VAMOS LAS BANDAS
Los Redondos, los perdedores y el estado de ánimo

Nosotros, los perdedores, no podemos decir mucho.
Nuestras denuncias no se escuchan entre tanto ruido.
Nuestros gritos son tantos y tan largos que forman parte
del paisaje como algo natural.
Sólo a veces suena nuestra canción
.

Esta frase, residente en el folleto de una obra de teatro, no es un mero adorno. Estamos viviendo tiempos jodidos, que estaría bueno llamarles críticos, en un sentido tal que pudieran degenerarse en algún cambio profundo, que no le diera patadas en el culo siempre a los mismos. Inmersos en una sociedad depredadora, que socava hasta los sentimientos más íntimos, los perdedores encuentran pocos y delicados lugares para refugiarse. Esta sociedad mediática, generadora de un show permanente, tiene muchos más años que el riesgo país, que la cantidad de ceros de la deuda externa (¿quién dijo que los ceros no valen nada?), que las cejas de Sanguinetti o las patillas de Menem. Y los perdedores no son solamente aquellos que no tienen laburo o aquellos que consideramos los sectores más marginados de la sociedad. También es perdedor aquel que está ocho horas realizando tareas que no le importan en lo más mínimo, aquel que sabe que su horizonte será encontrar la primera sonrisa que pase para compartir la vida o aquel que no encuentra ningún atajo que lo haga zafar de caminar en solitario. La cultura rock ha peleado contra esto desde hace mucho, hace años que viene mostrando que a los jóvenes no les gusta el mundo que les dejan... Los medios juegan aquí un papel fundamental. En pos de continuar el show, te ofrecen la Guerra contra Afganistán, Tom y Jerry y la muerte de un pibe que había caído en manos de la policía. Todo en la misma cacerola, casi sin discriminación. En esta situación no hay mensaje posible, el medio es el mensaje. Uno de los refugios que han encontrado los perdedores (no me animo a decir “el refugio”) es la misa pagana, la fiesta ricotera, “consuelo momentáneo, toque de amor”. Un lugar con características muy particulares, un rincón para sentirte parte de algo.

“Esa banda inconsolable de perros sin folleto,
 brujas de alma sencilla, patéticos viajantes.
Pobres tontos, pobres diablos, lunáticos diamantes,
prometidos de carne, lánguidos impalpables...
...
 son mis amantes.”

Debe ser tonto ponerme a explicar que el público que sigue a los Redondos ha cambiado. Desde aquellos tiempos de La Esquina del Sol, lugar al que si fueron todos los que dicen que fueron, seguramente tenía una capacidad similar al Monumental de Núñez, hasta hoy (unos veinte años después), las cosas han cambiado. Aquellos intelectuales, aquellos periodistas “psicobolches” (Indio dixit) hoy quizás no se noten tanto en la multitud. Aquellos primeras copias de Gulp!, primer trabajo discográfico de la banda, distribuidas a pulmón y en la mano de la gente, se han transformado en un montón de ejemplares de Momo Sampler, trabajo con una producción enorme, desde lo musical hasta el arte de tapa (el cual viene siendo por demás original y sorprendente, desde hace varios discos).Hoy la heterogeneidad ha copado la fiesta. Me resulta más cómodo hablar desde mi grisáceo Montevideo para ello. Y no es que no haya concurrido a los recitales en Argentina. Son simples razones de comodidad, no pregunten tanto, che!! Las tribunas del Estadio Centenario fueron visitadas por gente que va de los quince a los cincuenta y tantos años, por estudiantes, por profesores que juntaron peso a peso para pagar la entrada y por tipos que podían haber comprado veinte entradas. Uruguayos y argentinos, algunos que habían venido en avión y otros que no siquiera sabían contarte como habían llegado.

