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Revista
ROLLING STONE, Junio 2007 Enviado a MR por
Santiago López Ver
nota
"OKTUBRE:
EL ELEGIDO" WORMO/
DEL CIELITO RECORDS 1986
Pese a las explosiones iniciales, el verdadero comienzo del segundo álbum de
los Redondos es más bien un advenimiento, la aparición en el horizonte de una
tropilla de sobrevivientes después del desastre (¡Chernobyl!). Una escalada
sonora rústica le gana terreno a la catástrofe nuclear y a los fuegos de una
revolución oscura. Del destape democrático (o su desencanto), ni noticias. Las
voces llegan de la agonía de la Guerra Fría y de un futuro de éxodos,
terrorismos y sueños teledirigidos. Un disco cyberpunk hecho por hombres de
formación beatnik, un catálogo de visiones distópicas puesto en la escena de un
presente alterno: unos años 80 que no tienen nada que ver con los raros peinados
nuevos ni la posmodernidad. Lo que el Indio Solari –un treintañero que
enfrentaba al público de rock en mangas de camisa, pelada oficinesca y bigote
montonero– tenía entre manos era un álbum programático, una obra conceptual
motorizada por el resentimiento post dictadura (más que ímpetu de liberación, se
respiraba el arte de la venganza), las transformaciones tecnológicas a la par de
la crisis económica y la paranoia inflamada por el consumo de cocaína. A eso se
refería Solari cuando, en diálogo con Rolling Stone, trataba de desmenuzar el
sentido de “Jijiji”, séptima canción del disco y tema favorito de la mayoría
ricotera. “Para mí es un poco la paranoia de la droga, cuando alguien está a la
deriva dentro de esa situación. «Jijiji» es una risa medio perversa, marca una
bidimensionalidad, es como que todo lo que estás diciendo no es una afirmación.”
La cocaína, en efecto, estaba ahí para espolvorearlo todo. “Semen Up”, basada
en un fraseo de guitarra del inigualable Skay Beilinson, definirá para siempre
la sumisión anhelante del merquero argentino: “La veo casi como un demonio/ y
rasco la alfombra por su amor”. Pero la guerra subliminal que libraba el disco
era mucho más abarcadora y profunda: lo que estaba en juego era el “secuestro de
tu estado de ánimo” (“Ya nadie va a escuchar tu remera”), y lo que Patricio Rey
venía a interpretar era una época de batallas culturales en las que el enemigo
sería más difícil de identificar que un grupo de tareas. Así, “Divina tv Führer”
concilia la tensión atómica con la explosión del mercado publicitario, mientras
que “Canción para naufragios” cronometra el tiempo que le hubiera llevado a un
misil viajar de los Estados Unidos a Rusia (o viceversa): “Son seis minutos y
nuestra mami va a contestar…”.
El Oktubre Rojo y el Octubre Peronista. La masa Berni-bolchevique que ilustra
la tapa del álbum evoca una épica revolucionaria que por entonces parecía
derrotada. Rocambole, su autor, se lo contaba así a Gloria Guerrero: “Las ideas
salieron de una noche de fernet. El Indio veía banderas, multitudes. Primero iba
a ser todo rojo y negro, pero cuando lo fui haciendo más abstracto le agregué el
gris. La tipografía parece soviética al estar invertida una letra. En el reverso se ve la Catedral de La Plata en llamas: un símbolo
revolucionario”.
A dos años de la edición de su debut ( Gulp!, producido
por Lito Vitale), los Redondos todavía eran una banda underground, aunque ya
convocaban a más de mil personas por show. Oktubre fue registrado en los
estudios Panda de la calle Segurola, con Osvel Costa como técnico de grabación,
Tito Fargo como segunda guitarra, Daniel Melero en teclados y Claudio Cornelio
en percusión. Todo el álbum está filtrado por un velo sonoro opresivo, una
especie de tremor precario que lo ubica en un plano de percepción extrañamente
lejano. “El técnico descubrió el reverb en el ínterin y hacía que todo sonara
como en el baño de nuestras casas”, protestaba Willy Crook en La Nación,
haciendo pública una insatisfacción que, al menos parcialmente, compartía con
Solari y Beilinson. Sin embargo, la expresión sobrevivió a la resolución: el
segundo disco de los Redondos encarna el espíritu de un rock que asume su
ubicuidad política en las últimas décadas del siglo xx. Las canciones tienen ese
ánimo, el de interpelar estéticamente al mundo, absorber elementos históricos y
reordenarlos en un espectro de pesadillas y alucinaciones.En esa mezcla de
hambruna y furor tecnológico, de valses eléctricos mortuorios y rocanroles
festivos, de militancia frustrada y bohemia romántica, en esa mezcla de estados
alterados reside la peculiar grandeza del disco. Un juego de profecías
convertido en remera. Una agria epopeya de nueve canciones, y el rock como todo
llanto.
Pablo Plotkin |
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