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Revista
Inrockuptibles - 12/04 Por Nicolás Miguelez y Oscar Jalil. INDIO
SOLARI "A
MÍ NO ME GUSTA MUCHO CANTAR"
El jeep blanco corre rápido por las callecitas indecisas
de Parque Leloir, allí donde la tranquilidad tiene forma de laberinto
arbolado y arquitectura de fin de semana. Las casas cotizan entre la
sencillez, el confort suntuoso y el mal gusto adinerado, pero ninguna
altera la visual de refugios ideales para perderse en ese country público
a quince minutos de autopista desde Capital. Martín, el asistente del
Indio Solari, conduce en silencio. Cuando se abre el portón negro,
advierte: "No bajen hasta que guarde a los perros", dos o tres
ovejeros alemanes que husmean alrededor del Land Rover en ronda de
prevención. El verde intenso del enorme jardín y las flores que lo adornan
dominan la panorámica: todo hace pensar que el lugar fue una vieja casona,
ahora refaccionada según los patrones de reserva, comodidad y ocio que
exige su ilustre propietario. El próximo paso es esperar a Carlos Solari
en la oficina ubicada en la planta alta del estudio, el mismo espacio
lúdico y de fantasía fabril en el que el Indio dibujó hasta el más mínimo
detalle de uno de los discos más esperados de la historia del rock
nacional. Una vez más se tomó el tiempo necesario, una siesta personal que
lo acompaña desde los primeros días de los Redondos: debutó en un
escenario cuando pisaba los treinta, antes tocaba la guitarra en fogones
lisérgicos de la bohemia platense o jugaba a ser artista plástico y
escritor beatnik.
La paternidad también lo alcanzó después de
hora (ya había cruzado los cincuenta cuando llegó Bruno) y ahora,
extendió el receso sabático de su banda de toda la vida, otro gesto de
control y gambeta ante la ansiedad de la superpoblada tribu ricotera. De
buen humor y con un vigor cerebral sorprendente, Solari recorrerá
durante más de cinco horas los vértices de la leyenda y la actualidad que
busca despejar esos aires mitológicos que carga por obra y gracia de sus
largos silencios. Mientras suenan los catorce temas de El tesoro de
los inocentes (Bingo fuel), una verdadera bomba de tiempo a punto de
estallar en el corazón de las ausencias del rock argentino, Solari mostró
el costado de un artista preocupado por la recepción, pero muy seguro a la
hora de defender el clasicismo y la versatilidad de un trabajo minucioso,
elaborado con celo moro y obsesiva pasión artística. De modo elegante,
evitó el lugar común de las comparaciones: Skay, la otra mitad de los
Redondos, sigue siendo un amigo. Y cuando el mito asomó con cara de
revelación, ese mismo que, por ejemplo, tiene en ascuas a las hinchadas de
Estudiantes y Gimnasia, adjudicándose el fervor futbolero del Indio en
foros de opinión y páginas de fans, surgió una respuesta que lo acerca más
a uno de los dos grandes del fútbol argentino que a los históricos
rivales platenses. Con el garbo del Rey de Siam -¿acaso hay algún cantante
más parecido a Yul Brynner?-, Carlos Solari habló y habló. Entre sus
fobias, la realidad absurda del rock y aquellos viejos anhelos de rocker
criado en los principios universalistas de una cultura de cambio, asomó la
exigente personalidad del músico que cuestiona la calidad de su voz y
maneja el discurso como un maestro del encantamiento. Es palabra del
Indio, aunque lo más importante permanece en sus canciones, en donde
se mezcla el repertorio infalible de Patricio Rey y las nuevas razones
solistas para entusiasmarse con la argentinidad al bingo fuel.
Indio: Este álbum fue
saliendo por la presión que vino de afuera, por el runrún: cuando paré con
los Redondos tenía ganas de hacer otras cosas, como disfrutar de la
inocencia de Bruno, mi hijo... Por otro lado, fue como una gran necesidad:
los Redondos se transformaron en algo enorme y ya no tenía tiempo de
cargar data. Hacía rato que quería volver a leer El cuarteto de
Alejandría, de Durrell, por ejemplo...
Y, como son cuatro libros, es ideal para el
verano: lo empezás en diciembre y lo terminas en marzo... Claro, incluso creo que lo elegí por eso. Porque para
leerlo tenes que tener mucho tiempo para dominarlo y nada que hacer, no
estar pensando en otra cosa, sólo disfrutarlo. Además, tengo
cincuenta y seis años... Hay un montón de cosas que quiero hacer a
otro ritmo, un ritmo que no dependa de mí sino de los demás. Y más allá de
que haya sido un poco el jugador dominante de los Redondos, en los chicos
este paráte debe haber generado algún tipo de resentimiento: venían
tirando papel picado y se paró todo porque tres personas lo decidieron.
