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30.12.2005 | PAGINA
12 por
Eduardo Fabregat
LA
GENERACIÓN QUE BUSCA SOBREVIVIR COMO QUEDO EL MUNDO DEL ROCK DESPUES DE SU 11 DE SEPTIEMBRE
La tragedia impactó en el corazón mismo de una generación; la muerte llegó
allí donde antes había un refugio. Las reglas que cambiaron, los nuevos
públicos, los cambios en los comportamientos. Las nuevas escenas que se
buscan.
El Indio Solari fue el único que se atrevió a decir que no
le molestaba si su público encendía bengalas.
El 2 de enero de este año, el empresario
Daniel Grinbank le dijo a Página/12: “Para el espectáculo, esto es como un 11 de
septiembre”. La frase sigue –y seguirá– teniendo sentido y resonancia: si la
Guerra de Malvinas hizo estallar el primer conflicto ideológico serio en un
movimiento de rock que hasta entonces parecía homogéneo y unido, lo sucedido en
República Cromañón puede ser considerado un hito de igual (o mayor) magnitud. La
cultura no puede salir indemne cuando se trata de muertes jóvenes. Y si en 1982
los pibes de la guerra fueron enviados al matadero por una corporación asesina,
lo del 30 de diciembre de 2004 golpeó en el corazón mismo de una generación: las
muertes sucedieron allí donde antes había un refugio, en la ceremonia más
querida por los pibes que alimentan una escena con 40 años de vida. Esta fecha
marca un aniversario, nada menos que el primero, pero durante 2005 Cromañón fue
todos los días.
Se puede extender la analogía de Grinbank: como en la
Norteamérica de Bush, uno de los primeros efectos de Cromañón fue el recorte de
libertades. Motorizada por el horror de lo sucedido, la ola de clausuras que
barrió con los escenarios porteños no admitió discusión ni relativizaciones.
Nadie quiso contemplar el matiz de que lo peligroso no era el rock, sino ciertas
costumbres que desviaron su espíritu. De la noche a la mañana, el hipercontrol
histérico dejó sin micrófono, sin espacio y sin trabajo a centenares de músicos,
técnicos, personal de armado y transporte, sonidistas y un largo etcétera que
desarrollaba su arte o su oficio en lugares donde no se encendía pirotecnia ni
se cometían dislates de organización. Sumado al estupor por el hecho, sobre el
rock cayó un manto de silencio. Y a su alrededor, la derecha argentina encontró
una herramienta poderosa para ese viejo objetivo de silenciar al rock y lo que
representa, limarle las asperezas y convertirlo simplemente en una mercadería
más.
En el suplemento NO de este diario, el 6 de enero, casi cuarenta
personas relacionadas con la escena quisieron exorcizar lo que sentían. Hubo
expresiones de dolor y expresiones de deseos de que todo debía cambiar, pero a
partir de allí la discusión tardó en llegar, y cuando asomó fue condicionada por
una especie de defensa corporativa. A medida que se animaban a hablar los
referentes más grandes del rock de masas, se fue repitiendo el concepto de “le
podría haber pasado a cualquiera”. Las falencias de seguridad afectaban a todos,
sí, pero no todos los músicos y managers se manejaban con la misma
irresponsabilidad que Callejeros. Cromañón tiene directa relación con la
futbolización que llevó a que el espectáculo del público, sus banderas y
bengalas, fuera considerado tan importante como lo que sucedía en el escenario.
La fiesta no era fiesta si el público no exhibía poder de fuego y movilización.
Lo curioso es que, meses después, el concepto sigue arraigado: es común leer en
los foros de Internet a fans decepcionados porque los primeros shows de La Renga
o Los Piojos, tarde en el año, ya no fueron lo mismo. En la Bombonera, hace sólo
unos días, Andrés Ciro debió pedirle a su público que “la cortara” con los tres
tiros, recordándoles la actitud y el respeto necesarios.
