nubló todo y ya no vemos nada más”. Solari, por
primera vez, se queda en silencio. Y explica. “La canción es una crónica de un
hecho real que sucedió en 1978. Una masacre de presos comunes en la cárcel de
Villa Devoto. Ahí murió un amigo mío… si había alguien que no tenía que estar
ahí era él. Tenía un problema psíquico, lo engancharon en la casa de una novia,
con unas tabletas de ácido lisérgico, y lo metieron en un pabellón cualquiera.
Un día hubo una revuelta y los masacraron a todos. Sé que la letra, en este
momento en que se habla tanto de los secuestros y se exige seguridad a cualquier
precio, es algo políticamente incorrecto. Pero bueno, yo siempre dije que todo
preso es político. Y hay lugares donde la sociedad tiene que ver el grado de
horror que es capaz de producir. Me ha tocado visitar cárceles, tengo amigos en
el cielo y el infierno: hay allí un horror permanente. Sin tomar en cuenta que
eso marca de movida la imposibilidad de la resocialización de nadie que entre
ahí. No se puede combatir el canibalismo comiéndose al caníbal, no está bien que
el Estado haga eso. La represión nos transforma a todos en pares de aquellos que
cometen crímenes”.
Han pasado cuatro horas de entrevista. El Indio se
levanta. Dejamos su oficina y salimos al exterior, donde el sol del mediodía cae
recto. La personalidad más destacada y enigmática del espectáculo argentino de
las últimas décadas se despide con un beso, da media vuelta, desaparece en su
casa. Por delante se abren quién sabe cuántos años de futuro silencio público.
En mi cabeza resuena una de las frases más bellas del disco: “Si no hay amor que
no haya nada entonces, vida mía, no vas a regatear”. Toda una declaración de
principios, para este principio de siglo.