¿Dejaste de trabajar en algún momento?
En realidad, uno está trabajando todo el tiempo; lo que
pasa es que no pensaba publicar este trabajo tan rápido... Es más:
paralelo a los Redondos ya venía haciendo algo que no tenía cabida con
ellos, una mezcla de Residents con Prodigy; una música con guitarras power
pero en la que todo lo demás eran máquinas usadas como las uso yo, sin
utilizar tanto el color sino el sampler. Una cosa incidental, medio
fractal, en el sentido de que no se desarrollaba como una canción. Así que
seguí como siempre... Tengo este lugar, que es mi playroom, al que vengo
todos los días a trabajar por más que no tenga planes de hacer algo
concreto. En un momento empecé a ver la posibilidad de un disco, y ahí
cambié de idea porque no tenía ganas de cortar la comunicabilidad con la
gente. Entonces volví a hacer canciones.
¿Cuándo empezaste a percibir por dónde iba el
disco? Porque ese runrún sobre tu regreso empezó hace meses...
Un día me acordé de un tema, El tesoro de los
inocentes, que tiene que ver con cómo trabajábamos con Skay: yo le
mandaba un mini-disc con seis o siete ideas, y las que coincidían con
algún trabajo de él prosperaban, las otras no. Cuando me puse a buscar esa
canción me encontré con que a su alrededor había un montón de canciones
buenas. Después, cuando empecé a trabajar con los músicos, se filtró
la noticia de que estaba laburando, y entonces empezó la presión de
la distribuidora y de los periodistas. Y cuando arranqué con la gráfica
del álbum, pensaron que su salida era inminente. Sin darme cuenta, fui
empujado de una manera con la que aún hoy estoy a disgusto... Porque ahí
también empezaron los reclamos: me sentía Axl Rose, si yo nunca dije que
iba a sacar un disco... (risas). Por otro lado, la situación me
obligó a mover un poco el culo, pero me quedé con las ganas de completar
los cinco años sabáticos que me había propuesto.
¿Volviste a las canciones porque no te convenció
la idea de hacer un disco más electrónico? Sinceramente, pensé que no era el momento... No me
atrajo la posibilidad de perder el contacto con el público. Es una
relación que te ganas con el tiempo, no hay por qué rifarla así porque
sí...Cuando uno se beneficia de todas las comodidades que te da el éxito
-haces lo que querés, cuando querés y como querés-, no sé si está bien
ofrecer un trabajo de laboratorio, es algo medio caprichoso...
Porque, en definitiva, el artista se dedica full time a lo que hace y
tiene ideas que a veces son muy personales. Hay trabajos de campo que no
deben trasladarse tal cual a la exposición. Son cosas que ayudan a generar
visiones o disparadores que tienen que ver con un universo artístico
propio. Así que no puedo pretender que la gente comprenda algo que
quizá sólo tiene valor como conocimiento personal y no como una obra en sí
misma. A partir de ahí, para seguir vinculado, hay que hacer una
traducción. Ojo: no pretendo hacer de esto un dogma, pero es lo que
pensé cuando proyecté el disco... Además, no postergué nada: por ahí,
esa música electrónica que estoy haciendo termine en otro disco o siendo
la banda sonora de un mediometraje de animación para el que estoy
trabajando. En un momento, hasta llegué a pensar en hacer un disco de
power trío bien crudo...
El charro chino es un tema
funky disco muy bailable, toda una novedad en vos. Te van a llamar los
remixadores para pedírtelo... Ojalá... Como el caballo en
el que venía andando no me permitía hacer ciertas cosas, lo cambié por
otro que, en vez de ser un caballo de trote, resultó ser uno de
equitación. Con los Redondos pasó eso: uno es más atrevido a medida que va
teniendo más curiosidad, pero llega un momento en el que, si la banda no
te sigue, termina siendo un simple acompañamiento, que es lo que pasó con
nuestros dos últimos discos. Porque, más allá de lo que yo hiciera en
mi maqueta, en algún momento tenía que traducirlo a un bajista o a un
baterista. Ahí empecé a incorporar a Hernán Aramberri como percusionista
tecno, y a joder con cosas que los demás aceptaban a regañadientes. En
realidad, nunca se planteó de esta manera, pero pasado el tiempo y leyendo
las entrevistas post Redondos, me doy cuenta de que el jugador dominante
siempre genera una especie de resentimiento... Por eso, cuando escucho que
dicen que se han liberado de algo, no lo entiendo: yo no me liberé de
nada, sigo haciendo lo mismo.
