El pasado 5 de julio el Indio Solari se presentó en el Hipódromo de
Tandil ante más de 50 mil personas. El espectáculo se enmarca en la
presentación de su segundo disco como solista "Porco Rex", siendo
el segundo show que brinda este año: el primero se celebró el 12 de abril en
Jesús María, Córdoba, y el próximo será el 27 de septiembre en la provincia de
San Luís.
La elección de Tandil no es novedosa, la peregrinación por las
provincias parece formar parte de la historia de Carlos "Indio"
Solari (ahora como solista, antes con Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota).
En la Ciudad de Buenos Aires después de Cromañón las opciones para tocar se
redujeron notablemente -aunque este no se constituye en el único motivo por el
que toca fuera de la Ciudad-, los caminos para un músico que convoca multitudes
se tornan cada vez más difíciles cuando no se está inserto en la industria del
espectáculo ni se posee un esponsor que se encargue de organizar eventos. Ser
independiente parece ser, cada día más difícil: ¿cómo competir con un mercado
que deja todo tan cerca de las manos? Los años han pasado, el rock
nacional se ha modificado, pero la independencia en ese ámbito parece resistir. El
Indio no ha caído en la tentación, continúa fiel a sus convicciones: el
espíritu bohemio, el rock como cultura son algunos de los ejes que mantiene
intachable hasta hoy.
“El
infierno está encantador”
Tanto en los recitales del Indio Solari como anteriormente con Los
Redondos existe una suerte de magia que desvanece las diferencias socio
económicas y culturales dando paso a una coalición que con el correr de los
años construyó códigos propios. Ni la edad, ni la procedencia, ni el cuadro de
fútbol, ni la clase social determina a estos jóvenes fanáticos, existe un
núcleo común que los aúna. La relación que se establece entre el cantante
y los “desangelados”, como el mismo Indio definió alguna vez a la juventud que
lo sigue, es un fenómeno que los trasciende. El show se realiza tanto
arriba como abajo del escenario, antes, durante y después. Los espectadores
adquieren tanto protagonismo como el Indio, se produce literalmente una fiesta,
que por momentos parece ser de iguales; cuando comenzó “Juguetes Perdidos” –una
que sabíamos todos- los colores comenzaron a emerger desde las bengalas, hasta
el cielo se encargó de poner el blanco de la niebla que inundó el Hipódromo. El
cierre tan ansiado como odiado por saber que era el principio del fin se desató
con “Ji ji ji” invitando a armar “el pogo más grande del mundo”, se elevó la
temperatura rápidamente y la voz del Indio se perdió entre el canto, los gritos
y los aplausos del público.
“Fuegos de Oktubre”
Esta devoción por el Indio Solari es un fenómeno que se produce desde
hace más de dos décadas. Él, junto a un grupete y a un contexto que lo
favorecía, hace varios años comenzó a transitar los caminos del rock como un
modo de vida. Era una época de ideas de cambio y transformación y el Indio fue
marcando una postura que lo ligaba más a la bohemia psicodélica que a la lucha
armada. Cuando él era joven esas podían ser algunas de las opciones que el
contexto propiciaba. Los jóvenes, que se constituyeron como tal, luego de
las experiencias de los `70 son el punto de inflexión de una nueva cultura, que
en parte recupera la anterior y por otro lado la destruye.
“El montaje final es muy
curioso, es en verdad realmente entretenido.”
Cuando los jóvenes no encuentran a qué responder, respetar y seguir se
hace difícil establecer un orden. Básicamente porque acarrea la pregunta de por
qué respetar -o mejor dicho, qué respetar-. Si ser joven en alguna medida ha
sido una forma de perder el respeto a la autoridad, de cuestionar el orden, de
buscar experiencias. El Indio funcionó y aún hoy funciona como herramienta para
contestar a estos interrogantes. Los acontecimientos que marcan al siglo XX
–las innovaciones tecnológicas como parte de ellos, también los avatares de la
moda y el mercado- desautorizarían la experiencia, no la encuentran por ningún
lado. El Indio en escena rompe con esa falta: se impone de algún modo como
autoridad, se presenta -pareciera que pese a su disgusto- como el líder
ausente. En varias oportunidades él mismo refirió que no estaban para bajar
línea que están más para escuchar, sin embargo no puede zafar del rol que desde
hace tiempo se le ha adjudicado.
TN:
Todo negativo
Los medios de comunicación crean realidades, construyen sujetos y
definen situaciones, basta recordar las intervenciones que hicieron en las
últimas semanas en relación al conflicto de la redistribución de la
riqueza.
Los jóvenes, siempre fueron un blanco fácil para la demonización y la
culpabilización de las situaciones y los “ricoteros” no se quedaron fuera.
Luego de los incidentes que sucedieron en el show de Villa María (1997- algunos
grupos intentaron ingresar al estadio sin entrada y forcejearon con la
policía), Olavarria (1997- a última hora el Intendente por decreto prohibió que
la banda se presentara y la gente manifestó su descontento) parte de la prensa
se encargó de construir a los chicos seguidores como “delincuentes o
desviados”, rótulo que se generalizó a partir de algunos disturbios y acompaña
a los fans hasta hoy en día, a pesar que en cada espectáculo se demuestra que
“esa” no es la realidad.
