EL CHULO CHECHE
(EN SUS DOS VERSIONES)

ENVIADO POR JUAN ANDRÉS FRIEDL


       Desde el momento de conocerla, uno empezó a creer en Dios y en el Diablo. El otro, en cambio, lleva cadena de perro y desde que probó la sopa, la ve pasar y levanta la cuchara. Personajes de un dilema que no tiene mucho fin y los causantes del bardo que desvela a más de uno.

            Qué raro ella... jodiendo el espirómetro de un pobre policía. No sería capaz de hacer nada malo si no fuera por su medio litro de sangre casi irreconocible en el torrente alcohólico. Gauchita del after-party, pastillas y champagne importado en la vereda. Sé que no es la mejor imagen que uno pueda presentar, pero si uno escribe, tiene que escribir de algo. Nunca la ví colgada de un water ni dejando el estómago contra una columna, y espero nunca tener que verla así.

            Existen en la vida muchas mezclas peligrosas: Vodka con güisqui, güisqui con remedios, y ella con vodka, güisqui, remedios y encima un amor que desaparece. Por suerte no le da por vaciar botellas cuando le acechan las penas, aunque recuerdo algún turco que le bajaba el Chivas Regal. Es complicado el asunto, he visto volar las balas de lejos más de una vez y si pudiera elegir quisiera no estar en el medio.


            Es increíble cómo si la tinta es bien coreana pueden salir dos copias así, aunque de vista nublada y con ganas uno igual se los confunde. Reina imbatible de todas las pasarelas, desfila en un barco pirata y saluda a los tiburones. El uno espera en la barra, desenvolviendo despacio una nueva oportunidad. El otro mueve la lengua y se manda cada gesto que mas vale ni contar. Suena la marcha de fondo: “de esto están hechos los dulces sueños”. Un placar portando zunga le tapa la vista a medio boliche, y la nena otra vez a cambiarse de ropa.

            Gotea mientras tanto la lluvia en el sector no-techado, sigen desfilando chicas que si caen, caen de pie. Siguiente pasada a la luz de los flashes: Interesante diseño, aunque quedaría mejor en el piso de mi cuarto. Como era de esperarse, dos golems de creatina le cubren la retirada, evitando conscientemente despertar al suricato. (Con pilcha tan ajustada no hay bulto que pase la aduana.)

            Es interesante la variedad de reacciones que semejante despliegue puede llegar a suscitar: Van desde el tipo que, ¡válgame Freud!, se deprime por ver a papito y mamita desfilando frente a sus ojos, pasando por “glamur, belleza” y “que orto… entré gratis” hasta Sakofoto Imetoko, el turista niponés.

            El final del capítulo es bastante predecible, Yngwie Jodeme Malmsteen y el amigo ‘e toda la vida se cagan de risa con la rubia y la morocha, a mi me suena el celular y me despido de la nena. Un rato más en el banco, ¿qué cazzo se le va hacer? Un ajedrecista del amor tiene que tenerlas todas o bien darse por perdido.


JUAN ANDRÉS FRIEDL