El disco es oscuro, tiene algo de "versión
argentina" del cabaret alemán... Bueno... Me formé en un clima político que se parecía
bastante al que rodeó al cabaret político alemán: en los sótanos en los
que tocábamos se decían cosas que arriba no se podían mencionar...
¿Y esa cuestión dramática está balanceada con la
belleza de las melodías? Si, pero una cosa es lo lindo y otra cosa es lo bello.
Lo bello es conmovedor, lo lindo es... grato. Me interesa mucho el
juego de la belleza, más allá de qué carajo sea la belleza para
uno... Porque estamos charlando nomás, ¿no?... Éstas son las cosas que me
dan miedo de las entrevistas: cuando las leo siento que quedo como un
boludo que está diciendo cosas terminantes, pero en realidad me
contradigo, hago pausas, digo cosas porque me preguntan... Después,
todo eso queda reducido a una respuesta. Si en la edición y desgrabación
esto no se tiene en cuenta, parece que uno fuera Calculín (risas).
Por eso sólo cacareo cuando pongo un huevo: mi discurso público sirve
para avisar que hay un nuevo trabajo en las góndolas. Y lo hago porque sé
que es conveniente. Tampoco me gusta la idea de ser un artista
"existencial" que es valorado por lo que hace en su vida, como hacer algún
tipo de estropicio en un hotel, o tirarse de un noveno piso, esas cosas
que son tan ricas para relatarlas.
Tampoco por una reclusión aparente...
Alguna vez se dijo que mi "reclusión" era una actitud
para generar algo especial, pero la gente tiene que aceptar que cada uno
tiene su propia personalidad y que la mía es muy exigente. Me puedo dar el
lujo de que mi vida tenga cierta elegancia -puedo pagar mis cuentas
con comodidad- porque estuve involucrado en algo que fue exitoso. Y
aproveché eso para ser exigente frente a cosas que hoy están algo
desvalorizadas, como la lealtad, la honestidad, todo eso a lo que puede
aspirar un tipo de clase media. Hoy en día, en este mundo medio
paródico, todos tenemos tácticas que nos pueden dar mejor rédito para
vivir. Pero para aquel que no tiene necesidad de eso, la vida se pone
aburrida, es como si las relaciones te estuvieran robando el tiempo...
¿Influye la edad en esta percepción de las
cosas? Es que todo depende, también, del criterio de eternidad
que uno tenga... No tengo ninguna religión efectiva ni me apaña ni protege
ningún cielo con huríes... Para mí, se apaga el velador y se apaga. Y a
esta edad querés valorizar el tiempo que te queda en exigencias y
ambiciones que nunca están de moda. Entiendo: la gente está
preocupada en ver cómo papea y no tiene muchas posibilidades de ser
exigente en otros rincones del corazón, digamos. Pero a mí eso me está
permitido.
¿Y cuál es el precio de esa exigencia?
La libertad tiene el precio de la soledad, es así. Y,
sinceramente, me resulta muy incómodo el reconocimiento público: me formé
en años en los que lo conveniente era la clandestinidad, así que
cuando siento que todo el mundo me vigila, me da cierto escozor. Sé
que hay personas que lo disfrutan. Conozco muchos famosos a los que les
gusta ir a comer a Las Cañitas y que los persigan con las cámaras.
Porque hay un montón de lugares para ir a comer sin que te vean, así que
si después salís en las revistas, no te quejes... Personalmente, la
falta de exposición me hace bien, no me interesa lo que me pueda dar la
sociedad en ese sentido.
En el capítulo dedicado a los Redondos de El
señor de los venenos, el nuevo libro de Enrique Symns, se dice que
los camarines estaban llenos de chicas y que, sin embargo, vos nunca
especulaste con la situación de ser el frontman de la banda. El camerino es un templo: no puedo salir a perderme en
el escenario -que es lo único que disfruto- si hay un despelote de
sanguchitos de miga, pelotudeces y personas que no conozco. Por ahí hay
gente a la que eso sí la nutre, pero a mí no: nunca me interesó que el
camerino se atestara de groupies.
