Como una efigie sagrada, como un misterioso profeta, como un líder
místico, el Carlos “Indio” Solari se erige sobre la multitud. Pájaros de la
noche que oímos cantar y nunca vemos, banderas en sus corazones, ondeando, luzca
el sol o no, tatuajes que van muy bien con su tristeza, tribus de la calle que
escriben paredes. Todos ellos -un público respetable- adorándolo como a un
ídolo. Nada más y nada menos que un ídolo. Como su voz carraspeada y filosa, se
eleva el hombre que hizo culto del enigma y la soledad, y cuya enigmática
soledad se volvió culto de miles. “Yo sé que no puedo darte algo más que un par
de promesas.../ ticks de la revolución/ implacable rocanrol y un par de sienes
ardientes que son todo el tesoro” cantaba el hombre de icónica calvicie y gafas
oscuras cuando aún lideraba Patricio Rey y Sus Redonditos de Ricota. Donde haya
dolor, habrá canciones y ese humilde e inmenso tesoro parece mitigar la pena de
las bandas que se agitan como ramas desnudas: “Fueron un par de días volvimos a
fingir / que estábamos felices…”.
El primer show del Indio Solari y sus ajustados Fundamentalistas del Aire
Acondicionado comenzó pasadas las diez de la noche. Pedía siempre temas en la
radio fue el puntapié para el inicio que encendió el inminente incendio de ese
infierno encantador en el que mutó en Estadio Ciudad de La Plata. Cuarenta mil
personas estallaron con los primeros acordes y desde entonces -con aplicada
religiosidad -corearon y entonaron cada uno de los temas, esos himnos de
amargura de amor, esas canciones para naufragios, ese rock para los dientes.
Ramas desnudas, Porco Rex y el coro tribunero de Solo les pido que se vuelvan a
juntar para Me matas limón, Rock para el Nego Atila, y Divina TV Furher de la
factoría de Patricio Rey. Pabellón séptimo, Bebamos de las copas lindas y
Mientras el muere continuaron con una celebración colmadas de bengalas
acaparadas en el aire libre o en cierta omisión de la memoria colectiva. .
Con el oficio propio de una extensa trayectoria, Solari y los suyos superan
la lógica complejidad de los grandes estadios, desplegando esencialmente el
repertorio de Porco Rex, su último trabajo solista. El aura de Skay Beilinson
omnipresente el estadio, sobre todo por aquellos que añoran tiempos difícilmente
vuelvan. Y el Indio lo sabe. Bob Dylan -referente obligado de cualquiera que se
precie de ser letrista; innegable influencia lírica de Solari- decía: “No
comparen mis discos con anteriores: compárenlos con los que actualmente graba el
resto”. Y con Solari sucede lo mismo: pretender que iguale las épocas ricoteras
es imposible y absurdo (aquello años están demasiado cargados de liturgia y
mitología, además). Pero ante tanta proliferación de versiones, copias y danger
fours ricoteros, la poesía cínica, corrosiva, mercurial y elegantemente rea de
Solari ya impone su diferencia. Apreciarla o no, perderse en estruendos y
arengas vacías, ya es algo externo a la obra.
Pero aquí todo se mezcla. Y mucho más cuando aparece El Inefable Sr. Alta
Gama. Sí: Andrés Calamaro sube a escena y sella un encuentro histórico. Veneno
paciente dice: “Me cansa tener gente alrededor”. El Salmón que supo aislarse
extremando la idiosincracia histórica de Solari, se reencontró hace un tiempo
con “su pueblo” y Solari parece tomar esa dirección, ya no tan difícil, pero no
menos genuina. Por eso nuestro héroe del whisky comparte justo con Calamaro -la
Gran Bestia Pop- El Salmón, muy festejado, y Esa estrella era mi lujo, donde el
estadio explotó. Solari pidió que se repitiera la ovación estruendosa que
recibió Calamaro, a quien reconoció como uno de los grandes artistas populares
que deben ser defendidos. Por eso también obsequiará sobre el final de la noche
esa cínica y tácita risita, esa pesadilla motorpsicótica y ese pogo más grande
del mundo. Jijiji decreta el fin, pero sólo por esta noche. “La función no
termina y ya el tiempo se ríe de mí/ No tengo nada mas que perdonar/ a mi
esqueleto aún mortal”.
Los feligreses -corderos sueltos que por hoy serán más vencedores que
vencidos- se retiran en paz y satisfechos. Nada más parecido a una comunión, a
una misa, a un rito. Y sin embargo, no es nada de eso. Tal vez para algunos
sí.