¿Cómo se produce esa conexión con incluso los sectores más marginados de la sociedad? No es fácil dar una respuesta a esto. Canciones con letras complejas, que han sido calificadas hasta de crípticas, son cantadas de principio a fin por pibes de quince años y tipos de cincuenta, por intelectuales que han visto el trajinar de la cultura rock y gurises que no han completado la escuela.
“(...)el arte es una disolución simbólica de algo entendido estéticamente, es sugestión misterio, y enigma. No es descripción ni enunciado, no son panfletos las canciones”, dice el Indio, tirándonos alguna pista. Hay una especie de intuición por parte de la gente,  que permite captar la poesía, fundamentalmente a través de su forma, de los símbolos presentes. Va más allá  del mensaje o del concepto que haya detrás. Digamos, es evidente que las letras tienen un contenido vertido por el Indio o Skay, pero cada uno es libre de hacer su viaje. A cada uno le llega “Scaramanzia, cábala de amor virtual / Scaramanzia para un sony samurai” de forma diferente y con rumbo propio. Pero aún detrás de ello, hay cierta uniformidad que la gente capta y que seguramente tenga que ver con el cuidado del estado de ánimo.

Negrita yace asustada
la hormiga se le durmió.
-Dios ya no quiere que baile...-
me dijo y me sofocó
Vamos negrita!
baila hasta el fin, hacelo por mí
.

No es común un recital de los Redondos. La gente se está preparando días (solamente por elegir un lapso determinado) para ello. Ese día, la complicidad de asienta en las calles. En el recinto, hay un sentimiento de pertenencia tal, que se establece una especie de hermandad entre gente que no se conoce. E incluso a algunos, si los vieses en la calle, cruzarías a la otra vereda. Palabras de una profesora de filosofía, cuarentona ella: “...entonces fui sola, y me sentí hermana de esa multitud, donde había gente como yo, de mi edad, mi onda. Pero también me sentí hermana de los energúmenos que hacían pogo allí abajo.” Palabras de un par de ricoteros: “En un recital Redondo podés encontrarte de todo: chicos y chicas, ricos o pobres ( no importa ), gays, lesbianas, familias con hijos, abuelas, discapacitados, incluso pudimos ver una chica en su camilla con respiración asistida y la gente que la cuidaba a su alrededor. Es algo indescriptible, no sabría como redactarte de manera efectiva la emoción que te inunda cuando ves a un tipo de 50 y pico de años llorando de alegría al lado tuyo. O cuando ves a padres y madres con sus hijos de 7 u 8 años en sus hombros cantando las canciones. Es muy difícil contarlo, pero vivirlo es hermoso, muy hermoso”. Hay cosas que son muy difíciles de explicar, que la razón no está apta para darle un lugar con sentido. Pero este tipo de cosas, el hecho de que la gente esté, horas antes de que la banda salga a tocar, cantando, saltando y bailando, es algo que da una especie de permiso. Un permiso que la banda ha sabido captar y ha respondido con un grado especial de coherencia a través de los años. Por eso cada vez que el Indio sale y grita su: “Holaaaaaaaaaa!!” y Skay rasga su guitarra saludando a le gente, no tienen más remedio que hacer canciones que ya se saben de memoria, pues hay miles de voces que están cantando lo mismo a garganta pelada. Ya no alcanza con el monitoreo a través del  auricular inalámbrico, pues ese estallido es demasiado grande. Con El pibe de los astilleros, Un ángel para tu soledad o la quizás inesperada Unos pocos peligros sensatos se desata el furor con la banda en el escenario, de una fiesta que había empezado horas antes (o días, si es que uno quiere agregar toda la previa que arman las bandas). Habría que incluir entre las maravillas del mundo esos rocanroles que se meten en el oído de aquellos que ya no se pueden mover, aquellos a los que Dios les quitó la protección y la alegría; esos rocanroles que todavía los hacen bailar y brillar.

Angel de la soledad y de la desolación
Preso de tu ilusión vas a bailar, a bailar...bailar
Por mis penas bailar...y por tu soledad.