En 2005, el rock
argentino se despidió de la iconografía más peligrosa del fútbol, pero no fue lo
único que sucedió. En el medio del horror y la desesperación por todas esas
muertes, todos esos jóvenes que arrastrarán las consecuencias por siempre, la
reactivación económica encontró su capítulo en la industria del espectáculo. Y
se produjo una paradoja conocida: los años ’90 también fueron pródigos en
orquestas al palo mientras el barco se hundía sin remedio. Y así florecieron los
megafestivales de todo tipo y factor, las visitas resonantes, que operaron de
manera inversa al célebre dicho: el bosque no dejó ver el árbol. Los múltiples
escenarios de esos festivales tuvieron la sana intención de abrir un espacio a
todos esos grupos que no encontraban dónde mostrarse, pero a la vez operaron con
el mismo espíritu chupasangre del viejo bolichero que caminaba a los músicos con
Sadaic, la luz y el sonido. Los celulares en alto –indicador, como los precios
de las entradas, de otro poder adquisitivo– reemplazaron a las bengalas, como
queriendo enviar una imagen de público redimido y sabio, la luminaria celeste en
son de paz. Y en todos lados brillaron los carteles, los que mostraban bien
claro la puerta de emergencia y los que gigantomostraban las innumerables
virtudes del sponsor.
El sponsorship no es un fenómeno nuevo –basta recordar
antigüedades como el Derby Rock Festival–, pero en el post Cromañón sirvió como
certificado de garantía, como opción respetable al tugurio estigmatizado en el
boliche de Once. Siempre es bienvenido aquello que apunte a mejorar las
condiciones de un show o un festival, pero la tendencia fue a la vez dándole
forma a un rock oficial que reactiva la vieja oratoria del Indio Solari (el
único que se atrevió a decir que no le molestaba si su público encendía bengalas
en La Plata) hablando de los rockeros bonitos, educaditos. Iniciativas como el
movimiento Músicos Unidos por el Rock (MUR) intentaron una variante, y muy
lentamente comenzaron a reabrirse lugares. Pero –otra vez: Cromañón es todos los
días– si en el aire del rock flota una sensación ambigua y depresora, no es por
la falta de bengalas sino porque no hay manera fácil de resolver el
después.
En los meses previos al incendio, el rock argentino había encontrado
el mejor remedio a la ola de piratería que desangraba los ingresos –de por sí
exiguos– por los discos editados. Como dijo alguna vez el saxofonista Sergio
Rotman, “a mí nadie me puede convertir en MP3 y ponerme a tocar en el
escenario”. Las muertes de Once truncaron también ese proceso y así es como este
año hubo otra parte de protagonismo que se llevó Capif, la cámara que nuclea a
las cuatro compañías multinacionales y 19 sellos independientes: en vez de
celebrar el contacto directo entre los artistas y su público, su buena salud
artística, la diversidad de géneros y mutaciones, el foco volvió a la “guerra”
antipiratería, las cifras, la pérdida de dinero de venta de productos. El
crecimiento de un 20 por ciento en las ventas de la industria discográfica, así
como las fabulosas cifras de asistencia a los megafestivales, no significan nada
para los artistas más afectados por lo sucedido en República Cromañón. No son
suyos los discos que se venden –porque la gran industria suele ser bastante
impermeable a grabar y difundir apuestas nuevas, y cuando lo hace sólo le deja
al artista las migas–, ni son suyos los ingresos por tanto gran cartel, ni les
sirve de mucho tocar a las tres y media de la tarde frente a cinco amigos y
cuatro tempraneros desinteresados.
El año se termina, es 30 de diciembre y el
rock anda medio torpe con las herramientas para darle forma a una nueva escena.
La cultura ha debatido y mucho en estos meses, pero las respuestas más sensatas
deben surgir de ese mismo corazón donde se produjo la muerte. Así como aquel
enfrentamiento entre “los que fueron al Festival de la Solidaridad” y lo que no
se resolvió con el tiempo y desde el interior del rock, los músicos, el público,
las áreas de producción, la prensa, todavía tienen mucho por recorrer. El día
que Cromañón sea sólo un aniversario y no un asombro, un enigma, un dolor de
todos los días, podrá decirse que los vientos de cambio llegaron.
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