Este señor de 58 años por el que cientos de miles de fanáticos
pagarían por compartir al menos una copa es, parece, un hombre común. Debajo de
la proyección popular que lo petrificó como "una fría y enigmática estrella del
rock independiente", lo que se vislumbra en este mediodía soleado en su casa de
Parque Leloir es una idea bien diferente. El Indio Solari disfruta haciendo
zapping a cualquier hora por televisión, corre todas las mañanas con radio y
auriculares para escuchar un poco la Rock & Pop y La Mega, colabora con
Greenpeace, cuando puede lleva a su hijo (Bruno) al cine, adora a su mujer
(Virginia), quiere a su perro (Saturno), dejó el cigarrillo y casi el whisky. Y
hasta cambió su círculo de amigos: "Me junto muchos con los padres de los
compañeritos de colegio de Bruno, gente muy macanuda. No me cargosean, son
juiciosos. Ya decidimos abandonar la excusa de los chicos y reunirnos porque
sí".
Es gentil, charlista y trasunta en cada uno de sus dichos un
apasionamiento que suena sincero. Utiliza, como siempre, palabras que ya casi no
se escuchan ("soy medio chúcaro") y metáforas pintorescas (morirse es
"entregar el sachet", para graficar su esperanza de estar vivo para la
adolescencia de su hijo dice, por ejemplo: "Si es que todavía tiro papel picado
en este cascote"...). Ahí está: repantigado en el sillón de su estudio. Acaba de
poner en el equipo su flamante segundo disco solista Porco Rex -que sale
el jueves 6- (ver El disco...) y se queda escuchando junto con el
periodista, en silencio, haciendo cada tanto la mímica de tocar la bateria.
Dirá: "Es un disco conceptual, muy personal. Habla del deseo, del amor,
la traición y la muerte".
¿Por qué
"conceptual"?
Me di cuenta una vez que lo escuché terminado. Hay una
unidad. Ya no tengo ganas de opinar sobre la cultura rock, prefiero hablar de
sensaciones personales: canciones de amor, de rupturas. Uno a cierta edad hace
ciertos balances. El disco está dedicado a dos amigos, Nano y Alejo, que hacía
mucho tiempo que no veía y que me enteré que murieron. Hay una canción que le
debía a Virginia, Y mientras tanto el sol se muere...: quería dedicarle
una canción que estuviera a la altura de la calidad de su
amor
Vos siempre te mantuviste escondido como letrista, ¿qué
ocurrió para que te abrieras?
Es que no tengo deseo de otra cosa más
que hablar de asuntos que tengan valor para mí. Tiene que ver con el estado de
la cultura rock. Hay como una especie de teatralización irónica que ha congelado
todas las miradas y las transformó en fórmula. La industria musical manda y los
chicos escuchan cualquier cosa: Juanes, una cumbia, los Redondos. Yo vengo de la
contracultura. Para mí el rock no es un género, es una cultura. Nunca me
interesó Elvis, lo relaciono con Neil Sedaka, con Las Vegas. Me interesan Dylan,
Hendrix, Led Zeppelin. De algún modo siento que volvimos a los años 50.
¿No tendrá que ver tu edad? A lo mejor a un chico de 15 años
le pasan cosas que te excluyen...
Puede ser. Casi no salgo, abandoné
la bohemia, ya no voy a esos piringudines en donde uno podía escuchar algo
nuevo. Pero siento que ya no existe aquel heroísmo. Ni siquiera la inercia que
tuvo la contracultura aquí, en la Argentina, que permitió que bandas como los
Redondos puedan haber surgido. Yo en mi disco anterior escribí que, finalmente,
los '60 fueron tres años. Ni siquiera soy nostálgico. Yo la curtí cuando el rock
era la banda de sonido de un deseo contracultural, queríamos difundir poder,
creíamos en una manera alternativa de vivir. Nunca fui hippie, siempre tuve una
mirada cínica. Lo mío no era el campo, los sahumerios y la mostacilla; lo mío
era un departamento de dos ambientes en la ciudad. Ahora conservo esos valores
en mí, pero noto que entre los jóvenes ya no existe aquella épica, que son
permeables sólo a lo que ofrece la industria.
