MENDOZA ONLINE
- 16/11/2010 Enviado
por SV Ver
nota
EL
INDIO SOLARI NO TIENE QUIEN LO EXPLIQUE

Ahí, arriba, está el mito. Cantando cada vez mejor, como todo mito. Abajo,
están las 80, 100 mil personas que viajaron desde cualquier lugar del país para
verlo, como siempre desde hace más de veinte años. Mezcla rara de espectáculo
con entradas a casi 30 dólares y parafernalia de “show internacional”, fiesta
popular inexplicable y estética plebeya nunca del todo digerida por el
establishment cultural y comercial del país.
“Esto no tiene explicación”, señaló el Indio en sus pocas intervenciones.
Ningún otro artista argentina genera lo que este hombre: a pesar de su escasa
exposición pública y/o mediática y de esporádicas presentaciones sin publicidad,
se las arregla para ser cada vez más convocante. ¿Puede explicarse? Dejando de
lado las obvias cualidades artísticas del Indio y los Fundamentalistas de Aire
Acondicionado, apuntaremos algunas reflexiones ad-hoc.
- Lo que te debo como ilusión: el público que tomó por asalto Tandil es
heterogéneo, policlasista y atraviesa varias generaciones. Desde chicos de 18
años, hasta jóvenes que ya buscan los 40; tipos provenientes de las barriadas
más pobres de Berazategui y otros que llegaron en autos último modelo y que se
alojaron en hoteles cuatro estrellas. Sin abusar de Ernesto Laclau, podríamos
observar un Indio populista, polisémico, que funciona como “significante vacío”
interpelando a amplias y variadas demandas, deseos y universos ideológicos.
Laclau incluye, y vaya si se vio el sábado, al elemento emocional como puente
necesario entre sentidos y demandas.
- Ladren lo que ladren los demás: No aceptamos la imagen de un Indio Solari
antisistema. Miente esa definición, aunque debemos reconocer en el artista una
trayectoria y una estética que nunca se han llevado del todo bien con lo que
podríamos denominar el establishment cultural argentino. Nuestros intelectuales
le desconfían por rockero y por buena parte de sus seguidores: hasta hace poco
ese desprecio se expresaba en una pregunta cruel: “¿creés que esos chicos
entienden tus canciones?”. Con los suplementos culturales y los periodistas de
rock pasa algo similar: incomoda este hombre que prácticamente no da
entrevistas, que no adelanta primicias de conciertos o discos, y que ha
mantenido, con bastante elegancia, su autonomía respecto de grandes estudios y
lógicas comerciales (en buena medida, los financistas de esos mismos
suplementos).
- Tics de la revolución: después de los 80 y sobre todo en los 90, el rock se
volvió un rasgo identitario de la juventud. La “crisis de las representaciones”
tradicionales obligaba a la emergencia de nuevas. En ese contexto se consolidó
el rock, con larga trayectoria en el país desde los 70. Con un discurso
contestatario, ocupó para los jóvenes el lugar de “la política”: como identidad,
ideología y lugar de pertenencia. El rock se opuso a la política, en una mirada
que se acentuó en las últimas décadas (habría que ver qué pasa con el
kirchnerismo) pero que ya estaba presente en sus orígenes, aunque en otro
contexto socioeconómico del país y ligado a otros discursos (revolución
cultural, mayo francés, pacificismo, etc.).
- El Discépolo de nuestra generación: de esa manera lo llamó su amigo Andrés
Calamaro. Enrique Santos Discépolo describió las virtudes y miserias de la
Argentina de primera mitad del siglo XX. Su universo estético fue el del tango.
Solari es un sesentista, formado en el espíritu del 68 parisino, que en
simultáneo devoró a todos los escritores malditos (rusos, franceses y
norteamericanos). Su estética rock se ocupó del derrotero de tantas generaciones
pos Estado de Bienestar: opresión dictatorial, desilusión alfonsinista, bohemia
ochentosa (consumo de cocaína incluido), exclusión y violencia neoliberales,
represión policial, frivolidad menemista. El Indio configuró, a puro rockanrol,
una estética plebeya, de los marginados y los invisibles. Fue el único que
describió el infierno humillante en las cárceles argentinas. Vaya paradoja: el
mismo Carlos Solari que soñó cuando joven con el final del capitalismo social,
fue el mismo que se ocupó como artista de narrar a los expulsados y ninguneados
luego de ese debacle.
El cronista no pretende clausurar la discusión, abandona la enumeración.
Coincide con el propio Indio en eso de que “esto no tiene explicación”. O mejor:
no tiene una que lo satisfaga del todo. Lo que sí lo deja satisfecho (se
corrige: feliz) es haber sido compañero de emociones de esas miles de personas
que disfrutaron, una vez más, que ese mito está más vivo que nunca. |
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