En la historia de Los Redondos, como en cualquier otra banda musical que
mueva multitudes, se han sucedido entre el público situaciones de violencia.
Durante la década infame de los ‘90 la sociedad se encontraba colapsada por las
situaciones de desigualdad que se profundizaban en cada cambio de un peso por
un dólar. Ser joven en la década anterior no era -ni lo es hoy- un camino fácil
y los bastones para sostenerse se construían entre pares, los valores
trasmitidos durante generaciones ya no tenían cabida, estaban quebrados. Las
instituciones perdieron su legitimidad, basta con recordar el repudio que se
generó contra las instituciones represivas a partir del asesinato de Walter
Bulacio o de Carrasco.
Algunos medios de comunicación lejos de intentar comprender los
fenómenos a la luz de las situaciones socio políticas prefieren reducir las
situaciones a determinados grupos, estratos o géneros musicales. Entendemos que
las movilizaciones de masas poseen particularidades que exceden a un grupo de
rock, a un cuadro de fútbol o el evento que se suscite, los grupos sociales se
encuentran atravesados por infinidad de situaciones que se disparan en
determinados espacios que no necesariamente son los que propician ese acto. Las
situaciones de violencia responden a cuestiones estructurales que atraviesa
nuestra sociedad y por supuesto, se reproducen en espacios cotidianos.
Entendemos que fue la novedad de aquel momento que la violencia se desplace
hacia la escena pública. Adjudicar "actos de vandalismo" a seguidores
de un grupo de rock o fútbol es perder la dimensión que los engloba y
condiciona. El Indio Solari, se caracteriza por no participar en
los medios televisivos, sí suele dar notas cuando presenta discos
"para agregar a la estética y al concepto del álbum algún detalle
más". Tampoco acostumbra conversar demasiado con su público, sólo expresa
algunas frases que bastan para que los jóvenes festejen. Esas frases cortas y
concisas generalmente hacen hincapié en el cuidado de los jóvenes, al espacio
en el que se celebra el recital ("Seamos buenos con Tandil, que ha sido
muy hospitalaria con nosotros"). La comunicación que establecen es
particular, fue construida con el tiempo y con la presencia: suele usar un
lenguaje que roza el imperativo.
“Unos pocos peligros sensatos”
Los recitales del Indio poseen la particularidad de expender bebidas
alcohólicas sustancia que fue vedada al rock por considerarla disparadora
del desorden social. Desde hace años se le otorgó al alcohol (y a las
demás sustancias ilegales) una suerte de voluntad independiente (fetiche) a la
de sus consumidores y se lo prohibió para este tipo de eventos. Esta
resolución del conflicto que presentaban los jóvenes en relación al alcohol se
enmarca dentro de las políticas abstencionistas que desde la década
de los '80 se lleva adelante en nuestro país.
Luego de algo más de dos horas de show, el ritual finaliza y parece que
los jóvenes le ganan otra pulseada a lo establecido y demuestran que no es el
alcohol lo que les genera violencia, ni una banda de música ni el agrupamiento
de más de 50 mil personas.
Compartir está experiencia los conmueve, los alegra, les recuerda que
están vivos y que eligieron bien al participar de ese evento que es más una
congregación que otra cosa.
“Yo sé que no puedo darte
algo más que un par de promesas, no!
Tics de la revolución
implacable rocanroll
y un par de sienes ardientes
que son todo el tesoro.”
Juguetes
Perdidos –Luzbelito- PR
“Vencedores vencidos”
La
experiencia de los Redondos puede pensarse como una paradoja tan trágica como
argentina. Los líderes de los setenta -de Santucho a Firmenich, de Tosco a
Perón- aspiraban a estar al frente de las masas populares y juveniles para
protagonizar un cambio social; en cambio, los rockeros anhelaban
"contaminar" el sistema "delirando" el lenguaje a través de
sus canciones tocando en sótanos para sus cofradías y comunidades. Pero ¿qué
pasó con los Redondos, y con el Indio, en particular? Quedó al frente de una masa
juvenil y popular -no ya una cofradía- que está allí con el exceso de energía
que caracteriza al colectivo cuando está en acción sin instituciones, más bien
como el pueblo en carnaval. Los líderes políticos, en cambio, los que se filian
con la experiencia de aquellos años, no pueden encontrar ese pueblo que los
acompañe. Entonces,
la experiencia que se vive en esos conciertos es intensa y en parte utópica
-contiene el anhelo de lo colectivo la ilusión de la vida en comunidad-, pero a
la vez es fallida porque ocurre en una sociedad en la que ese proyecto se hizo
trizas. Es interesante pensar el valor que se asigna a lo colectivo en esos
espacios, la necesidad de unidad y lo efímero del encuentro. Los procesos de
desidentificación y desafección política que atraviesa la sociedad y la
juventud en particular, están intrínsicamente relacionados con el truncamiento
de los proyectos políticos, con la imagen de los treinta mil desaparecidos y
con la instauración del modelo neoliberal.
La experiencia de los Redondos no puede pensarse por
fuera de la derrota política de los setenta, es parte de esa trama. No es un
pálido reflejo de aquella -ni mucho menos- pero tampoco le es ajena porque si
lo fuera ¿conmovería a los desangelados?