por Pablo Díaz
D'ángelo
LO
QUE LA PLATA NO COMPRA... A vivir que son dos días… Es
redundar, citar que Indio Solari llevó a cabo dos shows multitudinarios, sin la
maquinaria marketinera, aunque organizados de manera envidiable y a la altura
de un producto internacional. Los números de acudientes son inciertos, tal vez
con el tiempo todo se convierta en un mito. Entre 40 y 60 mil personas, arrojan
las versiones, estuvieron en el Estadio de La Plata, cada uno de los días 20 y 21 de diciembre,
a modo de cierre de la gira de “Porco Rex”.
El domingo la lluvia no opacó. El
sábado, el calor era infernal, los termómetros estallaban y a diferencia de
otras misas solo había gaseosas y aguas, que costaban la friolera de ocho
pesos, para apagar el incendio. De fondo los acordes de Boca vs. San Lorenzo.
Muy original el merchandising, no por la creatividad de los diseños, sino
porque se expendían, en una cajita que animaba a preguntar, lillos (papelillos), y destapadores,
pero, como el licor no estaba autorizado para la venta, esas sedas de sedas resultaban un bello
souvenir para recordar la acalorada tardecita.
¿Pero por qué el mote de “show
internacional”? ¿Qué hay que envidiar a lo foráneo? Nada. Absolutamente nada. Por
el piso acolchonado al que Solari se negó rotundamente en alquilar a una productora
local e importó del norte. Por la limpieza impecable de los baños, por el
ingreso y el desagote de uno de los estadios, que sin duda, es el más bello del
país. Por las cuatro pantallas gigantes del costado y la psicodelia de las tres
de atrás, el escenario y la escenografía, por el operativo de seguridad y por
supuesto, por Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado que suenan
definitivamente bien.
Dos batas, para Hernán Arramberri
y Martín Carrizo y una espera que se prolongó hasta pasadas las 22. Desde una
óptica más alejada, el “Único”, como odian que lo llamen los platenses, era un
hormiguero. La gente agolpada en las escaleras, y donde hallaban un hueco. Las
aristas del concierto fueron las que se venían dando a lo largo de la gira
“Porco Rex”. Un arranque con temas de este disco, algo de Los Redondos, un
extenso set con más temas de “Porco…” y los himnos ricoteros infaltables para
el final.
El segundo material se escuchó
íntegro. Con “Pedía siempre temas en la radio”, “Ramas desnudas”, “Vuelo a
Sidney” (en donde Los Fundamentalistas lucen sus gracias), “Flight 965”, “Bebamos de las copas
lindas”, “Sopa de lágrimas”, “Porco Rex”, “Por qué será que Dios no me quiere”,
“Tatuaje” y “Te estás quedando sin balas de plata” por ejemplo. Y “Mariposa pontiac”,
“Ñam fri fruli fali fru”, “Divina TV führer”, “Ella debe estar tan linda”,
“Nadie es perfecto”, “Rock para el Negro Atila”, “Un ángel para tu soledad”,
“Me matan limón” y las dos joyitas “Juguetes perdidos” y “Ji ji ji”, formulaban
una propuesta, como le gusta decir al Pelado frontman: “para mover el culito”.
La fabula del Indio y el Salmón.
Promediaba el concierto cuando
Solari invitó a su amigo Andrés Calamaro. Más allá de haber sido un encuentro
de artistas populares, de dos palos
diferentes, y un hecho histórico, Andrelo pasó casi desapercibido, si bien lo alabaron,
Indio solicitó luego del trío de canciones que hicieron juntos, un aplauso
demagógico para la propia gente; los “talibanes” de los Redonditos, que habían
recibido a su colega con total cordialidad.
Solari con camisa naranja
(utilizó dos mudas de ropa), sus características gafas, condición que comparte
con Calamaro, que también supo empañar ray-bans y un sombrero de cowboy. Ambos
tienen varios años encima y se animan todavía a rockear. “Veneno paciente” fue
desflorada por ambos sobre un escenario, después siguió “Esa estrella era mi
lujo” y el cierre del set Indio-Andrelo finalizó con la versión homenaje de “El
salmón” grabada por el calvo en el disco de beneficencia y aniversario del rock
nacional.
