|
ÁNGEL
DE LOS PERDEDORES TEXTO
ENVIADO POR LUCIANO
Podría
tapizar su cuarto con los números telefónicos
de esas doncellas desterradas con las que estaba
acostumbrado a tratar. Ese era, sin duda, su
único lujo y su principal defecto.
Desde
niño, funciono como una luz ultravioleta para
seres desangelados, atrayéndolos como hipnotizados
por ese brillo intencionalmente opacado por
las drogas de turno. Perdedores reales, los
cuales a diferencia de sus clones light televisivos,
verdaderamente tenían el poder de atraer los
rayos y la mediocridad.
Llego
a mezclarse entre ellos, por el simple placer
de saberse íntimamente superior en tanto y en
cuanto, podía descubrir bajo ese velo químico,
su brillo extremo, realzando todavía mas su
personaje, y traspasando sin demoras esa capa
impermeable que separa a los perdedores del
resto del mundo.
Era,
en esencia, uno mas de ellos. Demasiado bueno
para contarse entre los infames, demasiado infame
para llevarse el trofeo a casa.
Podía
pasar años en estado social catatónico, solo
por el placer de verse renacer de sus propias
cenizas, una y otra vez, relamiéndose ante las
miradas de ira de quienes lo creían ya muerto,
sin saber que la muerte, para los tipos de su
clase, se da cada día y a cada minuto, en pequeñas
dosis no aptas para seres de este mundo.
Y
así iba muriendo y renaciendo mil veces por
día, ganando en cada parada, un nuevo acolito
a sus innumerables fieles...
Es
que quienes eran espectadores de su metamorfosis,
se veían a si mismos tratando de repetir la
experiencia en si mismos, sin notar la ausencia
de alas y magia en sus corazones.
Lo
conocí hace mucho, ya ni recuerdo cuanto (como
si el tiempo fuera importante en los seres de
su clase) y instantáneamente nos reconocimos
como fuerzas antagónicas en una misma guerra.
Él, de su lado, prometiendo la salvación a quien
le diera a cambio el suntuoso regalo del brillo
de sus pupilas. Yo, intentando descifrar en
las suyas, esa ínfima diferencia que echaría
por tierra ese antiguo postulado que rezaba
lo aparentemente incuestionable... que el y
yo, éramos el mismo personaje.
|