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SOY
ROCK - 12/05
INDIO
SOLARI MI
GENIO AMOR Estadio
Único de La Plata
Si alguna vez escuchaste hablar de las misas
paganas que fueron cada uno de los recitales de Patricio Rey, ni se te ocurra
pensar que semejante definición se trataba de una caprichosa metáfora que sólo
buscaba poner el acento en el tinte religioso de la única ceremonia en serio que
tiene el rock nacional. Para nada. Las misas existen, son reales y basta con
haber estado en La Plata para comprobarlo. Es que la imagen del Indio Solari
proyectada en blanco y negro por las pantallas mientras 50.000 fieles
exorcizaban sus tristezas a punto de llorar, es muy fuerte, demasiado fuerte. La
estampita es imponente como iconografía. Esa cara -tan recurrente en fotos,
remeras y posters, combinada con el misticismo y con lo que realmente significa
el Indio como artista- de repente cobra vida y movimiento. Entonces la sensación
que domina es la de encontrarse ante la presencia de un tipo de la magnitud del
Che Guevara, Maradona y , porque no, Jesucristo. Esta bien, no es el Dios de los
ricoteros -lugar reservado para Patricio Rey- pero es el Papa: un enviado
terrenal del mas grande.
Claro, hubo dos entrañables ausentes en la misa
del domingo que vivió la previa en medio de una inminente tormenta que luego
termino mutando en la hermosa noche de luna titilando en medio de nubes
apuradas. A las nueve y media las luces se apagaron, el griterío fue
ensordecedor y la voz del Indio presentó: “Con ustedes, los Fundamentalistas del
Aire Acondicionado”. El clásico “holaaaa” rasposo y ahí nomás el riff de “Nike
es la cultura” en medio de una ametralladora de logos escupidos por las 2
pantallas y por una suerte de ojo vertical enmarcado en el gris de El tesoro de
los inocentes. Después “Amnesia”, con ese final tan melodioso acompañado en “Oh
oh oh oooooh” por la gente.
El Indio sonreía ofreciendo el micrófono,
sorprendido por semejante recepción del material que estuvo craneando durante
tantos años. “Tomasito, podes oírme?, Tomasito, podes verme?” fue la tercera al
hilo de las nuevas. Desde ya, la banda respetó muchísimo los arreglos originales
de los temas. Los guitarristas Baltasar Comotto y Gaspar Banegas repitieron a la
par las líneas de guitarras pero sonando mas industriales y overdriveados
(como le gusta decir al Indio) que en El tesoro... Gaspar es un todo terreno
y Baltasar vendría a ser como un Tom Morello (Rage Against The Machine) de las
pampas, super moderno. El bajista Marcelo Torres era un socio del desierto de
Spinetta por lo tanto, un relojito imparable. El teclado estuvo a cargo de Pablo
Sbaraglia y en la batería estuvo sentado Hernán Aramberri, un viejo conocido de
los redondos.
Bueno, ¿cómo explicar esa energía arrolladora
que atravesó el estadio cuando llego la parte de “Preso de tu ilusión, vas a
bailar, a bailar, bailar” de “Un ángel para tu soledad”?. Emocionante. Después
vino “El lobo caído”, uno no muy clásico de los redondos que le sirvió al Indio
para establecer un link sonoro entre su actual proyecto y la oscuridad
omnipresente de Lobo suelto, cordero atado acentuada sobre todo en
Luzbelito. Luego de presentarla como “una amiga” se batió a duelo seductor con
Deborah Dixon, de Las Blancanblues, en “La piba de Blockbuster”, uno de sus
típicos piropos melancólicos donde llevó la gravedad de su garganta al extremo.
Vino el abrazo y beso a la damisela para dar paso a “Mi caramel machiato” y “El
tesoro de los inocentes”, otro de los mas festejados de los nuevos. El hermoso
estribillo que se queja de que “si no hay amor que no haya nada” alcanzó un
final de ópera cuando el Indio suplicaba por su lado y la banda y el publico le
contestaban, a coro, por el otro. Dos melodías distintas que juntas formaron una
tercera; una genuina comunión entre los fieles y el sacerdote.
Las 2 bombas antes del parate fueron letales:
“Yo caníbal” y “Ropa sucia”. Al margen de algunos rockitos, el Indio
privilegió los temas mas power de los redondos... aquellos que fueron concebidos
con buenas dosis de distorsión.
Veinte minutos después arranco el segundo tiempo
con “Fuegos de octubre”, una que pocos tenían en sus planes y, antes de
“Tsunami”, se encontró didáctico presentando a la banda en medio de aplausos.
