Cuando alguien fue parte de una de las bandas más
representativas del rock argentino, y esa banda se separa en un pico de
popularidad, toda acción posterior será monitoreada con renovada energía. Y si
ese alguien se llama Carlos “Indio” Solari, el monitoreo se vuelve “operativo”:
así lo traslucieron las entrevistas realizadas para Bingo fuel y para el
flamante Porco Rex, que incluyen casi invariablemente –una excepción fue el
reportaje del Suplemento NO de este diario– un relato de las circunstancias que
rodean el viaje a la resguardada casa del Indio en el conurbano. La atracción
que produce el entrevistado, su significación en la historia local, producen la
paradoja de que el elemento esencial, la música que Solari está dando a conocer,
parezca solo un accesorio. Pues bien: se recomienda encender el equipo, poner un
volumen brutal y dejar que “Pedía siempre temas en la radio” se lleve por
delante todo lo que esté cerca. La música se encargará de borrar tanto
palabrerío. El Indio tiene nuevo disco, y ese disco exige mucha más atención que
el tópico de cuántos perros tiene.
Aquellos que piden a gritos “solo te pido que se vuelvan a juntar” deberían
disfrutar la multiplicación del ideario Redondo que proponen las obras solistas
del Indio y Skay. Ya no comparten escenario, pero en ambos late una vibración
similar, que va más allá de lo puramente estilístico. Ya liberado del peso de la
separación reciente, empezando a decantar su propio camino más allá de Patricio
Rey, el Indio entrega una colección de trece canciones inspiradas, bien
resueltas, caracterizadas por algo que también suele quedar olvidado en la
hojarasca: la enorme personalidad de su voz, el caudal interpretativo, la
intensidad con que puede apostrofar a alguien de “caníbal de opereta” o sostener
la idea de que “donde hay dolor, habrá canciones”.
Esa voz irrepetible les da cuerpo a momentos épicos como “Y mientras tanto el
sol se muere”, la notable “Te estás quedando sin balas de plata” o “Tatuaje”,
pero también sirve como pincelada ideal para las oscuridades de “Ramas desnudas”
–sin duda, uno de los momentos más altos de Porco Rex– o “Veneno paciente”,
donde el Indio y Andrés Calamaro producen una colaboración cabal, uniendo sus
voces en una inquietante melopea en vez de alternar protagonismos de solista.
Para el amante de pulsos más reconociblemente rockeros, allí está “Porco Rex”,
“Sopa de lágrimas (para el pibe delete)” o “Por qué será que no me quiere Dios”,
que combina a la perfección máquina, viola electrificada y caños. Pero el Indio
también adquiere una levedad refrescante en pasajes como “Martinis y Tafiroles”
y sobre todo en “Flight 956”, rock songs que demuestran que su libro de
preferencias siempre va más allá de lo obvio. El Indio y sus actuales cofrades
(Gaspar Benegas, Baltasar Comotto y Julio Sáez en guitarras, Hernán Aramberri y
Martín Carrizo en batería, Marcelo Torres en bajo, Alejo van der Pahlen y Ervin
Stutz en vientos, Deborah Dixon en coros) no son Pier, no buscan el clon de lo
que fue e hizo historia. “Elegir la propia máscara es el primer gesto voluntario
humano. Y es solitario”, cita Solari a Clarice Lispector. Más allá de las
máscaras y la soledad, siempre está la música. Y ésa es la mejor
noticia.