¿Sos consciente de que ahora podes llenar un
estadio vos sólo? Bueno, eso es lo que dicen los productores que me llaman
para asociarse... Pero yo soy el que siempre dice "no sé". En
realidad, había pensado en empezar con lugares más chicos, porque una cosa
es la idea que le queda a uno de algo y otra distinta es la realidad. Me
cuesta tener una visión del nicho que tengo.
¿De verdad? Mira, en todo caso, siempre es conveniente pensarlo de
esa manera, porque podes comerte un cachetazo que te mate. Lo que
tiene de terrible el ego y te lo dice alguien que luchó mucho contra eso-
es que la ansiedad por mantener el nivel es corrosiva para el espíritu.
Con la adulación pasa lo mismo: todo aquello que ayuda a creer que uno
debería estar satisfecho consigo mismo es peligroso. Trato de tener una
mirada que me ayude a soportar el momento en el que las cosas ya no sean
así. Nada dura eternamente, aunque la verdad es que estoy asombrado con el
hecho de que los Redondos todavía seamos artistas de catálogo... Gulp!
es un disco que se sigue vendiendo.
En una de las cadenas de disquerías más
importantes, Gulp! y Oktubre son los dos discos más robados. No
están en las bateas por eso... ¿Ves? Qué sé yo... Nunca se sabe por qué la gente lo
quiere a uno... Eso lo aprendí del Tata Floreal Ruiz, el cantante de
tangos. El tipo no tenía una gran voz, pero cuando cantaba esas melodías
porteñas era como si se las estuviera cantando a las veredas... Y él decía
que no entendía por qué la gente lo quería. Modestamente, a mí me pasa lo
mismo. Si querés, podes pensar: "Bueno, debe ser el magnetismo
físico", pero tampoco soy Robbie Williams...
¿Ni siquiera sospechas por dónde puede pasar?
No... (silencio). Podría ser
por la música, pero eso también es relativo: estoy convencido de que
este disco nuevo es un buen trabajo, pero no sé cómo puede recibirlo la
gente. A algunos les gustará; otros pensarán que no es lo que venía
haciendo... No sé... Independientemente de que toda la producción de
los Redondos se hizo en base a mis caprichos, en realidad yo no era el que
se ensuciaba las manos. En cambio, ahora sí se pone difícil preservar la
elegancia del espíritu... Siempre se pensó que los Redondos teníamos todo
clarito y que hacíamos todo bien, pero la verdad es que siempre nos
asombramos de todo.
Pero en las entrevistas tuyas de los 80 ya
hablabas de cosas que terminaron pasando, como que algún día el rock
iba a depender de los sponsors, por ejemplo. Eso tiene ver con la manera en la que uno se ha
involucrado en esta cultura, recogiendo del tacho de basura a un montón de
escritores malditos como William Burroughs, Norman Mailer y otros
avivagiles que te fueron enseñando cómo funciona el macromundo más allá
de la situación personal inmediata.
¿Cómo convivís, en lo cotidiano, con el
reconocimiento, más allá de la "leyenda"? A veces me incomoda y otras me alegra... Además, como
dice el poeta, "a nadie le amarga un dulce...". Pero a veces me da cierto
temor pensar en las razones que llevaron a esto. Trato de descubrir si
inconscientemente escondo aguna actitud demagógica que resulta atractiva.
Hacia afuera, lo interesante tal vez sea que
tenes un "discurso", algo que no es muy común en la cultura rock de hoy en
día. Lo que pasa es que hubo toda una serie de músicos de
rock prestigiosos que dijeron que el rock'n'roll era de la cintura
para abajo... Claro, como género musical sí lo es, pero a mí el género
nunca me interesó. Una cosa es el rockabilly y otra muy distinta es la
"cultura rock". A mí el rock me empezó a interesar cuando se politizó
y se transformó en algo más que una música de moda. Al mismo tiempo,
también puede tener que ver con las capacidades de cada uno: muchas veces
la gente cree que un tipo silencioso es un tipo reflexivo, y quizás es así
porque no tiene nada para decir. Entiendo que uno se esclaviza con
las palabras -sé que soy medio charleta-, pero jamás defendería a un tipo
que, por el simple hecho de estar callado, genera un enigma...
¿Esta simplificación podría trasladarse a la
idea de que tus letras son crípticas? Sí, pero sospecho que los que dicen eso lo hacen porque
no saben escribir... Entonces, "birra", "culo", qué sé yo... y ahí vamos.
También está el otro extremo, que es el simple surrealismo musical de las
letras... No voy a dar nombres, pero hay un par de músicos muy renombrados
que tienen una poesía que, sinceramente, no me dice absolutamente nada.
