El ¿ex? cantante de los redondos habla de su primer
disco solista
y del silencio de la banda: "me quedé con las ganas de un
final mas elegante".
Coordenadas: un horario temprano en la mañana, una estación
de servicio en la zona de quintas del Oeste del conurbano, un tipo de auto, un
nombre por el cual preguntar y que me alcanzará a la casa del entrevistado.
Fantasía: componer un relato desde el punto de vista de un
capitán Willard periodístico, yendo a buscar a la versión rockera del coronel
Kurtz en "Apocalipsis Now": un hombre con una brillante foja de
servicios que, de una manera estrepitosa, se perdió en su propia jungla y hace
ya tres años que nadie ve por la calle. ¡El horror, el horror!
Realidad: un portón que se abre a control remoto, una
advertencia del chofer ("no bajes hasta que chequee que los perros estén
atados"), una caminata hasta una construcción de dos pisos, una escalera,
una recámara con discos, libros y monitor de circuito cerrado de TV. Y la
aparición de este señor (camisa colorida, pantalón negro, botas deportivas),
que te escanea la mente y dispara: "Te pido disculpas por no en contrarme
en plena orgía. Perdoná que no te puedo dar ese toque de color para la
nota".
Casi no es necesario preguntar. Enseguida sale el monólogo.
"Me levanto muy temprano: uno está trabajando todo el día. Lo que varía
son las ganas, la necesidad, la conveniencia. En este caso, se dio que yo no
tenía un plazo. Tengo 56 pirulos y nunca toqué en otra banda que no fueran Los
Redondos. Todo lo que yo pensaba, componía, cantaba y afilaba para tener un
discurso público, era en nombre de la banda".
Pero...
Porque en todo este descanso, por distintos motivos,
tuve la necesidad de disfrutar de los primeros años de mi hijo Bruno, de leer,
de escuchar música, de escribir. Uno lee que la gente dice: "Hace como
cuatro años que está haciendo su disco". Pero ya antes del impasse estaba
haciendo otras cosas. Música incidental para un film imaginario, que sería la
adaptación de "El delito americano", el libro que llevo años
escribiendo. Música instrumental, como una cruza de The Residents y The
Prodigy. Y hay un período de luto que corresponde al parate de Los Redondos.
¿Cuál es tu lectura de la situación?
Tuve un período de duelo porque no me gustó el modo en
que se interrumpió el viaje de Los Redondos. Más que nada, por la gente.
Después de una trayectoria tan rica, de haber salido de la nada, sin ningún
tipo de apoyo multinacional, y haber llegado a ser la banda que más entradas
vendió en la historia de la música local, ser una banda de culto y a la vez
masiva, el final tendría que haber sido otro. Leí que Skay dijo que se sentía
liberado. Bueno, yo no me liberé de nada. Sigo siendo lo mismo y me hubiera
gustado que Los Redondos tuvieran un final más dedicado a la gente. Me quedé
con las ganas de tener un final más elegante. Yo no sé si eso puede ocurrir,
habrá que recomponer algún espíritu.
¿Escuchaste los discos de Skay?
Me dio vergüenza ir a comprar sus discos. Pero es un
excelente músico. También me cuentan que el disco de Sergio (Dawi) está
bárbaro. Semilla, por su lado, tiene un quehacer plástico muy rico. Todos
estamos dedicados a nuestras cosas y de ese tipo de libertad difícilmente se
vuelve.
¿Será "hasta que Patricio Rey lo
disponga", como dijo Skay?
Supongo que sí, aunque cada uno lo lee con distinto
tipo de fe. En esta encrucijada, cada uno tiene una mirada diferente, hasta los
que estamos adentro. Leí que Semilla decía que suponía que hubo un conflicto de
egos. ¡Yo ni me enteré! Nunca me quejé de la parte de la estampita que me
tocaba en Los Redondos, siendo que estaba en las remeras, en los posters,
cantaba, hacía las letras, sostenía el discurso público. Mi ego está hecho.
¿Estás al tanto de los cantitos que reclaman que
"se vuelvan a juntar"?
Si yo fuera uno de esos chicos, sería el primero en
reclamarle lo mismo a Skay o a mí. Pero quiero creer que nos queda la
suficiente decencia como para no volver si no estamos vinculados por algo más
que terminar el ciclo o ganar dinero.
Da la sensación de que vivís encerrado en tu propia
paradoja. Aquello de "atrapado en libertad"...
No me manejo bien con la popularidad. Para aquel que se
formó en una época donde la clandestinidad y el anonimato eran lo mejor que te
podía pasar, se torna todo muy difícil. Tampoco añoro la bohemia: la de hoy me
aburre, se parece a un chusmerío ordenado. Antes me iba un mes a Nueva York y
me hartaba de ver cosas, consumía chucherías. Ahora no tengo ganas de ser
humillado en una aduana. ¡Y tampoco de estar en un show y volar a la mierda! El
claustro, por llamarlo así, no es algo que padezco. Puedo ir al cine a las 11
de la mañana. Y no voy seguido. Las últimas que vi fueron "Episodio
II" y "El Señor de los Anillos", un entretenimiento grandioso.
Hace mucho que siento que no estoy frente a algo conmovedor, y a la vez
vislumbro un futuro donde haya una nueva cultura y donde quizá la música no
tenga el mismo rol que tuvo en esta era y vuelva a ser lo que era antes:
entretenimiento.
Alguna vez dijiste: "Espero un cambio tan
grande que me deje afuera". ¿Será ése?
También digo en el disco que "los sesenta fueron
tres putos años, nomás". Fueron eso de locura y tuvieron una inercia muy
rica. Yo estoy desaforado cuando veo a los pibes de las bandas nuevas diciendo:
"No hay que tomarse las cosas en serio" o "una canción no cambia
el mundo". Esto último puede ser cierto, pero para alguien como yo, que
tiene una noción constructivista de la vida, si algo cambió mi mirada, cambió
el mundo. Me pasó eso cuando escuché por primera vez a los Beatles, a Dylan.
Creo que también tienen que existir los "fabulosos pedorretas", tiene
que haber de todo, pero alguien tiene que pretender (ni siquiera pido que lo
logre) algo más serio.
Hoy, que sale tu disco, ¿qué cosas creés que pueden
cambiar del mundo?
Casi ninguna. Cuando establezca una banda, saldré a
tocarlo, supongo que hacia mayo o junio. Para el arquitecto de Palermo
Hollywood, tendrá una lectura. Para el pibe de la Villa 31, tendrá otra. Y los
periodistas tendrán nuevas frases para hacer títulos.