Entre revistas, discos,
fotos con su hijo y su mujer, unas mancuernas en el piso, una tele Sony apagada
y una laptop, Solari pasa horas en este estudio/escritorio dibujando (su gran
berretín), respondiendo mails, pensando detalles de la producción de lo que va a
ser la presentación en vivo de Porco Rex. "No es fácil todo el trabajo de
la producción. Si bien el trabajo que hacía la Negra Poli ahora se lo reparten
entre Julio (Sáez, guitarrista y asistente) y Virginia, tengo que estar en todo
porque soy un obsesivo y un tirano. Y eso cuesta. Todavía estoy pagando costos
de mis dos shows en La Plata. ¡Y eso que a cada show fueron 50.000 personas! Es
que me cobran como si fuera una productora gigante. Como ocurre en el fútbol, la
venta de las entradas no significa nada. Todo pasa por la esponsorización, la
TV, etc. Pero es el camino que elegí. Porco Rex vamos a tocarlo más:
seguramente volvamos a hacer shows en La Plata y además vayamos a Rosario,
Córdoba.
¿Que te pareció la gira de regreso de Soda
Stereo?
Un éxito demoledor. Independientemente de que haya estilos
que no me interesan, Soda es la pata más importante del rock en castellano de
América latina. Siempre fue un producto bien hecho. Cerati es un excelente
guitarrista y tiene una bella voz, aunque no sea una voz que a mí guste
especialmente. Me cuesta hablar de Soda porque enseguida empiezan las lecturas
insidiosas. La gente no entiende que en mi caso -y creo que en el de ellos
también- toda esta cosa del River-Boca nos importa un bledo, que es un asunto
para teenagers. Dentro de lo que hablábamos antes, la industria te puede ofrecer
High School Musical o un producto serio y consistente, como es el caso de Soda.
Obvio, hay diferencias.
¿No te proyectaste qué podría pasar con un
regreso de los Redonditos?
Pero es distinto. A la gente le gustó que
una banda de culto se volviera masiva... Yo no sé si todo lo que tiene Soda
detrás funcionaría con los Redonditos. Sí no tengo dudas de que iría muchísima
gente.
Skay dijo que si alguna vez vuelven es con disco
nuevo...
Estoy de acuerdo, es la única manera. Yo soy un hedonista
ético. El dinero, para mí, sirve para tener derecho al placer. El placer con
Skay no era tomar un vino juntos, era hacer música juntos. Y ese placer no está
ahora, no existe. Y ni él ni yo vemos un regreso como algo cercano. Sería para
más quilombos, para putearnos.
¿Hablás con
Skay?
Cada tanto. Tenemos intereses en común: somos artistas de
catálogo y los discos se siguen vendiendo. En un momento se habló de editar el
material que tenemos grabado y filmado de los conciertos de River. Pero no sé.
No me imagino juntarme con Skay para ver cómo mezclamos el audio de los shows de
River... Es como ponerse a toquetear un muerto querido. Con los Redondos pasó
como con esos matrimonios que se separan para tomarte unas vacaciones y justo el
tipo conoce una minita... No hay modo de volver. Skay dijo que sintió una
liberación. Y claro, no le tiene que consultar nada a un hinchapelotas como yo
(se ríe). De esa libertad no se vuelve.
¿Por qué lo convocaste
a Calamaro?
Tenemos una relación muy afectuosa. Me hace cagar de la
risa. Todos los días nos mandamos mails, pelotudeamos de lo lindo, no nos
tuteamos... Yo quería componer una canción para que la cantara él, pero al final
participó en una que ya tenía escrita. Hace rato venimos hablando de formar una
banda misteriosa para tocar en lugares chicos versiones en español de temas del
rock internacional. Queremos rocanrolear de lo lindo... pero es complicado. Por
más que nos llamemos, no sé, Los Culos Sucios, la gente se va a enterar que
estamos él y yo...
Lo llaman por un intercomunicador para almorzar. Lo
espera Bruno: "Está a full. Hace tae kwon do, va de aquí para allá, sociabiliza.
Nunca escuchó nada de los Redondos, sí mis dos discos solistas. Es que no sube
al estudio, y acá tengo toda la discografía. Mi casa está impoluta de
Redonditos. Igual algo sospecha: los amigos le preguntan, cuando salimos nos
sacan fotos con los celulares... Estoy muy pendiente de él. El me fascina más a
mí que yo a él".
Después de dos horas y media, el Indio Solari asoma de
su bunker y acompaña a la puerta. El cielo es de un celeste limpio. El
fascinante y claustrofóbico micromundo Solari se disuelve entre la arboleda de
Parque Leloir.