Son letras que están pensadas para cantar bien, aprovechar la musicalidad
de las palabras y más o menos salir del paso. Es un "surrealismo" que, al
menos para mí, no tiene un tronco emotivo lo suficientemente fuerte.
Prefiero lo desparejo de las letras de García, Páez o Calamaro, y digo
"desparejo" porque hay cosas que me gustan y otras que no. Pero el
surrealismo mecánico no me interesa para nada... Acá hay que tener en
cuenta que en el rock nacional es muy difícil no hacer boleros rápidos,
porque la lengua en sí te lleva a eso. Si Sergio Denis cantara en inglés,
sería Barry Manilow (risas), una música que uno podría escuchar
en el coche en una FM cool, mientras que se hace muy difícil escuchar a
Sergio Denis. Con el rock pasa lo mismo... Trato de esmerarme y ver de qué
manera puedo tener una prosa que me permita frasear sin que haya mucha
distancia, digamos, con el eje musical. Pero es muy arduo, sobre todo por
la cantidad de vocales redondas que hay en el idioma...
¿El título del disco tiene que ver con el
nacimiento de tu hijo? En parte está conectado con eso, pero también tiene un
subtítulo: Bingo fuel, un término acuñado por los pilotos de
aviación en la Segunda Guerra, cuando los medidores de combustible eran
muy rudimentarios. Los tipos volvían a Inglaterra después de bombardear
Alemania, y decían "bingo fuel" cuando la aguja indicaba que no había más
nafta, aunque en los tanques todavía algo tenían, pero no sabían cuánto.
Es decir, podemos llegar a las islas, quizá no, por ahí nos quedamos
en el medio del Canal de la Mancha... Vamos con lo que tenemos, vamos al
frente tirando la toalla y que sea lo que Dios quiera... Entre esos dos
términos, El tesoro de los inocentes y Bingo fuel, está
la idea del disco. Más allá de la relación que tiene con el
nacimiento de mi hijo, "El tesoro de los inocentes" es también lo que
nos permite ser pretenciosos con esa elegancia espiritual de la que
hablábamos... Incluso sabiendo que los inocentes van al frente tirando la
toalla, sobre todo en un océano de tiburones como es la vida de hoy
en día. Tuve un hijo cuando ya no tenía más remedio, porque la vida del
músico es muy egoísta. Pero recuerdo que en los años del hippismo o de la
dictadura militar, veía a amigos míos educando a sus hijos en una especie
de santidad o comunión, con un sentido de la espiritualidad muy
grande. Pero después también veía que el vecino de enfrente les estaba
enseñando a los suyos cómo tirar con una pistola. Entonces, el gran
planteo es: ¿trato de transmitirle a mi hijo cosas para que tenga una vida
más rica o le enseño a defenderse de los hijos de puta?
¿Llegaste a alguna conclusión? La gran cagada es que hay una contradicción básica:
estás entregando un pato a una merienda de lobos... Ahora más que
nunca, estás criando un angelito que tiene que sobrevivir en una jungla
asesina. ¿Y entonces? ¿Qué haces cuando tenes que formar a tu
hijo? ¿Le enseñas a defenderse o tratas de trasmitirle otras
cosas? Ese equilibrio es un asunto muy delicado, porque por un lado querés
que sobreviva, pero tampoco querés que se transforme en una persona
horrible...
Originalmente, las tapas de los Redondos las
hacia Rocambole, pero este disco tiene dibujos tuyos. ¿Es
verdad que de chico dibujabas? Sí, cuando era muy joven hasta viví en Brasil exponiendo
cuadros, aunque también escribía... En esa época, cuando tenías
inquietudes no había nada que te ordenara las cartas: la cultura rock no
tenía premios, tenía palos. Si tenías intereses artísticos no había nada
que te indicara para qué lado ir, así que hacías de todo. Escribías
canciones, pintabas, zapateabas, hacías guiones de películas,
filmabas en súper 8, componías bandas sonoras... Y al principio, lo
mío era escribir guiones con el hermano de Skay: él fue quién nos
presentó, y ahí arrancó esto de hacer canciones juntos. Pero
originalmente dibujaba, es cierto.
Incluso se dice que llegaste a hacer la tapa de
un disco de Dulce membrillo, una de las primeras bandas
de Federico Moura, un álbum que nunca llegó a editarse... No, eso sí que no es verdad... (duda). Aunque
ahora me hiciste dudar: eran años muy locos (risas). Fui muy
amigo de ellos, así que en realidad puede ser...