Además de toda la energía desplegada en la misa pagana, me llama mucho la atención el final. Más allá de que la gente sabe que, en general, Ji ji ji es la última canción, es difícil ver una reacción bulliciosa. No se da como en el fútbol o aún otros recitales. Hay un silencio que empieza a reinar, como una especie de sobrecogimiento posterior a la descarga de energía, una tranquilidad que proviene vaya uno a saber de dónde. No encuentro una explicación fácil a esto y quizás no sea momento de abrir puertas a lugares místicos y cosas por el estilo; sólo me parece una constatación importante, una observación de algo que no sucede en acontecimientos del estilo. Quizás sea justamente por lo contrario, por la no existencia de acontecimientos por el estilo y uno, con la cabeza aceitada por tantos años del sistema, siempre recurre a meter las cosas bajo determinado rótulo.

Esta fiesta, este lugar del que huye la soledad, no es bien recibido por las instituciones ni los grandes medios, que no pueden explicar como casi sin publicidad se pueden meter ciento cuarenta mil personas en un evento (en dos días, claro está...). Y creo que los Redondos son concientes de ello y del lugar que tienen para las bandas, para los tipos que los siguen. Y las reacciones han sido mesuradas, mal que les pese a los medios de comunicación. No hay exacerbaciones que se trasladen a la gente, sino una especie de consejo, de que se cuiden el culo, que ahí afuera el lobo está esperando cualquier excusa para “contraatacar”. Y ni siquiera cuando ha sucedido lo peor (léase la muerte de Walter Bulacio) le han dado pasto a los medios, que de todas formas devoran todo lo que está a su paso. Muy criticados por esa actitud de no hacer declaraciones, no participar en las marchas y ese tipo de cosas, los Redondos tuvieron que tragarse una especie de culpabilidad de la que se los hacía cargo por no hacer lo que el sistema exige. Ellos optaron nuevamente por la intimidad, por la preservación del dolor como algo solamente  nuestro. Después de esa circunstancia trágica, no hay lugar para otra cosa más que para el dolor y la indignación. La transmisión televisiva implicaba la teatralización del dolor y su respectiva muestra. Esta actitud que ha muchos molestó y aún puede molestar no es más que un desprendimiento de un elemento coherente a lo largo de todos estos años: la protección de la intimidad, que a su vez no es otra cosa que el amparo del estado de ánimo. Y vuelvo al comienzo, en esta época de desolación, en la que abundan los medios de comunicación y su vez nos sentimos cada vez más solos, nos queda un refugio. Según alguna declaración añeja de la negra Poli, su tarea era la de reunir a la gente, intentando queel hombre no se encuentre solo, pues sufre demasiado”, y le ha ido bien, pues ha juntado cada vez más gente. En esta época de desesperación económica, donde el mercado ha tomado el lugar de un dios, hay un lugar para estar y no sentirte solamente un número. En estos días, me enteré de la suspensión  de la misa pagana que se iba a desarrollar en Santa Fé y de los variados motivos que aparecen como explicación, cosa que yo no he podido confirmar. Desde el estado de salud del Indio (que lo que genera inmediatamente es el deseo de su recuperación) hasta la crítica situación argentina (y en este caso creo que la fiesta es más necesaria que nunca, más allá de todos los inconvenientes que por ello aparezcan), pasando por una crisis interna de la banda (si esto es así, está el deseo de superarla y si no es posible, arriesgo la frase de que ya mucho me han dado).

Tiempos donde ya casi no hay lugar para reclamar, donde ser escuchados. Nos queda el arte como refugio, como lugar para reconocernos y para seguir soñando. La música de los Redondos ocupa ese lugar, tan necesario para que uno mantenga el estado de ánimo:

Un último secuestro ¡no!
el de tu estado de ánimo ¡no!
tu aliento vas a proteger
en este día ¡y cada día!

Esta nota ha sido realizada en base al trabajo “Vamos las bandas. Una aproximación al fenómeno sociológico de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota”, de Marcos Abella, Marcelo Fernández Pavlovich y Mariana Segovia.

Pulga Pavlovich.