17-06-2001 |
PÁGINA 12 Enviado a MR por Nueva Roma
EL NEGRO JOSE LUIS, ICONO TRIPERO Y RICOTERO
LA VERDADERA GRAN BESTIA
POP
El héroe de la canción
más famosa de los Redonditos de Ricota era el jefe de la
barra brava de Gimnasia y Esgrima La Plata. Falleció la semana
pasada. Aquí, la historia jamás contada de quien inspiró
al Indio Solari. El Negro José Luis
lideró la barra del Lobo platense desde los años 70.
Murió a los 46 años. Fue militante de la JP y fan
del rock: Polifemo, Pappo, V8, Hermética y, por supuesto,
los Redondos.
POR
GABRIEL FERNÁNDEZ
Un
entorno magnífico. En lo alto, un cielo limpio; acunando
la multitud, los árboles del bosque platense. Miles de rostros
ansiosos esperan el clásico. Sucede a principios de los 70:
la gente no pregunta por el precio de las entradas, simplemente
va a la cancha. Entre esa gente, justo en el medio de la cabecera
local, hay un negrito delgado, fibroso, con hombros imponentes.
La tribuna roja y blanca, desde un costado, en minoría, lanza
su artillería con pegadizo compás: “Para ser hincha
del Lobo/ dos cosas hay que tener/ una casilla en Berisso/ y un
long play de chamamé”. Racimos de berissenses y mondongueros
acusan el impacto, y la tensión social crece en los minutos
previos al partido. Pocos atinan a mejorar el “hijos de puta” o
el célebre “pincha, compadre...” El negrito no lo piensa
más: utiliza su singular potencia para subir a codazos a
un paraavalancha y empieza a cantar. En derredor se hace silencio,
hasta que todos captan la idea. Minutos después, los otros
tres costados del estadio aúllan la consigna, tosca y llana.
José Luis Torres (a) El Negro José Luis, una bestia
en la pelea callejera, dicta o vomita su historia, a modo de respuesta:
“Seremos negros/ seremos basureros/ pero en La Plata/ mandamos los
triperos”. El Loco Tabbia, un gordo enorme que participa del liderazgo
gimnasista, sonríe. Vacuna, con sus andrajos y su paraguas
pintado “Ginacia”, baila reivindicado. Y los pibes de la periferia
empiezan a hablar del Negro José Luis.
Puede
decirse: no fue un buen hombre. Puede decirse: nunca atemperó
la discordia horizontal. Puede decirse: su lealtad era imponente.
Y también: no peleaba para mostrarse valiente. Peleaba porque
le gustaba pelear. En un recordado recital de Polifemo, en el Club
Atenas, logró que toda una tribuna lateral se volcara hacia
el campo para batirse con los que habían conseguido la mejor
ubicación. En otro, de Pappo, protagonizó una riña
callejera memorable, a lo Tigre Millán, con un agravante:
varios de sus rivales portaban navajas y su grupo rompió
muchas cabezas a puro palo y fierro bien buscado. No fueron
los únicos cuchillos que se clavaron en su cuerpo. Hinchas
rivales, de Primera y del Ascenso, lograron herirlo, hospitalizarlo,
mas no vencerlo. Rápidamente volvía, vendado, a los
estadios y a los recitales. Algunas de sus tácticas fueron
ingeniosas: al atardecer de un domingo sereno, poco después
de empezar el segundo tiempo de un cotejo entre Gimnasia (triperos)
y Quilmes (cerveceros), un grupo significativo de hinchas de Gimnasia
se fue de la popular. Esperaron a los rivales trepados a los árboles.
Cuando la gente del Negro Thompson –el histórico jefe de
la barra de Quilmes– comenzó a recorrer el ecológico
paseo platense, desde las copas llovían hinchas. El efecto
sorpresa se completaba maniatando al huésped y lanzándolo
al lago.
José
Luis no había leído a Sun Tzu, pero tenía sus
recursos. A menos que estuviera atiborrado de drogas y de alcohol:
en esos casos, sólo peleaba, sin planificación alguna.
