REQUIEM

 

Ellos han sido los culpables, los demonios del dolor. Ellos. Solo ellos.

Vinieron una noche a embrujarme y desde entonces, presa del hechizo oscuro, me encadenaron a sus paredes frías y duras.

Mis muñecas y mis pies atados al muro, mi cabeza colgando hacia el piso. En completa desnudez, no me dejaron a salvo ni el pudor. Luego, escribieron a todo lo ancho, sobre la piel que cubre mi corazón, con una hoja de metal bien afilada: estás liquidada.

Al caer las primeras gotas de mi puta sangre escasa, cerraron todas las ventanas. La oscuridad era total.

Luego, se sentaron en el piso para gozar la agonía. Y oír el repicar de mis gotitas rojas y livianas sobre el suelo.

Mi ceguera era espesa, y el silencio también, aunque de cuando en cuando podía percibir sus risas, tan filosas como el metal que me desgajó el pecho. Podía sentir sus ojos violándome la cabeza, podía mi piel empastarse de sus lenguas lamiendo mis lágrimas, sus manos de clavos en las yemas de mis dedos. Podía sentir el dolor como una aguja de tejer atravesando mis retinas, mis pezones, mi ombligo...

Y apenas podía yo balbucear... libertad.  

Así el frío, la tortura, y el peso de mí misma me ganaron la batalla, hasta caer en estado de inconsciencia.

Me deslicé por tu tiempo, me hundí en tus ojos, vi luz. Clavé el borde de mi piel en la tuya. Cada día. Cada segundo. Abrí mis venas de par en par sangrando carbón en papel, témperas de tres colores, letras muertas. Reí en cada risa, en cada sol de mañana, y lloré en cada seis de la tarde.

Huí del mundo subida a tu ruta. Cumplí años cinco veces, me mudé tres, o cuatro. Se murió una persona, se internó otra, y fui a incontables recitales.

Pasé por el taller literario, me re cagué de frío, te invité a mi espejo, canté tus letras, gocé tus scaramanzias. Me agujereé la piel. Fui a tu casa cuando estabas y cuando no. Llamé desesperada, llamé feliz, llamé en llanto y en babas. Hablé.

Dí. Vida. Caleidoscopios.

Espejismos.

Maravillados con el show  los demonios del dolor están en plena orgía. Ciegos no me ven. No soy. No existo.

Bailan, balbucean en extraños idiomas, se masturban ante mí.

Demonios soberbios, sobrealimentados como cerdos, exultantes, cagan sin ninguna elegancia lo que les sobra bajo mis pies.

Ay ! Es que la muerte poderosa excita exhibida en tan delicioso festín !.

Enterrada a la luz de la vida, escupida y manoseada, agónica y latente, sigo sangrando gotas secas, ya sin color.

A oscuras. Hundida. Ahora mi inconsciencia vaga de niña a mujer, de mujer a niña.

Las máscaras ya están todas reventadas. La fiebre es helada.

El demonio del dolor ahora es solo uno, y tiene mi mismo nombre.

Al fin la soledad. Al final.

Es invierno. Nadie me vio. Nunca.

El significado de la palabra VERDAD yo lo conozco.

De haber sabido que iba a hacerte feliz, lo hubiera hecho mucho antes. Tal vez, alguna vez de todas aquellas veces en que yo quise alejarme.

Al fin la libertad.

 

LA RUBIA DE TIGRE
larubiadetigre@live.com.ar