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¡ELLA
DEBE ESTAR TAN LINDA! TEXTO
ENVIADO POR JUAN ANDRÉS FRIEDI
Ligeramente más pálido que de
costumbre se desplomó cuidadosamente en los primeros asientos del 142 negro.
Desde afuera las lágrimas heladas apaleaban las ventanillas, había sido una
noche agitada o algo por el estilo. Se había levantado a las nueve o las once y
arreglado a toda prisa, cuando se vio al espejo no puso cara de Facundo Arana
ni pensó “ésta noche insert coin”, estaba bien o un poco mejor: Camisa negra un
tanto gastada, vaqueros del mismo color.
Cuando estaba por salir a la
calle, “Picante” de la Curva de Maroñas le hizo uno de sus habituales chistes
sobre un inmigrante italiano y su afición por la pasta, al verlo salir por
enésima vez por esa puerta con un diluvio que parecía que el Barba hubiese
agarrado de punto a la miserable Montevideo… y un frío de cagarse.
Caminó unas cuadras hasta la
parada de colectivo a esperar la lata de sardinas que lo llevaría hasta el
boliche de turno en exactamente cuarenta y siete minutos, pero ni decir hace
falta que al pibe le pareció una hora, ni mas ni menos, por motivos que casi
solo él conocía y que había meditado bajo la lluvia largo rato mientras se
ponía un billete de 20 en la media, porque en eso se conocía muy bien.
La gente creía que lo miraba
raro cuando se pegó otra ducha al poner los dos pies sobre cemento. Ésta vez no
se pudo agenciar una entrada porque ya era entrada la noche, se dirigió a la
puerta con su tesorito en el bolsillo, una billetera negra muy coreana con 400
pesos y una tarjeta que no era de teléfono, muy gastada por usarla
inapropiadamente, al pasar cerca de un grupo de pibes de alta suciedad escuchó
silabear la palabra “drogadicto” entre carraspeos, por su apariencia quizás.
Ésta vez, cuando iba a dejar
toda esperanza no tuvo que fingir ser del otro lado del charco, pasó de largo
sin responder al grito marcial de “documento señores”, se ve que estaban
holgados en cuanto a seguridad.
Hizo un paneo de la pista y se
acercó a una barra a intercambiar sonrisas con una barmina, mascota del dueño,
que lo reconocía sólo porque estaba mojado hasta la punta de la chota. Pidió el
primer Vodka Martini. Batido, no revuelto. James Bond le sacó los hielitos con
la mano o con la tarjeta para disfrutarlo como se debía, e iba a desembolsar un
Figari cuando la conversación con la barmina cambió casualmente de tema hasta
que el transparente corpus delicti se lanzó a rodar un par de veces por una
escalera sacudida silenciosamente por el pibe que merodeaba la entrada por unos
segundos cada vez hasta llegar a la pista.
Casi se encuentra con unas
amigas, en especial una que no se sabe cómo mierda corrió a abrazarlo, el flaco
estaba en otra como luego su chica le diría por lo que se dedicó a pasar una
frívola noche de Vodka Martín, batido no revuelto y rock and roll mimetizándose
con el entorno sin dejar de buscar a la chica de los ojos afilados que veía más
veces de lo saludable por los rincones de la multitud, por lo que se dedico a
pasar una frívola noche de Vodka Martini, batido no revuelto y rock and roll
mimetizándose con el entorno, sin dejar de buscar a la chica de los ojos
afilados que veía más veces de lo saludable por los rincones de la multitud…
Se lamentó de ser humano y con
el alma apretada bien fuerte entre los dedos tambaleó hasta un baño y se
encerró a mirarse en el espejo hasta salir sin huellas de la simpatía de la
barmina luego de mojarse la frente con agua demasiado fría aceleró hasta la
pista y se dedicó a olvidarse era un infeliz, por unos momentos una rubia sin
casi morder el vidrio se animó a decirle se parecía a Jim Morrison y recibió
como respuesta un intento de sonrisa fugaz o mirada dulce tras los Ray-Ban
oscuros encadenados a los globos oculares desde hace un rato ya…
Unas pocas horas o minutos
después tuvo que salir casi caminando del boliche para tomarse el primer
colectivo a lo que llamaba hogar y acompañar a unas amigas que como casi todo
el mundo tiritaban de frío bajo el paraguas, la lluvia helada ametrallaba el
pavimento bajo los pies del muchacho que revisó en los bolsillos por el último Torres
García que cambiaría por algo de comida frente al boliche haciéndole caso a la
experiencia, destrabó el billete de 20 de la media y pagó el boleto hasta que
las chicas se refugiaron bajo el techo de la parada y se desnudaron los pies
para cruzar la cañada de pavimento. Una de ellas le pidió que la acompañara
hasta su casa - ¡para qué negarse!. Cuando sentía que estaba por tocar tierra
ante lo que era una sola mirada asustada y los comentarios de “te vas a agarrar
una pulmonía” inició una lenta carrera en la que se dejó literalmente bañar por
el hielo que caía del cielo.
Cantaba con voz esmerilada
algo, no era sólo un tema de una bandita y le retumbaría en la mente hasta que
dejó de estrujar las sábanas, se durmió a los saltos, pero soñando con esos
labios calentitos y un mantra ricotero…
¡ELLA DEBE ESTAR TAN LINDA!
Juan
Andrés Friedi, Uruguay
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