En una de sus tardes más oscuras, se lo pudo ver tieso sobre
un parante de la cancha de Banfield. Los compañeros lo sostenían,
hasta que en una jugada discutida, cayó. Golpeó su
cabeza contra un escalón de cemento. Se paró enseguida,
con una sonrisa nublada. Se quitó el polvo de la manga izquierda
de la remera y volvió a su lugar ante el asombro de quienes
lo daban por muerto.
Como
en los buenos tangos, vivió hasta grande con su mamá.
La relación era enternecedora. Aunque parezca extraño,
no faltaba el beso en la frente, el elogio desmedido y la comparación
con otras mujeres, que derivaba inevitablemente en un triunfo de
la Vieja. Su casa tenía las características de un
hogar humilde “bien llevado” por la patrona. Su habitación
era un compendio de banderas y elementos del Lobo conjugados con
discos y posters de rock. Su tesoro más preciado: la grabación
de un programa radial en el cual el Indio Solari narraba que él,
el Negro JoséLuis, era la Bestia Pop. En distintas etapas
de su vida escuchó a Polifemo, Pappo, Barón Rojo,
V8, Hermética y, por supuesto, los Redonditos de Ricota.
No lo sabía cuando los descubrió, pero Poli y Skay
ya lo conocían. En los primeros recitales platenses de la
banda, ese morocho enfundado en una gran bandera azul y blanca era
más conocido en la región que quienes serían
ídolos supremos en todo el país. Cuando la guía
espiritual y el guitarrista todavía podían ir a triperear
por los viejos tablones de 60 y 118 sin que se armara un amontonamiento,
observaban el accionar del Negro e, inconscientemente, tomaban nota.
Durante
el primer lustro de los 70 fue uno de los Jotapé más
entusiastas a la hora de movilizarse, tocar el bombo y pelear por
un país mejor. El golpe de 1976 lo alejó de la política.
Se dedicó a Gimnasia. Y a otros menesteres. Alcanzó
el complicadísimo liderazgo de la hinchada luego de reyertas
sorprendentes contra propios y ajenos. Entre fines de los 70 y mediados
de los 80, su reinado fue turbulento, pero admitido. A su lado combatían
figuras brillantes de las zonas bravías: Tabbia, el Oso,
Arrieta, el Tucumano, Olivia, Wimpy. Emergía con luz propia
un jovencito audaz: Marcelo Amuchástegui (a) El Loco Fierro.
Entre todos, y con varios más, construyeron mitos, golpearon
rivales, elaboraron poemas tribuneros, se convirtieron en la pesadilla
de “la Bonaerense”.
Una
noche, que según amigos fue la misma noche en que Vacuna
murió baleado en un local mítico llamado sin pudor
“El Rancho de Goma”, fue hasta la sede de Gimnasia, en la calle
4, y estampó en las paredes: “Mi Vieja, el Lobo y Perón”.
Llegó a discursear, a su manera, por los andenes porteños
cuando el triperío se movilizaba como visita. Sentado sobre
unos barrotes, explicaba a los más jóvenes la necesidad
de luchar “por lo que es de uno”. Una verba inconexa pero sugestiva
preparaba huestes eficaces, listas para arrasar lo que surgiera.
Claro: amplios sectores de las capas medias platenses lo tenían
como el peor ejemplo del mundo. Desde ciertos parámetros,
tal vez lo fuera. El Negro lo sabía y su afirmación
aumentaba. Había conocido el trato que algunos les dispensan
a los humildes: su padre, trabajador de YPF, arrastraba su historia.
Y aunque vivió tan poco como él, dejó su huella.
Por entonces, su gente cantaba: “Todos nos llaman/ los negros de
mierda/ la policía nos persigue sin cesar/ pero la gente
que sabe, comprende/ que a Gimnasia lo queremos de verdad”. Haciendo
alarde de una lógica sin hilván que, sin embargo,
muchos palpaban con naturalidad. El día gris en que descendió
Gimnasia, allá por el 78, se llenó los bolsillos de
piedras, se calzó la albiazul y salió a recorrer el
centro de la ciudad, sólo, a la espera de bromas y cargadas.
Esa vez no las hubo.