Recién decías que escuchas mucha música nueva.
¿Hay algo que te haya sorprendido especialmente? ¿Bajas discos de
Internet? En realidad, estoy en contra de la piratería. Te explico
por qué: soy un productor independiente, y si vos sentís que lo que
hago te aporta algo, entonces ayúdame. Para el que está en una compañía es
diferente: la única guita que ve es cuando pone el gancho;
seguramente su tercer disco es un compilado o un álbum en vivo porque
ya está pensando en otra compañía y quiere más plata. Hay músicos que
dicen: "Yo entrego todo lo mío en Internet". Claro, porque no lo producís
vos, boludo... Pero en mi caso es distinto, necesito que me compren el
disco no sólo para vivir, sino para seguir produciendo en el mismo nivel.
Necesito recuperar ese dinero porque lo estoy invirtiendo. Porque si el
derecho de autor ya no existe más, la independencia desaparece... Muchos
músicos, siguiendo la moda, hablan bien del Kazaa para hacerse los
generosos ante la gente. Aunque sí pienso que quizá todo lo que hay en el
medio podría abaratar los costos.
¿Y cómo escuchas música nueva, entonces? Tengo la suerte de que la gente de DBN, mi
distribuidora, me alcanza muchos de los discos que les pido. Lo que ya no
me sucede es lo que me pasaba cuando era joven, que sabía hasta cómo se
llamaba la novia del baterista de un grupo. Para mí, ahora las novedades
son más una música de fondo... (Se para, se pone los anteojos y va
hacia la discoteca). Éstos son mis últimos compilados: Audioslave,
Love & Rockets, Arab Strap, ADD N (To) X, Erik Satie, Lemonjelly,
Peter Green, Mission Of Burma, música turca, persa, zen, OutKast, The
Neptunes... Un poco de todo.
¿Pero qué es lo que más te quedó de todo eso? Los trabajos como productores de los Neptunes están
buenos, ¿no?... Aunque me parece que la pregunta era más esquiva... ¿Me
estaban preguntando si de todo eso hay algo que rae haya
conmovido? Es difícil, entonces (risas). Las conmociones
se dan cuando aparece una novedad avasalladora, algo más complicado para
un veterano como yo. Hoy, por ejemplo, extraño a Nirvana, pero en su
momento no me pareció ninguna novedad. Me pasa con la música de las
minorías: a pesar de que no soy gay, Culture Club me parece mejor que
la música que consume hoy el mismo público. Era más rica... Es más: en su
momento, bailé con Culture Club, como todo el mundo (risas).
Siempre me gustaron artistas de todos los palos; pero "conmover" es
otra cosa... Disfruto mucho de una parte de la electrónica, como el
progressive, porque ahí se nota que en los últimos años fue más
importante el aporte de los no-músicos que el de los músicos
tradicionales. Creo que ahora lo novedoso pasa por lograr una paleta
más grande de texturas, y eso lo aportó la tecnología. El sampler es una
herramienta que todavía está medio desaprovechada...
En La piba de Blockbuster
cantas muy diferente a como lo haces
siempre. ¿Te dan ganas de jugar más con la voz? No, porque no me gusta cantar...
¿En serio? Gracias a Dios la música popular me ha puesto a Bob
Dylan, a George Harrison, a toda esa gente que canta sin tener ninguna
cualidad especial, pero que sabe cómo decir las cosas. Soy un "two
tracksman": en el estudio, canto un tema dos o tres veces y después vemos
cómo nos arreglamos.
¿En vivo tampoco disfrutas de cantar? En el directo sí, pero ahí pasa otra cosa. El gran
problema es que toda mi escuela es la del micrófono en la garganta, no
canto de plexo abierto: mi voz es como una frenada de coche, no es
una cosa agradable (risas). De todos modos, creo que es mejor no
tener demasiada facilidad para cantar, porque si no, se termina
componiendo desde ese lugar. Cuando uno canta bien, sabe perfectamente qué
tesitura lo favorece, o qué armonía facilita su manera de cantar.
¿Te gustaría producir a otras bandas? Sí, lo que pasa es que nunca tengo tiempo. Además,
debería primero enamorarme del grupo... No produciría profesionalmente, en
el sentido de decir "bueno, soy productor". Por otro lado, propondría
siempre cambios rotundos, sobre todo en las bandas nuevas que por ahí
aceptan que el baterista se corra un poco de tiempo... Yo les corto los
dedos (risas).