Un abrazo caluroso, cerró este
encuentro memorable entre dos de los músicos más influyentes del rock vernáculo,
que sellaron su amistad virtual sobre un escenario, ante un numerosísimo
público que recibió, al hilo conductor de “la lengua popular” con amabilidad.
Para los que no lo saben, más
luego, “Juguetes perdidos” es una de las postales más paganas y preciosas que
se haya visto en un recital. Un sinnúmero de bengalas, engalanan la canción lisérgica,
en donde el tiempo se detiene y reestablece su ritmo en miles de pulsaciones,
cuando “Ji, ji, ji” es la despedida inminente. Y esta sí que fue la despedida.
Solari se encarama hacia un año sabático. ¿Qué se sabe? El probable lanzamiento
de un dvd (se podía ver una cámara que recorría a la lo largo el público
durante toda la previa), la manufactura de un nuevo disco, y tal vez una fecha
en el 2009 en el norte que resulta (casi) imposible.
Fue un año único para los fans
redondos. Una pila de conciertos similares pero no por ello de escasa calidad
(en este de La Plata
los dichos de Solari entre tema y tema fueron inescuchables). Si bien los de
“Porco” y “El tesoro de los inocentes” (sonaron precisamente “El tesoro…”, “To
beef or no to beef”, y Pabellón séptimo”) son de una producción incuestionable,
no terminan de caer en gracia en el público. Son respetados y entonados con
cierta timidez y no logran aún la adrenalínica ferocidad que despierta,
absolutamente, cualquier canción de Los Redonditos. Es insistente pero Los
Fundamentalistas son una gran banda. Baltazar Comotto y Gaspar Benegas en guitarras
se tiran paredes, Hernán Aramberri en
batería (estuvo invitado Martín Carrizo también en los parches), Alejo Von Der
Pahlen en saxo, Marcelo Torres en bajo y Ervin Stutz en trompeta más las
coristas Luciana Palacios y la costarricense Deborah Dixon (invitada) no tienen
nada que envidiar. Son un verdadero reloj.
Atención, que Indio y sus
Fundamentalistas no terminen por convertirse en una banda tributo de Los
Redondos, por esta diferencia sustancial que yace entre lo nuevo y lo más
anhelado. La irregularidad en las ondas y el feedback que persiste entre tema
viejo y tema nuevo dan la posibilidad de presenciar un concierto masivo y un
evento casi de culto/conceptual, algo que sólo Solari puede alcanzar.
El ex Redondos, regaló un doblete
impresionante, como siempre, la impunidad para poder hacer lo que quiera que se
ganó por la seriedad y la tozudez con que encara todos sus proyectos, sin
mecenas que lo avalen, lo ponen casi con 60 pirulos, todavía como un referente.
Irrefutable por esas décadas que ya tiene encima, y su gola, la cual desprende
de los más profundo de su ser lo susurros más escalofriantes aunque según él,
siempre lo deja a pata. De “Porco
Rex” para acá, los shows varían entre íntimos o emocionales con algo de agite.
El saldo artístico de la gira es variable. El Indio se convierte en “artista
invitado”, como él mismo se catalogó en el booklet de su segunda producción, y
en total protagonista cuando Los Fundamentalistas sólo acompañan respetuosamente
la reinvención de un hit redondo.
La noche tuvo varios parates,
pero la prioridad fue de la música, ningún discurso, ninguna propaganda
idealista, sólo canciones y un cierre más allá de “Ji, ji, ji” con el cántico a
días de Navidad, muy tribunero, que dedicaba una feliz nochebuena a todos los
ricoteros, decorado de fondo por la batería incesante de fuegos artificiales
que acompañaron a los desangelados a sus autos, micros, bicicletas o precarias zapatillas
de lona, dispuestos a volver a sus hogares de chapa, chalet o de barrio,
satisfechos por poder presenciar otra de esas misas multitudinarias que
quedarán tatuadas en las retinas de cada uno de los presentes.
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