Con
los años, el consumo fue aumentando, las entradas a las cárceles
se intensificaron y su liderazgo fue decreciendo. Tabbia estaba
más viejo, pero Fierro irrumpía con dotes organizativos,
energía física e intransigencia ante la policía.
“El Negro José Luis es nuestra bandera, Fierro es nuestro
jefe” empezaron a decir los muchachos de las áreas sureñas
que no figuran en las visitas guiadas a la capital provincial. El
transvasamiento generacional se dio, y el Negro quedó como
bandera. Siguió peleando, aunque sin asumir la orientación.
Pero, como en las buenas películas de piratas, cuando
las canas empezaban a surcar sus cabellos, el amor irrumpió
y capturó al imposible. Hay quien dice que le hizo bien.
Lo cierto es que cuando empezaban a esfumarse los 90, una lobita
hizo su irrupción en la agitada vida de nuestro héroe.
La bautizó Paloma Azul, sorprendiendo no por los colores,
pero sí por un pacifismo que parecía ajeno a su personalidad.
Este es el testimonio de un amigo común que pudo ver el primer
encuentro del Negro José Luis con su hija. “Ella se veía
tan chiquitita, porque vos viste lo que es la espalda del Negro.
Primero se quedó paralizado, y después se transformó.
La agarraba, se reía, le cantaba algo de los Redondos, qué
seyo. ¿Sabés qué? Ahí me di cuenta de
que era la primera vez que el Negro era feliz, feliz así,
como cuando uno está recontento pero de veras. ¿entendés?
Y ahí me dio lástima.” ¿Lástima? “Sí,
porque me di cuenta de lo que pensaba. Como si lo dijera en voz
alta. El tipo la miraba y yo, que lo conozco, sé qué
pensaba ‘¿cómo alguien tan malo como yo pudo hacer
esto tan hermoso?’. José Luis estaba fascinado, loco, emocionado
con la pibita. Por ahí si le hubiera llegado antes... qué
sé yo, por ahí si le hubiera llegado antes él
hasta hubiera aceptado que merecía tener una nena así...
¿no?”
Aunque
suene raro en un país que parece no tener códigos,
José Luis y su entorno garantizaron durante bastante tiempo
algunas normas cuya mención puede confundir a los que miran
el trazo grueso de los alrededores. ¿Qué garantizaron
esos tipos ultraviolentos al frente de una hinchada tablonera, recia,
amable (al decir de Ardizzone), como la de Gimnasia? Básicamente,
la presencia de la familia en las canchas. Lo que la propaganda
de la AFA no consiguió, lo que los superpoderes policiales
no obtienen, lo lograron Tabbia, José Luis y Fierro. Quien
esto escribe, a riesgo de contrastar con pundonorosos eticistas,
puede afirmarlo por experiencia propia: en los trenes, en los micros,
en los laberintos de las zonas futboleras, se cuidó siempre
a la compacta madeja de hombres mayores, mujeres y niños
que buscaron en la pelota un juego y en la camiseta una pasión.
Las
peleas fueron descomunales. Pero los rivales eran unos gordos espectaculares
que “estaban en lo mismo”. Fierro murió baleado por la policía
en Rosario. El Negro José Luis, la Bestia Pop de los Redonditos
de Ricota, se fue el 7 de junio, días después de que
un dolor trivial lo llevara hasta un centro de salud. Tenía
46 años. Sus últimos momentos los pasó junto
a dos hinchas de su grupo: El Volador y Torugo. Una bandera azul
y blanca lo envolvió al final. Varias camisetas de los Redondos
lo despidieron. Manos nudosas hicieron la V. Quizás le cueste
llegar hasta donde está su padre. Tal vez deba esperar para
abrazar de nuevo a la Vieja. Pero cuando pueda, lo hará.
Lo hará como cuando era un chiquito oscuro, y volvía
al hogar después de trompearse con los “chetos” en las plazas
platenses. ¿Qué hacía –y qué hará–
José Luis? Le daba un beso al hombre de la casa y estrujaba
a la madre, a la cual le decía que la quería tanto
como al Lobo. Lo cual, ella lo sabía, era mucho decir. |