¿Hubo alguien con quien te hubiese gustado
trabajar? No sé... Cuando salió Catupecu Machu me hubiese
encantado producir ese rock físico, aunque ellos lo hicieron muy bien
por su cuenta.
¿Extrañas algo de los Redondos? (Silencio largo...) Sí, mucho. De movida,
extraño el hecho de estar con gente... Los Redondos son toda mi vida
musical, nunca hice otra cosa más que tocar con ellos. A pesar de que
compongo solo y de que ahora soy solista, me veo como un cantante de
banda: cuando estaba mezclando las canciones de este disco siempre dejaba
la voz medio petisa porque, casualmente, los cantantes de bandas son los
que menos calidad tienen... En general, cuando te convertís en solista es
porque una compañía se dio cuenta de que tu encanto o tu voz son
suficientes como para largarte solo. Yo siempre preferí -y muchas veces
sufriendo los sacrificios musicales que eso conlleva- estar en una
banda de freaks que hacen música antes que tocar con músicos
profesionales... Me interesa más estar encerrado ocho horas en un estudio
con alguien haciendo los mismos chistes pelotudos que con un músico
impresionante con cara de culo. Quizá, para grabar sea distinto, pero
para tener una banda, no. Por otros motivos, extraño el rol de Poly:
siempre está bueno que alguien se ocupe de hacer bien lo que a uno no le
gusta... Por otra parte, los Redondos jamás tuvimos proyección
internacional porque nunca pertenecimos a ninguna corporación. Entonces,
ya no tengo la zanahoria adelante, eso de querer llenar estadios y vender
muchos discos. Ya lo hice. Es más: si por distintas razones me fuera
posible volver a tocar en teatros, lo haría. Me gusta más el teatro que el
estadio, que es como un arbolito de Navidad, con sus luces y todo eso...
¿Te seduce un regreso con los Redondos? La separación de los Redondos se decidió sin tomar en
cuenta que le debemos una despedida a la gente. Pero bueno, así las cosas,
habrá que esperar a que haya una recomposición de algunos asuntos que por
ahora no están nada bien. Aunque por ahí el año que viene estamos tocando juntos, no lo sé... Estas cosas
muchas veces tienen que ver con presiones exteriores y con fatigas que uno
recién nota cuando puede observarlas desde afuera... Más allá de que todo
pasó de la mejor manera posible, momentáneamente no extraño mucho. Le
encontré el gustito a no tener que seguir el ritmo de ese pesado
animal en el que se había convertido el grupo. Siempre nos manejamos con
valores muy exigentes en relación con la calidad de vida que queríamos
tener. Nunca nos importó cuántos ceros nos podía poner alguien en un
cheque... (silencio largo). Creo en la finitud de mi vida,
Carlitos se apaga: mi ambición nunca es cuánta guita tengo sino cuan
importante es mi vida. Y para lograr eso, muchas veces hay que tener la
lógica del guerrero, es decir, ser exigente con cosas con las que la gente
generalmente no lo es, como la honestidad y la lealtad. Y cuando digo muy
exigente, es muy exigente. Por eso, con Skay, Poly y
conmigo, esas pequeñas infracciones que muchas bandas toleran no
funcionaron. Una pequeña falla en el contrato íntimo que teníamos y
eso provocó una catástrofe. Tenemos códigos de honor medieval, casi tabúes
de La rama dorada: "He visto al Rey comer, lo voy a partir en cuatro y
repartir en la aldea". Son cosas muy estrictas pero uno ha sido
formado así... No sé si, en el caso de que nos llegáramos a juntar, estos
asuntos tendrían la misma importancia que hace cuatro años. Tal vez no...
Pero ojalá podamos reunir a la gente que sustentó esto y hacer una fiesta
final... Estamos en deuda...; es por eso que la gente grita "sólo te pido
que se vuelvan a juntar" en los shows de Skay, y supongo que también lo
van a hacer en los míos... Además, ya no tenemos edad... Tampoco es
cuestión de que nos reunamos en un geriátrico (risas)
MISTERIO REVELADO El esperadisimo disco solista del Indio Solari revela su
amor por los contrastes, el manejo lúcido de la palabra y una orquestación meticulosa. "Uno siempre está a la espera de lo que opinan los
demás", apura el dueño de casa antes de poner "play": El
tesoro de los inocentes (Bingo fuel) abre con el griterío de una
multitud para sumergirse en la electricidad de Nike es la cultura,
una reflexión sobre el fetiche por las "llantas" (según la
jerga, el calzado deportivo ideal para correr esquivando las balas).
"Hay mucho trabajo, espero que se note", se cubre por las dudas.
