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Diario Clarín - Espectáculos. 09/05/05
Enviado por Fernando Mociulsky
VIDA MÁGICA Y MISTERIOSA
DOS LIBROS ECHAN
LUZ SOBRE LA HERMÉTICA PERSONALIDAD DEL INDIO
SOLARI
El cantante de los Redonditos quedó bajo las
muy diferentes lupas de los periodistas
ENrique Symns y Gloria Guerrero... y asoma un
personaje insondable.
Hay una frase que afirma que
aquel que se acuerda de la
década del 80 no la vivió.
Seguramente Carlos Indio
Solari no recuerde muchos
aspectos de estos años. Dos
libros editados en forma casi
simultánea ayudan a la
memoria: El señor de los
venenos, de Enrique Symns (El
cuenco de Plata), e Indio
Solari. El hombre ilustrado,
de Gloria Guerrero (Editorial
Sudamericana). Que dos
periodistas de perfiles quizás
antagónicos se sentaran a
contar, con diferentes excusas
y lateralmente, parte de esa
década, sirve para poner en
foco aspectos que quedaron en
la nebulosa under de la época.
Symns lo hizo escribiendo su
autobiografía; Gloria
Guerrero, centrándose
directamente en la figura de
Solari.
En tiempos en que Symns
agitaba desde Cerdos &
Peces (la revista "de este
sitio inmundo", que fundó
desde El Porteño) o como
monologuista de Los
Redonditos, Guerrero ampliaba
su espacio rockero de Las
páginas de Gloria, sección
clave de la entonces masiva
revista Humor. No se trata de
trazar un paralelismo; apenas
una serie de coincidencias que
colaboran a definir el
espíritu de aquella
época.
Con una prosa admirable, El
señor de los venenos es una
vertiginosa cabalgata que a la
manera de un Hunter S.
Thompson con picardía criolla
recorre una vida tallada por
la droga, los viajes y la
marginalidad; un galope
hippie, punk, sexópata,
intelectual y desolado que se
relame en historias hacinadas
en cárceles cariocas y estafas
en Europa dentro de un clima
de eterno happening
toxicológico.
Es en los 80 cuando Symns se
vuelve protagonista de los
sótanos de Buenos Aires. Symns
cuenta minuciosamente cómo
conoció a Poli, Skay y el
Indio Solari. Pese a que la
palabra
traición
atraviesa los capítulos en que
cuenta su tensa relación con
la banda (terminaron
peleados), la mirada es tierna
y vagamente nostálgica. "Con
el Indio habíamos desarrollado
una amistad cocainómana y
febril —escribe Symns—. En su
casa sosteníamos agotadoras
maratones conversacionales, en
las que él era una experto
ajedrecista (...) El cariño que
sentí por el Indio en aquellos
días no ha desaparecido. Sus
miserias personales, su
incapacidad de ensuciarse en
la roña de la calle (...)
jamás consiguieron borrar el
efecto sedante que me producía
su sonrisa irónica, su mirada
permanentemente llorosa que
transparenta una desolación
tan lacerante como
asumida".
El libro de Guerrero se
estructura como una biografía
coral. El Indio no habla sino
a través de sus compañeros de
ruta o de entrevistas
extraídas de archivos
periodísticos. Las voces son
de personajes como Rocambole
(responsable del arte de tapa
de los discos), Mufercho (el
monologuista del grupo, luego
desplazado por Symns), músicos
de la prehistoria ricotera
como los hermanos Basilio y
Ricky Rodrigo y Pepe Fenton,
Willy Crook, Isa Portugueis.
Y, claro, la Negra
Poli.
De sus inicios como entusiasta
cortometrajista en Super 8
junto con Guillermo Beilinson,
el hermano de Skay, a sus
veranos en Valeria del Mar, el
"otro Indio" asoma en algunos
pasajes. "Había hecho su
casita con caña, madera de por
ahí, juncos, totora —escribe
Guerrero—. Chiflaba fuerte y
salía, a veces descalzo, a la
playa semisalvaje; lo seguían
Saturno y Nambulú, ladrando
igual de fuerte. Después,
todavía más tarde, mientras en
el tocadiscos sonaba el
wah-wah de Zappa, se tiraba en
un colchoncito a leer libros
de cómics, de ciencia ficción,
de Keoruac, de Merton, de
Dylan. Y escribía, cuando
quería. Y
pintaba...".
Algunos datos mínimos (su
costumbre de ir disfrazado
para que no lo reconocieran a
la disquería El Agujerito; su
pasión por Boca y, de La
Plata, por Gimnasia; el hecho
de jurar que jugaba "muy bien"
al fútbol) se suceden y
resultan interesantes sólo
frente al hermetismo del
personaje. "En su vida privada
era un reductor implacable de
la experiencia; llevaba una
vida cotidiana tan domesticada
que resulta casi imposible
moverlo de su rutina hogareña.
Jamás se aprovechó de las
ventajas eróticas que facilita
el escenario, y nunca le fue
infiel a su compañera",
escribe
Symns.
En su fortaleza de Parque
Leloir, con 56 años, un hijo
de 5, una mujer y perros
alrededor, Carlos Solari debe
sonreír ante estos intentos de
vulnerar su coraza. El efecto
es de boomerang, una paradoja:
cuanto más se intenta develar
el misterio, el misterio
crece, se apodera de todo y
vuelve a es conder al
personaje real bajo el
sobretodo ya raído del mítico
Patricio Rey o en el más
vulgar anonimato. El lugar del
que, cuenta, no se perdona
haber
salido.
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