Por Cristian Vitale
Desde Jesús María, Córdoba
En 1928, Ludwig Mies Van Der Rohe, el arquitecto alemán que diseñó el
Pabellón de Barcelona, pronunció una de las frases más lúcidas de alguien parido
por ese arte: “Dios está en todos los detalles”. Podría tomarse otro de sus
aforismos clave (“Menos es más”), y algún hilo conductor, por asociación libre,
enlazaría con la epopeya rockera del sábado, en Córdoba. Pero aquella es
suficiente y, sobre todo, más explicativa: el Indio Solari, en uno de esos temas
que no reconocen el anclaje popular de muchos otros (“Flight nine five six”) se
la apropia y le modifica el sentido, casi de raíz: “Dios no está en los
detalles, hoy”, canta, perdido en un laberinto sonoro. Concluyente y
descriptiva. No puede estar Dios, al menos ese que no es Yahvé, en el cosmomundo
de esos desangelados que un estado de cosas arrojó al mundo de hoy, casi como
desplazados de todo. El, que está ahí arriba interpretando a la masa con su
pluma cerebral y sus gafas negras, se eleva como si fuera un demiurgo terreno.
Como intentando, tal vez, ocupar ese hueco inconsolable de la inexistencia...
muy lejos de Rohe. Casi a contramano. Nada de esto, felizmente, parece cruzarse
ni de lejos por las 50 mil personas que vibran ahí abajo, en el césped del
anfiteatro de Jesús María. En la tierra.
Es la presentación oficial del segundo disco solista de Solari: Porco Rex.
Hay una secuencia recurrente: Ricoteros de todos los puntos cardinales del país
–lo típico– sitian un pueblo de las afueras y lo llenan de banderas inmensas,
bombos, color, alegría: fiesta popular. Hay alguien que los va a hacer felices
esta noche. Algo que jamás olvidarán, ya lo saben de antemano y más allá de cómo
resulte al fin. Diez menos cuarto –45 minutos después de la hora anunciada– las
luces se apagan y se encienden las almas. Un fuego apocalíptico que el demiurgo
y sus Fundamentalistas del Aire Acondicionado –así se sigue llamando la banda–
irán intensificando con dosis de música y adrenalina. De otro estreno, “Pedía
siempre temas en la radio”, pasará a uno apenas más viejito –“Sopa de lágrimas”–
e irá ratoneando, lentamente, con lo que todos esperan. La primera truena: es
“La hija del fletero” y se encienden bengalas de todos los colores. Bengalas y
morteros. El Indio no dice nada: Cromañón parece lejos. Nadie persigue a nadie.
No hay boxeo, recuerdo, respeto ni compasión. ¿Retroceso o licencia de
coyuntura? ¿Discutible o directamente reprobable...? A nadie le importa. Jesús
María parece parte de otro planeta. Atemporal, en el país del todo pasa.
Importa, sí –lo único– que el Indio siga desparramando sonidos de los nuevos,
pero más de los viejos. Y entonces seduce con “Martinis y tafiroles” (en una
brillante versión) pero directamente penetra con “El infierno está encantador”,
y va más al fondo con la revisita de “Tarea fina”, cuya armónica –inexistente–
se reemplaza primero con el coro del gentío y luego, en la segunda vuelta, con
un solo impecable de Baltasar Comotto, uno de los guitarristas. Y un break
molesto: Solari sí se enoja porque alguien, de pifiarle al blanco, le acierta un
zapatillazo. “Me están rompiendo mucho los huevos, loco. Si no dejan de tirar
cosas me voy... esto es una fiesta, para bailar y cantar”, baja línea. Nunca se
va, claro, y regala, como jugando al papá arrepentido, nada menos que “El pibe
de los astilleros” en un tempo más lento que el original. O que el que hace
Skay, en su propia ruta. Y “Nueva Roma”. Y algún tesoro de los inocentes. Y el
final.
“Ji ji ji” repite otra secuencia irrepetible. Ni mil potros de los más
chúcaros que ocupan este mismo lugar durante enero logran un torbellino similar.
Desde lo alto se ven círculos enormes, gente que llega al cenit del movimiento,
energía en estado puro que eyecta de cada parte y conforma un todo difícil de
olvidar. El demiurgo, una vez más, se deshace de Dios por un rato y transforma
una de sus esporádicas presentaciones en una fiesta pagana. Exactamente
desangelada. Pregunta del millón: ¿es el Indio o es Skay el que se quedó con la
esencia de los Redondos? La discusión podría ser eterna. Tal vez sea el
guitarrista quien transmita mejor el espíritu clásico, el de los primeros discos
y su consecuente sonido irritante. Pero es el frontman quien les dedica mucho
más tiempo y lugar a los viejos temas y quien, a su vez, los transforma. Es su
búsqueda y su evolución. Es quien se sube sobre los hombros de Patricio Rey para
mirar más allá.