Libro
"Banderas en tu corazón", de Marcelo Gobello. Textos
de Vera Land.
SOBRE MÚSICA, VEREDAS
Y SILLONES POR VERA LAND
Cuando comencé a planificar el contenido
de este libro, una de las primeras obsesiones
que se me plantearon fue la de incorporar la
opinión de alguien muy especial y que a la vez
hubiera tenido un testimonio directo con la
historia de los Redondos. Las opciones eran
muchas pero no me interesaba ningún tipo de
visión o planteo que pasara por lo musical,
lo sociológico o la intimidad de la banda. Que
Vera Land haya aceptado el convite fue una alegría
y un lujo; durante años fue junto a Enrique
Symns la encargada de guiar ese "barco
de ebrios" que fue la "CERDOS &
PECES", además de ser un personaje importante
de esa irrepetible y tribal movida contracultural
(por tratar de clasificarla de alguna manera)
porteña de fines de los ochenta. Exquisita y
personal como escritora y periodista, bella
y seductora como mujer, su escrito nos remite
a distintos momentos y vivencias donde lo íntimo
se mezcla con lo urbano, y lo único que parece
persistir es la música... ¡ladren lo que ladren
los demás! |
"Banderas
en tu corazón", por Marcelo Gobello |
Escuchar tu música
es puro placer, quizás componerla genere ansiedad y dolor, no
lo sé, pero oír tu música no tiene sufrimiento ni requiere de
esfuerzo, sólo tenerla y colocarla en el aparato adecuado. Esta
actividad, aparentemente pasiva, necesariamente debe poseer
un contenido peligroso y libertario para que alrededor de quienes
eligen compenetrarse en ese mundo se erija una potente hostilidad
que, según los tiempos, se manifiesta de diferentes formas.
Tu música es un
inyección de identidad y a partir de ese sonido se construye
una forma de vida, una resistencia y una utopía.
Ese estímulo muta
con el tiempo, a veces no queremos volver a oír una canción
porque nos recuerda un tiempo perdido, a veces una melodía que
amábamos se torna insoportable -no por lo que esa melodía tiene
sino por lo que ella carga de nosotros, por lo que éramos cuando
la elegimos y ya no somos-. Otras veces una antigua canción
nos devuelve el olor o el recuerdo olvidado, despertando una
zona muerta de ese Frankestein que fuimos construyendo con los
pequeños cadáveres de nuestras ilusiones truncas.
Oír música es hedonista.
Es, sin duda, lo único que querés hacer cuando tenés trece o
catorce años y la vida es una promesa rota susurrada en estéreo
por ángeles que agitan sus alas acrílicas sobre tu lisérgica
percepción atormentada.
En mi barrio en
1979, mis amigos y yo nos trasladábamos de una casa a otra,
queríamos estar en el lugar donde tuviéramos más discos, donde
el volumen pudiera colocarse a tope; y en lo posible los padres
no estuvieran o estuvieran lejos. Nos gustaba apagar las luces,
fumar, tirarnos sobre la alfombra y poner ciertos temas que
nos hacían volar. Podés contar tu vida a través de la música.
En esas veredas que transitábamos con zapatillas All Star Converse
sucias -la policía de uniforme o de civil- nos detenía, nos
separaba y nos interrogaba. Para nosotros era natural,
antes de dejar una casa, ponernos de acuerdo en las respuestas:
de dónde veníamos, a dónde íbamos, cuál era el nombre y apellido
de cada una de las personas que integraban el grupo, los domicilios,
la forma en la que nos habíamos conocido y, súper importante,
que los datos coincidieran con los textos de los documentos.
Habíamos aprendido, en la calle, que teníamos que contestar
esos interrogatorios para poder llegar a destino. Nosotros no
nos preguntábamos por qué eran importantes esas respuestas,
hay un tiempo en la vida en que uno está haciéndose las grandes
preguntas y lo cotidiano siplemente sucede. Quiero dejar flotando
esa imagen de un grupo de adolescentes yendo de una casa a otra,
con discos de vinilo bajo el brazo, siendo detenidos e interrogados
bajo sospecha de conformar una célula terrorista.
Una noche de 1984,
dando vueltas con Perla, sin rumbo, por callejuelas empedradas
de San Telmo, pasamos delante de un bar donde una banda estaba
sonando. Decidimos entrar (no sé qué lugar era, probablemente
El Depósito) y esa música nos produjo un efecto magnético muy
poderoso. El tipo que hacía movimientos como si cortara bloques
de materia invisible mientras cantaba, despertó curiosidad en
mí; era raro y sin embargo no tenía nada de raro: no estaba
rapado, no tenía el pelo verde, no se estremecía como electrificado,
no estaba travestido ni se había puesto tetas, llevaba simplemente
una camisa y un pantalón, pero algo en él resultaba raro y atractivo.
Que yo me sentara
y pusiera atención al show no era lo más usual, porque siempre
estaba bailando, pero aún más estrambótico era que Perla se
quedara inmóvil (ella siempre estaba arriba de una mesa sacudiendo
sus bucles), nos fuimos sin preguntar el nombre de la banda,
pero al poco tiempo Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota,
comenzó a tocar asiduamente en los bares que conformaban nuestro
mapa nocturno. A mediados de los ochenta los Redondos actuaban
para un público muy glamoroso, que los elegía por la energía
fiestera que se generaba en los pequeños eventos, y por
las letras sofisticadas, irónicas, llenas de guiños para empedernidos
lectores y comiqueros. Pero ellos ya traían su gente de la "primera
época", una pandilla intelectual y margineta cargada de
personajes platenses y porteños que habían ido sumando mística
a la formación.
Cuando llegaron
los Redondos ya éramos unos irremediables escépticos, individualistas,
ególatras, y la lealtada duraba el tiempo que el perfume ajeno
tardaba en irse del cuerpo, el amor permanecía hasta la siguiente
ducha. Nadie tenía cajas de condones, no había que ser fiel
ni llegar a horario. Éramos ambigüos, egoístas, no planeábamos
el futuro y no estábamos dispuestos a perder ni un segundo de
nuestro valioso tiempo. No intenábamos tener un oficio ni estudiar.
Teníamos una actitud urgente: divertirnos.
El combustible
era la ginebra, la seducción y las palabras de Artaud. Podíamos
dormir en las escaleras del edificio del amante-obsesión que
estaba en otro departamento, en otra cama, y todavía llevaba
puesto nuestro olor. Comprábamos ropa vieja en la galería Quinta
Avenida y una red de departamentos con vistas espectaculares
y alfombras mullidas, más unas cuántas baticuevas húmedas conformaban
nuestros hogares nómadas y efímeros. El fondo era la música,
mucha música Redonda. Para cuando llegaron los Redondos nosotros
todavía éramos jóvenes pero ellos ya no lo eran tanto.
Cuando este fin
de semana detuve el zapping, anonadada, una y otra vez, ante
la imagen de la policía disparando directamente hacia los chicos,
desde mi cómodo sillón me pareció una locura, pero al rato me
acordé de las veredas de mi adolescencia. Así es la juventud,
corrés hacia tu música aunque una bala viaje hacia vos. Esos
chicos que arriesgan su integridad para entrar a un estadio
en los que los primeros acordes de su banda preferida comienzan
a sonar no son héroes ni mártires, más bien se parecen a mis
amigos y yo caminando por las veredas del Proceso. No son peligrosos,
no están organizados , solamente están resistiéndose a abandonar
sus utopías para no dedicarse a analizar los fenómenos sentados
en sillones mirando televisión.
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