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"CHAU
VIEJO" Texto
de DAMIÁN (Mar del Plata)
Este cuentito va dedicado a los cartoneritos de la plaza mitre,
quienes en las noches en las que el calorcito empieza a acariciar nuestros
contaminados cuerpos se acercan a veces a uno... para tirar unos tiritos en esa
canchita de basquet que ha sido testigo de las más relevantes hazañas
deportivas.... y boxisticas. Sólo puedo entrar en la segunda... pero eso es otra
historia.
A ustedes enanos, que dejan un rato sus carritos para
preguntarme si pueden jugar conmigo... sin saber que para mí es un honor... no
pierdan nunca las ganas de pelear... EXITOS AMIGUITOS.
Chau viejo
Ya falta poco, pensaba mientras
ponía las últimas botellas en el carrito. Un último modelo, sin stéreo, hecho de
madera y con las dos ruedas de una bicicleta, que en algún tiempo formó parte de
su niñez. De los lados del carro se abrían paso hacia el frente dos tirantes de
madera que le calzaban justo sobre sus hombros. Era tarde, podía observar en su
retorno a la villa, como salían de sus trabajos esos hombres grandes, con
trajes. Pequeños engranajes del sistema que le robó la niñez, que lo llevó a
tirar del carro como un buey, buscando cosas que pudieran tener valor en el
terreno de chatarras. Todo sea por un mango, para que coman los hermanitos, y la
vieja. Dios se apiade de papá. que se las tomó cuando empezaron a quemar las
papas!. Que dios se apiade, porque el no lo haría. El destino le cambió esos
sueños nocturnos, con aviones, y juguetes por horas de insomnio pensando dónde
estará, y cuando podrá cobrarse la deuda. Doce años, nada más, y salió a la
vida.
Con los meses se dió cuenta que no estaba solo, que había otros con
la misma "suerte" que él. Encontró compañeros con los cuales podía pasar el
rato. Los días de semana los pueden ver a todos reunidos en la plaza, de noche.
Convirtiendo la vereda en estacionamiento para sus carros. Y así por un rato, se
dedican a jugar al fútbol, u otros deportes. Dependiendo de lo que que tenga
alguno de los presentes en la plaza. De a poquito esos recreos fueron cambiando,
y con el pasar de los años el fútbol pasó al olvido. El nylon era la nueva forma
de escapar. Bolsitas, bolsitas que les acarician la naríz, y le traen
sensaciones de calor, de estómagos repletos. Repletos de que?? De nada, sólo es
anestesia, pero luego el efecto se va, y vuelve la cruda
realidad.
Pasaron dos años, se sumaron más odio, porro y el ansia de
terminar todo. El Mencho, un amigo, le traía envuelto en un pañuelo el regalo de
cumpleaños. El lo tomó, era pesado, frío. Al apartar el pañuelo estaba ahi, era
un 38, lindo pedazo de caño... mal limado, cierto... pero "a caballo
regalado....". Lindo juguete, todos sabemos que a los chicos les gusta jugar a
la guerra. A partir de ese día, el comenzó a jugar. No había kiosco, ni
bolichito que se le resistiera. La cosa comenzaba a mejorar, sus hermanos podían
comer al mediodia, y tomar un mate cocido a la noche, además siempre guardaba un
resto, para comprarse su "golosina". Le encantaba tragarse ese humo denso,
perfumado a hierbas, y sentirse por momentos una persona hermosa, divina. Tener
el poder de volar, el calor de mil infiernos, y tanta alegría que podría
matarlo. Pero todo eso, se va cuando se consume con la ultima
pitada.
Una noche se encontraba cerca de la estación de trenes cuando
vió a un posible "cliente", estaba vestido decentemente, sabía que no era gran
cosa, pero un veinte podría sacarle. Se acercó por la espalda, apuntó, y le hizo
el reclamo. El hombre dió la vuelta lentamente con las manos en alto para darle
su dinero. Al verse cara a cara, se dieron cuenta quienes eran. Padre e hijo,
juntos nuevamente. Nuestro amigo lo miraba fijo, mientras oía toda clase de
disculpas. Ruegos y perdón. El hombre al ver que no iba a cambiar en nada la
actitud de su hijo, le dió sus veinte pesos. El lo miró y sonrió. Estaba bien
metido en el negocio, justo la cantidad que el habia pensado. Antes de
retirarse, pensó en sus hermanitos, en su madre, y en lo que hubiera sido si el
los hubiera ayudado. Lo miro y le dijo: "Papá, solamente las ratas abandonan el
barco cuando se hunde... y vos un día me dijsite que a las ratas hay que
matarlas, para que no sigan propagando sus pestes. Sabes una cosa?, hoy voy a
poner en práctica lo que me enseñaste".
Fue lo último que se escuchó antes de la
explosión del 38. El gatillo desencadenó el viaje de aquella bala que entró como
entran las malas noticias, de golpe y sin aviso. El hombre cayó, cambio a su
hijo por un tercer ojo, que ahora sangraba en el pavimento. El pibe prendió el
último que le quedaba, lo fumó hasta el final, y se fue a la casa. A dormir con
la familia, y mañana será otro día.
DAMIÁN
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