Y lo hace como si no supiera que, a esta altura, apenas un movimiento
mínimo hubiera alcanzado para satisfacer al monstruo de la espera.
Desde su trono de Rey Patricio del rock argentino, Carlos "El Indio"
Solari podría haber hecho un disco electrónico, teniendo en
cuenta que eso era lo que pronosticaban los rumores: "Parece que está a
full con el dance", "dicen que el disco no tiene ni guitarras", "ni
siquiera va a cantar", "es tan obsesivo que no lo va a terminar
nunca...". Una vez develado el misterio, el primer comunicado oficial de
"la estampita" redonda en cuatro años es un disco fibroso que tiene algo
de corazón herido y mucho de orquestador musculoso, como una metáfora
despechada del berretín por el control y el orden absolutos. Después de todo, sólo se trata de silenciar con arreglos y música,
mucha música, el ruido de fondo del encierro. "Lo que
extrañé para este disco es poder ir a un estudio como RPM, en Nueva York,
en el que una vez que pusiste la plata se acabaron los problemas: ¿ se
pinchó un monitor? Lo tiran y ponen otro... El asistente sabe lo que
tiene que hacer y está todo el tiempo como un ball boy al lado
de una consola. Acá es joda, te pijotean las luces, te apagan los
equipos valvulares a la noche y al otro día te comes cuatro horas
hasta poder usarlos de nuevo... Por eso, decidí terminarlo en mi casa y
que sea lo que Dios quiera. Es más, ni siquiera les di el disco a los músicos, sólo vinieron y les dije: 'Lo que tienen que hacer es esto'.
Después les sugerí que improvisaran, trocé lo que me gustó , lo cambié y lo puse en otro lado como un comentario musical. La producción
artística es algo que hay que aprender a hacer, porque el que produce es
el que termina pintando el cuadro. Los demás pueden mezclar los
colores, pero el que decide la relación entre las cosas, la textura, el
color y el ambiente es el que está pintando. Puedo cometer errores y que
mis canciones los padezcan, pero acá, el que pinta soy yo."
A diferencia de los discos de los Redondos, El
tesoro... es una superproducción: de su packaging un libríto de tapas
de acabado símil programa de exposiciones de arte, ilustrado con imágenes y transparencias- a su determinación por sonar clásico con una
escenografía moderna, hacía mucho que un álbum de su casta no
presentaba tantas melodías y detalles para distraer más all á de lo
conocido. En El tesoro... reluce la elegancia del Indio como un
constructor de ambientaciones sonoras: los vientos subrayan el
impulso de las canciones, son abiertos y variados, eluden esa actitud tan
"redonda" y hasta previsible de acentuar el dramatismo. Y si a partir de
Luzbelito (96) los Redondos siempre parecían llegar tarde en su
juego con algunas herramientas electrónicas, ahora todo suena natural.
La trama musical no escatima en recursos ni variedad: las guitarras
ya no son la materia prima de los temas -están presentes, pero
nunca como ganchos rockeros ni riffs de combate-, las voces van
y vienen, se ponen graves y seductoras (La piba de Blockbuster,
un hip hop a la Solari apoyado en la voz de Débora Nixon).
También aparecen canciones polí ticamente incorrectas que evocan los
fantasmas de amigos desaparecidos en defensa de los presos comunes
(Pabellón Séptimo); y otras que son como tiros por elevación a los jugadores del pasado reciente: Amnesia -apoyada en
un piano entrador que contrasta con la mordacidad de la letra-, La
muerte y yo... El tesoro de los inocentes (la canción), aporta una
de las melodías más perfectas escritas en años: "Si no hay amor
que no haya nada entonces, alma mía", canta el Indio como una
aparición desfigurada. El universo lírico de El tesoro...
también parece querer absorber todo aquello que venga desde el otro
lado, tal vez como un intento de conseguir un feedback más directo.
Si el pulso disco de El charro chino-
"un poco de alegría no viene
mal", arenga entusiasmado su autor-
y el esplendor funk de
Canción para un Coldfish seguramente impondrán nuevos pasos
de baile en las "misas" por venir, las letras de Tsunami, To beef
or
not to beef y Ciudad Baigon piden el mismo afán de "comunicabilidad"
urgente. Toda una novedad, entonces, pero que nunca descuida la verdadera
especialidad de la casa: el manejo lúcido de la palabra y la honestidad
brutal.
Porque la verdadera soledad no se elige: es más bien
una condena que debe aceptarse con la frente alta. N. M.
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