|
PÍSO 93 ENVIADO POR PABLO
MOLINA
Rutina,
tediosa rutina. Otro día que comienza, la ciudad
te espera hambrienta y en la oficina todo será
igual: papeles, más papeles, puteadas, café-pucho,
papeles de nuevo, minifaldas seductoras y por
supuesto el aire que no funciona y como se dice
por ahí “la vida sin aire acondicionado no es
vida”... total al del Piso 93 no le importa,
él sólo mira elegantemente la vida de los descolgados
del laurel. Su mejor fruta, dice. Se acercan
las 2 de la tarde y es hora de volver al “depto”
en bondi, como siempre.
Al
llegar, una nota me advierte que no me dejo
nada para comer y... era todo?-pregunté- ¡soy
un iluso!, ay Redondos! son lo único que me
desenchufa de esto. Después de la reflexión
las tripas exigían morfi así que llamo al delivery,
pido churrasquito con tinto (fina prosapia)
y previo al banquete, una suculenta siesta.
Ya de noche mientras watcheaba la tele, la puerta
se abre con fuerza y entra ella sin decir nada,
como si no hubiese nadie. Me quedo en el molde,
ella se baña y se acuesta. Unas semanas más
tarde la escena se siguió repitiendo y yo sin
entender nada.
El
eje de la cuestión pasó un jueves, día en el
que suelo hacer horas extras, pero como el jefe
se fue antes (fiel a su costumbre) salí temprano,
digamos, y para aprovechar el tiempo pasé por
la armería del Polaco para retirar la 22 que
había encargado hace rato ya, y de paso, para
quedar bien, comprar flores para mi nena que
me espera.
Ya
en casa, busco las llaves en mi saquito blusero
para abrir la puerta pero estaba entreabierta,
algo que era extraño; entro despacio, había
ropa en el living y ruidos que venían desde
la habitación, algo mucho más extraño todavía;
me acerco y los veo ahí: mi novia con mi jefe
reventándose en la cama. Mientras los observaba
sentía que miles de sensaciones corrían por
mi cuerpo y empezaba a comprender lo sucedido
días atrás: la indiferencia, el aumento y otras
giladas más a las que no les di importancia
hasta que até los cabos y caí. Llego un
momento en el que decidí no mirar más, apagar
mis ojos tristes y librarme al azar: ¡Bang!
¡Bang!, están liquidados... “2 de la 22” hicieron
todo. En la habitación solo hay silencio y olor
a pólvora vengadora, el fuego que los consumía
hace unos instantes ahora me empieza a consumir
a mi y de repente... me despierto, sudado hasta
los huesos, agitado de más. Había vuelto de
mi infierno hacia la realidad, pero miro y me
pregunto ¿cuál es la realidad?, si allí en la
cama yacían los cuerpos medio tibios todavía.
Salí
lo más rápido que pude de ahí tratando de explicarme
lo inexplicable...
Hoy
las excusas no están de oferta, no era hora
de pensar, así que seguí corriendo hasta llegar
al edificio donde trabajo y subo hasta el 93,
último piso, buscando respuestas o cuasi-respuestas.
Allí me esperaba un ventanal abierto y miles
de sombras me indicaban lo que ya sabía que
tenía que hacer: saltar. Eran las ultimas fichas
y las aposté a todas. Ya en plena caída empecé
a ver imágenes, algo así como dice la gente
que “antes de morir ves pasar tu vida por delante
de tus ojos”, o algo parecido. La cuestión es
que el cemento se ve más cerca y ya no son sólo
imágenes las que me acompañan, a ellas se suman
unas distorsiones que de a poco se van convirtiendo
en rocanroles que endulzan la agonía. El final
es inminente e instintivamente extiende sus
manos tratando de amortiguar la caída que, a
una línea de realidad, se convierte en un “sacudón”
de su novia que lo despertaba al fin de este
mambo. Todo fue un sueño, un dirty sueño nomás...
A
veces soñamos que estamos soñando, y es en esos
sueños soñados donde la vida nos parece un sueño
y un sueño la vida. Por eso, querida, hoy ya
no puedo librarme a lo que te debo como ilusón,
y espero anciosamente que hagamos que valga
la pena la leyenda del futuro!.
Pablo
Molina |
|