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Por Facundo Barrio
PRESENTACIÓN
DE PORCO-REX UN
INDIO EN TIERRA GAUCHA El Indio Solari y los Fundamentalistas del Aire
Acondicionado presentaron su último disco ante 40 mil personas en Jesús María,
la ciudad de la doma y el folklore. Crónica de un nuevo capítulo en la liturgia
ricotera y de un show memorable, sin nostalgias.
Jesús María está
acostumbrada al gentío. A 50 kilómetros de Córdoba Capital, no se trata de una
ciudad periférica cualquiera: es la sede del Festival Nacional de Doma y
Folklore, y todos los eneros recibe con gusto un tropel de turistas argentinos
y extranjeros. Pero esta vez, en pleno abril, Jesús María fue otra cosa. Su anfiteatro
José Hernández tuvo el lujo de ser lo que alguna vez el Monumental, Obras, el
Cilindro de Avellaneda o el Chateau Carreras: el lugar elegido para celebrar
una nueva edición de lo que todavía es el mito más apasionante del rock
nacional: una misa ricotera.
“Como siempre, gracias por tanta fidelidad.
Que ustedes vengan de tan lejos, para un productor independiente, no tiene precio”,
diría el Indio Solari apenas comenzado el show. Ciertamente, el ex redondo
volvió a ponerse a prueba presentando su segundo álbum como solista, Porco Rex, con el modus operandi de
siempre: difusión boca a boca, sólo y de noche; y sin marcas mediante. Y pasó
la prueba: 40 mil personas de todo el país colmaron el José Hernández y unas
cuantas sin entrada tuvieron que conformarse con escuchar a los
Fundamentalistas del Aire Acondicionado desde afuera. Con este recital, el
Indio abrió una gira que, según él mismo anunció, tiene su próxima parada el 5
de julio en Tandil.
LLEGANDO LOS MONOS
El grueso del público llegó a la ciudad
cordobesa al mediodía del sábado 12, en tren, auto y sobre todo en micros
redonditos. El cielo cubierto y el viento helado pasaron desapercibidos entre
tanto vino y fernet, asado, faso y truco. Las huestes ricoteras eran heterógeneas:
desde los veteranos que vieron en vivo a los Redondos antes de la masividad,
hasta los sub 20 que jamás habían visto al Indio sobre un escenario, todos se
fueron instalando durante las horas previas al show en la plaza central o en
las orillas del río escuálido de Jesús María con sus heladeritas, sus parrillas
improvisadas y sus ansiedades. Desde los stéreos de los autos –y desde una
consola oportunamente colocada en la cabecera de la plaza– sonaron, en igual
medida que los de los Redondos y los del Indio, los discos de Skay solista.
Esa, y un poco de Sumo y Almafuerte, fue la cortina musical de una próspera
jornada para los puestitos de choripán y vino tinto.
El operativo montado para el ingreso al
anfiteatro, y para el recital en general, contó con una fuerte presencia de la
seguridad privada contratada por Solari, además de un buen número de policías y
gendarmes. La mayoría de los fanáticos enfiló hacia el José Hernández –que poco
tiene de “anfiteatro”– entre las 19 y las 20, y una hora antes de que arrancara
el show, anunciado para las 21, adentro ya no cabía un alma. La platea y el
campo (ancho y conectado con la popular por accesos abiertos de par en par) se
unieron inagotables para entonar los coros de aliento de siempre, en uno de los
picos emotivos de la noche. No sólo los cánticos fueron los de siempre: también
las banderas, que taparon hasta el último pedacito de alambrado, las PR coronadas
en las remeras y buena parte del público. Ni siquiera hizo falta aquello de “Sólo te pido que se vuelvan a juntar”,
que en ningún momento llegó a prender con fuerza. Todo transcurrió como si los
Redondos nunca se hubieran separado, como si el Indio estuviera por salir a
tocar con Skay y el resto de la banda a su lado. Pero no: un rato más tarde se
apagaron las luces y una voz en off –que bien podría haber sido la del propio
Solari– anunció: “Damas y caballeros, con ustedes, los Fundamentalistas del Aire
Acondicionado”.
HAY EQUIPO
La sobriedad y la elegancia del Indio hacían
juego con un montaje escénico austero pero de primerísimo nivel: un escenario
no muy amplio aunque con espacio más que suficiente para que todos los músicos
se movieran con comodidad; una pantalla de alta definición ubicada detrás de la
banda, que reprodujo alternativamente tomas de Solari y compañía e imágenes del
packaging de Porco Rex; y una puesta
de luces y sonido impecable, destacable.
Los Fundamentalistas, Indio aparte, ejecutaron
a la perfección los diez clásicos redondos elegidos para el show, que se
acercaron bastante a las versiones originales. Casi en el anonimato, Gaspar
Benegas y Baltasar Comotto en guitarras, Hernán Aramberri en batería, Marcelo
Torres en bajo, Alejo Von Der Pahlen y Ervin Stutz en vientos, Pablo Sbaraglia
en teclados y Débora Dixon en coros demostraron una vez más que no tienen nada
que envidiar a las bandas más convocantes de nuestro rock. Fueron el colchón
musical de un Solari mucho más estático sobre las tablas que en el Estadio
Único de la Plata (2005) pero que, sin desentonar ni una vez en las dos horas y
diez que duró el show, volvió a lucir su privilegiada fuerza vocal, por
momentos sutil y por momentos desgarradora.
La lista de temas, prolija y equilibrada,
incluyó 12 de las 13 canciones de Porco
Rex (la única que faltó fue “Veneno paciente”, que en la versión de estudio
cuenta con Andrés Calamaro como artista invitado), 10 joyitas de los Redondos y
sólo 3 temas de El tesoro de los inocentes.