Hasta llegó a tentarse de risa por ¿lo inédito de la situación? ¿cuándo habrá
sido la ultima vez que el Indio dijo: “Bueno, el de la guitarra se llama Skay”,
por ejemplo?.
Más locuaz que de costumbre pero con esa
particularidad (y medio distante) manera de demostrar afecto, lanzó un “los he
extrañado mucho a todos ustedes, un cariño” y se pego “Adieu, bye bye,
aufwiedersehen” que ya garpa sólo por la batería sampleada que acelera antes de
los coros disparados con la voz del Indio al grito de “¡Sexi bomba!” y “¡El
chulo cheche!”.
“Ahora vamos hacer una que recuerden todos y
vamos a tener un amigo en los bises”, adelantó y las bandas respondieron más
fuerte que nunca con el “Solo te pido que se vuelvan a juntar”. Algunos
falsearon que era Skay ... nah, imposible. Al toque “Shopping Disco- Zen” y otro
clásico “Heroe del whisky”. El termómetro reventó con “Nueva Roma” y un gran
solo a 2 violas desemboco en un “¡Ya esta!” al final que hizo temblar al
estadio.
Curiosamente reveló que “To beef or not to beef”
habla sobre “los argentos que van a buscar suerte a otros lados”. En un momento
mágico, fue recibida con miles de encendedores prendidos. Antes de la brillante
Pabellón séptimo (relato de Horacio) hizo referencia a la vergüenza que
deberíamos tener todos por las condiciones en que viven los presos. El silencio de
angustia provocado por la densa historia de muerte y motín se quebró con el riff
de “El pibe de los astilleros” y, la verdad, ahí se notó más que nunca la
ausencia de Skay. Falta. No da lo mismo. Para nada. Sus melodías tocadas por
otros pierden un poco de sentido. Y ojo, lo mismo pasa con temas de Los Redondos
que no son cantados por el Indio.
“Chicos, necesito ayuda por la gola y la
emoción”. Estaba clarísimo, había que aferrarse a cuanta tela hubiese cerca,
fuera remera o bandera, porque se venía “Juguetes perdidos” y era imperioso
ondearlas “luzca el sol o no”. La emoción le jugo una mala pasada e inclusive
cambió el orden de unas estrofas sobre el final: metió antes “sin ese diablo que
mea en todas partes y en ningún lado hace espuma” en lugar de “este asunto esta
ahora y para siempre en tus manos nene”. Estuvo a punto de romper en llanto y se
retiró antes de que terminara dejando a la banda soleando un rato largo.
Después de otro intervalo, mas corto, salió a
torear (“milongueamos un poquito”) con “El Charro chino”, un temazo funky disco,
con varias bolas espejadas y todo el estribillo en boca de ricoteros devenidos
en ravers-fisura. Después cayó el invitado sorpresa. “Ayer anduvo dando vueltas
un amigo”, adelanto misterioso. ¡Y apareció Sergio Dawi!. Para colmo, “Susanita”
arranca y termina con su saxo inconfundible, como en las mejores épocas. También
se quedo para “Tarea fina” , la mas bella oda a los perdedores del amor, y el
anteúltimo fue “Un poco de amor francés”. “Gracias a todos, he pasado un par de
noches inolvidables” se despidió. Las luces del estadio se encendieron y comenzó
la intro de “Ji ji ji” acompañada por aplausos. Ya no queda mucho para decir
acerca del indiscutible pogo más grande del mundo que provoco un movimiento
sísmico que fue registrado por el Observatorio Astronómico de La Plata. Es
injusto que haya que vivir cada tanto ese frenesí indescriptible. Son esos
momentos imposibles de recordar tal como fueron. Solo queda esperar al próximo
y, ahí si, zambullirse de lleno en un maremoto de cuerpos que grita, patalea y
se mueve como si nunca quisiera volver a la realidad.
Lo del Indio es meritorio porque a su edad,
pudiendo descansar en viejas glorias, concibió una obra súper ambiciosa, muy
compleja de trasladar al vivo, no solo en la parte vocal (a la que el se expone)
e instrumental, sino también desde el punto de vista organizativo. Y los
redondos son como esos amores que nunca se olvidan. Es la chica más hermosa de
todas, irresistible, encantadora, hipnótica. Hizo el amor con todos pero no le
pertenece a nadie en particular.
Hace cuatro años que abandonó a sus amantes y de vez
en cuando regresa, aunque sea, para dar unos besos. Los Redondos son así. Un
servicio de amor, pero a todo rock. |
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