DIARIO HOY, 22/12/08
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EL REGRESO DEL INDIO SOLARI A LA PLATA
CANCIONES PARA NAUFRAGIOS

El ex líder de los Redondos se presentó en un colmado Estadio Unico. Junto a Los Fundamentalistas del Aire acondicionado, interpretó temas de Porco Rex -su última placa- y clásicos ricoteros. Pero lo más destacable fue la participación de Andrés Calamaro en tres canciones

Como una efigie  sagrada,  como un  misterioso profeta, como un líder místico, el Carlos “Indio” Solari se erige sobre la multitud. Pájaros de la noche que oímos cantar y nunca vemos, banderas en sus corazones, ondeando, luzca el sol o no, tatuajes que van muy bien con su tristeza, tribus de la calle que escriben paredes. Todos ellos -un público respetable- adorándolo como a un ídolo. Nada más y nada menos que un ídolo. Como su voz carraspeada y filosa, se eleva el hombre que hizo culto del enigma y la soledad, y cuya enigmática soledad se volvió culto de miles. “Yo sé que no puedo darte  algo más que un par de promesas.../ ticks de la revolución/ implacable rocanrol y un par de sienes ardientes que son todo el tesoro” cantaba el hombre de icónica calvicie y gafas oscuras cuando aún lideraba Patricio Rey y Sus Redonditos de Ricota. Donde haya dolor, habrá canciones y ese humilde e inmenso tesoro parece mitigar la pena de las bandas que se agitan como ramas desnudas: “Fueron un par de días  volvimos a fingir / que estábamos felices…”.

El primer show del Indio Solari y sus ajustados Fundamentalistas del Aire Acondicionado comenzó pasadas las diez de la noche. Pedía siempre temas en la radio fue el puntapié para el inicio que encendió el inminente incendio de ese infierno encantador en el que mutó en Estadio Ciudad de La Plata. Cuarenta mil  personas estallaron con los primeros acordes y desde entonces -con aplicada religiosidad -corearon y entonaron cada uno de los temas, esos himnos de amargura de amor, esas canciones para naufragios, ese rock para los dientes. Ramas desnudas, Porco Rex y el  coro tribunero de Solo les pido que se vuelvan a juntar para Me matas limón, Rock para el Nego Atila, y Divina TV  Furher de la factoría de Patricio Rey. Pabellón séptimo, Bebamos de las copas lindas y Mientras el muere continuaron con una celebración colmadas de bengalas acaparadas en el aire libre o en cierta omisión de la memoria colectiva. .

Con el oficio propio de una extensa trayectoria, Solari y los suyos superan la lógica complejidad de los grandes estadios, desplegando esencialmente el repertorio de Porco Rex, su último trabajo solista.  El aura de Skay Beilinson omnipresente el estadio, sobre todo por aquellos que añoran tiempos difícilmente vuelvan. Y el Indio lo sabe. Bob Dylan -referente obligado de cualquiera que se precie de ser letrista; innegable influencia lírica de Solari- decía: “No comparen mis discos con anteriores: compárenlos con los que actualmente graba el resto”. Y con Solari sucede lo mismo: pretender que iguale las épocas ricoteras es imposible y absurdo (aquello años están demasiado cargados de liturgia y mitología, además). Pero ante tanta proliferación de versiones, copias y danger fours ricoteros, la poesía cínica, corrosiva, mercurial y elegantemente rea de Solari ya impone su diferencia. Apreciarla o no, perderse en estruendos y arengas vacías, ya es algo externo a la obra.

Pero aquí todo se mezcla. Y mucho más cuando aparece El Inefable Sr. Alta Gama. Sí: Andrés Calamaro sube a escena y sella un encuentro histórico. Veneno paciente dice: “Me cansa tener gente alrededor”. El Salmón que supo aislarse extremando la idiosincracia histórica de Solari, se reencontró hace un tiempo con “su pueblo” y Solari parece tomar esa dirección, ya no tan difícil, pero no menos genuina. Por eso  nuestro héroe del whisky comparte justo con Calamaro -la Gran Bestia Pop- El Salmón, muy festejado, y Esa estrella era mi lujo, donde el estadio explotó. Solari pidió que se repitiera la ovación estruendosa que recibió Calamaro, a quien reconoció como uno de los grandes artistas populares que deben ser defendidos. Por eso también obsequiará sobre el final de la noche esa cínica y tácita risita, esa pesadilla motorpsicótica y ese pogo más grande del mundo. Jijiji decreta el fin, pero sólo por esta noche. “La función no termina y ya  el tiempo se ríe de mí/ No tengo nada mas que perdonar/ a mi esqueleto aún mortal”.

Los feligreses -corderos sueltos que por hoy serán más vencedores que vencidos- se retiran en paz y satisfechos. Nada más parecido a una comunión, a una misa, a un rito. Y sin embargo, no es nada de eso.  Tal vez para algunos sí.