El público se apropió con entusiasmo de la producción solista del Indio,
aunque, salvo excepciones, las canciones post Patricio Rey fueron aprovechadas
para descansar del monumental pogo desatado en temas del calibre de “Nueva
Roma” o “El pibe de los astilleros”.
ESTA NOCHE ESTÁ ENCANTADOR
Los primeros acordes sonaron a las 21:15. La
banda abrió con “Pedía siempre temas en la radio” y siguió con otros dos temas de
Porco Rex, “Ramas desnudas” y
“Martinis y tafiroles”. Luego, sonriendo cómplice, el Indio avisó: “Ahora una
que sepamos todos” y, casi enganchadas, sonaron “La hija del fletero” (mucho
más potente que la original) y “Tarea fina”, mientras los primeros sofocados
eran arrastrados a la carpa de la Cruz Roja.
Los
Fundamentalistas continuaron con otra tríada del disco nuevo: “Y mientras tanto
el sol se muere” (escrita para Virginia, la mujer de Solari), “Porco Rex”, con
un notable despliegue de luces, y “Bebamos de las copas lindas”.
Siguió
“Un ángel para tu soledad”, justo antes del único incidente de la noche. “Pará,
pará, pará”, les ordenó el Indio a sus músicos en la mitad de “Nike es la
cultura”. “Loco, me acaban de pegar un zapatillazo. Esta moda me tiene los
huevos llenos. Déjense de joder, boludo. ¡Están locos!, ¿qué les pasa? ¡Subite,
vení, pateame!”. Estaba enojado de verdad y el resto del público, los que no
tiraban zapatillas, lo entendió: “Qué
boludos que son/ no parecen redondos la puta madre que los parió”. La banda
no retomó el tema y siguió con “Sopa de lágrimas (para el pibe Delete)”. Antes
de “Te estás quedando sin balas de plata”, el Indio se disculpó: “¿Sabés que
pasa, guachito? Es que me voy de boca. Estamos acá para cantar, para bailar,
che”. Dicho y hecho, el ex redondo cortó el aire al
grito de “¡Aptiptiraptirapteteee!”
y salió con “Ella debe estar tan linda”, mientras las parejas se hacían lugar
para bailar uno de los rocanroles más intensos de Patricio Rey.
Quedaba
medio recital y el show alcanzaba uno de sus puntos más altos. De corrido, sin
tiempo para saborearlas, vinieron “Me matan Limón”, un relato en primera
persona de los últimos minutos de vida de Pablo Escobar, el famoso
narcotraficante colombiano; “Pabellón séptimo (relato de Horacio)”, de las más
aplaudidas por el público y sobre la cual el Indio bromeó: “Para el sector
tumbero del show”; y “El pibe de los astilleros”, idéntica a la original y
disparadora del primer pogo peligroso de la noche.
“Tatuaje”, “¿Por qué será que no me quiere
Dios?” y “Vuelo a Sidney” también estuvieron a la altura de las circunstancias.
Luego de un par de minutos de silencio y luces encencidas, Solari anunció con
la voz quebrada: “Hace cuatro días mi mamá dejó esta vida. Yo quería, con el
permiso de todos ustedes, dedicarle esta noche”. Pero el show debe continuar, y
así lo hizo con “Tomasito ¿podés oírme? ¿podés verme?”.
El pogo infernal de “Nueva Roma” contrastó
con el siguiente tema, himno, “Juguetes perdidos”. Las bengalas colorearon el
momento más emotivo de la noche y todos abrieron paso para que llegaran, como
una ofrenda, al borde del escenario. Pero el clímax dio otro vuelco cuando sonó
una versión mucho más rítmica y apta para el vivo de “El infierno está
encantador esta noche” a la que le siguió, ya casi sobre el final del recital,
“Flight 956”, con destino de clásico.
Pasadas las 23, sin previa advertencia, el
Indio anunció que “una más y no jodemos más”. “A ver, ¿cuál quieren para
cerrar?”, dijo apuntando el micrófono al público, pero de inmediato él mismo se
respondió: “¡Jijiji!/ ¡Jijiji!” El
pogo más grande del mundo, del mundo entero, hizo temblar la tierra, la Tierra.
Carlos Solari se sacó por primera vez en la noche los lentes negros para
mirarse a los ojos con sus fieles, iluminados por todas las luces del
anfiteatro. Se despidió hasta la próxima y, mientras los Fundamentalistas
coronaban una noche para el recuerdo, desapareció como una sombra.
Abajo, en el campo, la fiesta siguió un rato
más. Unos lloraban de felicidad, otros vomitaban fernet y algunos optimistas
seguían con los ojos clavados en el escenario, imantados, con la ilusión de que
la banda volviera y se despachara con una última tanda de clásicos redonditos.
Pero, no había vuelta que darle, después de “Jijiji” no hay himno ricotero que
valga. Los plomos comenzaron a desarmar y los fanáticos a salir del José
Hernández, eufóricos pero inofensivos, quizás ignorando que más allá del Indio,
su banda y su ex banda, el mito redondo les pertenece.
Y Carlos Solari, casi sesenta años, burgués
declarado, fóbico a las masas, renegado de su pasado musical, sólo Dios sabe
qué hizo, qué pensó, luego de reafirmarse como la voz rockera de varias
generaciones, convocando 40 mil personas en el Interior sin publicidad
multimediática ni marcas omnipresentes entrometiéndose. Luego de dar, en
definitiva, un concierto inmejorable, irrepetible, de primer nivel
internacional: del nivel de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.
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