CRITICA DIGITAL. 24/12/08 Enviado
por Guille Usandivaras Ver
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LA
BENGALA PERDIDA
El sábado fui a esa misa hereje cuya eucaristía son las bengalas. Estuve en
La Plata, y formé parte de esa liturgia popular: la "misa ricotera". H.
Brienza.

El sábado fui a esa misa hereje cuya eucaristía son las bengalas. Estuve en La
Plata, y formé parte de esa liturgia popular que desde principios de los noventa
hasta ahora se denominó “misa ricotera”. Hacía unos años que no iba: exactamente
desde 2001, cuando tocaron juntos por última vez en el Chateau Carreras, en
Córdoba, el Indio Solari y Skay Beilinson. Hacía siete años que no formaba parte
de la ceremonia. Sin embargo, fue cuestión de acercarse a un par de cuadras del
estadio platense para reencontrarme con esas “banderas rojas y negras, de lienzo
blanco en el corazón”, con esos pibes que gritaban y cantaban alimentados con
molotovs de alegría improvisada en botellas de plástico cortadas por la mitad.
No eran Los Redondos esta vez. Era solamente El Indio, pero allí, entre la
multitud serena, estaban los desconocidos de siempre: los sin dientes, los
negros, los pobres, los gordos, los feos, los desahuciados, los sin esperanzas,
los desangelados, los que “chupan la fruta sin poder morderla”, los que “rapiñan
el maldito amor que tanto miedo da”, los que se arremolinaban en un pogo mágico
y feliz que muchos desprecian desde su sillón progre. Aclaración: no lo hacen
para “demostrarse a ellos mismos que están vivos”, lo hacen porque “están
efectiva y conscientemente vivos” en un mundo desgastado, corroído, y que es
horrible desde la Guerra del Fuego. Y allí delante de todos estaba él: ese
demiurgo hosco y oscuro, de malos tratos, insoportablemente contradictorio pero
ferozmente honesto, siempre oculto y paranoico, inaprensible, subido al podio de
los mejores poetas del rocanrol.
El Indio estaba allí cantando el himno
de las bandas: “Juguetes perdidos”, compartiendo ese tesoro que consta de nada
más que un par de promesas, de tics de la revolución, un rocanrol implacable y
un par de sienes ardientes. Como ocurre siempre, el fantasma de Cromañón
sobrevoló el estadio en forma de bengalas, de luces verdes, lilas, amarillas,
azules, rojas. El estadio se iluminó, el pueblo ricotero deliró con el ritual
ancestral del fuego. Lamento anoticiarlos (progres, fachos, viejos, hipócritas,
distraídos): nos gustan las bengalas. Siempre nos gustaron. Por eso Cromañón
partió en dos al rocanrol, porque la muerte vino desde las entrañas de la
felicidad, de la alegría, de la fiesta absurda. No sientan culpas, señores
apoltronados, ustedes hicieron lo único que los seres humanos sabemos hacer:
generar corrupción, construir sociedades violentas, desiguales, refugiarse en
gobiernos desidiosos, con funcionarios incapaces, rapaces. El rocanrol, en su
mejor momento, no cuando es sólo una cancioncita de tres minutos para pasar por
la frecuencia moderada, es furia. Y en Cromañón la furia se nos dio en contra.
La culpa fue nuestra. De los que nos extasiamos con los fuegos de
artificios, los que fuimos a escuchar música a sucuchos insoportables,
maltratados, pero reconociéndonos en la oscuridad, en la humedad, en los
márgenes de lo oculto. Siendo, existiendo, allí, en el momento en que se
apagaban las luces y los redobles de batería golpeaban el pecho.
Por eso
Cromañón partió en dos al rocanrol. Porque murieron 200 pibes de los nuestros
–esta vez no fue Isaac el que hundió el puñal–, porque el rocanrol se reencontró
cara a cara con su peor rostro: todo lo que habíamos sostenido se caía con ese
empresario despreciador –al que la mayoría estigmatizó para limpiar las culpas
propias–, con los integrantes de Callejeros, que luego de alentar a los pibes a
ser “rebeldes, agitadores y revolucionarios” fueron corriendo a refugiarse bajo
las faldas del abogado de Alfredo Yabrán y Christian Von Wernich, y con el
“boludo” que tiró la bengala perdida en un lugar cerrado sin pensar que lo que
había hecho durante años podía desatar la tragedia.
En Cromañón nos
encontramos con nuestra peor cara: nosotros también fuimos como el mundo, fuimos
lobos sueltos y corderos atados. No fuimos inocentes ni inconscientes. Fuimos
culpables, aunque no responsables. Nos mató aquello que nos hizo vivir. Y
nosotros matamos lo que amamos. El sábado en La Plata, entonces, “disfrutamos,
sin dañar, de los placeres que nos quedaron”. Ya no teníamos opción: “Todo el
sueño quedó en manos de los pavotes”. Todos somos Porco Rex (mensaje cifrado).
Ah, Feliz Navidad. |
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