| REVISTA ROLLING
STONE JUNIO 2006
EL CAPITÁN Y
LOS REDONDOS JUAN PABLO SORÍN

Juan Pablo y los
Redondos se conocieron hace más de 15 años, en una rateada en el
primer año del colegio Nicolás Avellaneda. En la casa de uno de
los chicos, sin padres a la vista, la cinta de Bang! Bang!... estás
liquidado! chirrió en medio de un silencio ritual, el hechicero
pelado cantó aquello de "Venderá algún milagro, nada de más...".
Para Juan pablo fue amor a primera vista, un golpe seco e irracional.
Después con el tiempo se sucederían los diversos estadios del feligrés
patricio: la inducción a la Redondología, la exégesis de los versículos
sagrados y los ritos de iniciación. Entre ellos, una expedición
inolvidable a la cancha de Huracán., en mayo de 1994 (la presentación
de Lobo Suelto, Cordero Atado), en la época en la que cualquier
ricotero en ciernes sabía que al recital se entraba con entrada
o sin ella. Juan pablo se plegó a todos esos rituales por mandato
emocional, ideológico y generacional.: como muchos, encontró en
las canciones del Indio Solari un cifrado manual de supervivencia
en un país confuso (en pleno menemato). Fue a verlos al interior
(Villa María, Mar del Plata, Tandil), se compró los discos y asistió
al triunfal regreso en el estadio de Racing. El detalle, si es que
hay detalles en esta historia, es que Juan Pablo era un excelente
jugador de fútbol. Y algo más que eso...
Pocos meses después
de aquel caótico show de los Redondos en Huracán -sobre cuyo barro
al día siguiente todavía humeaban los petardos y los vidrios rotos-
debutó en la primera de Argentino Juniors. Y al año siguiente, en
Quatar, Juan Pablo -sonrisa de nene, brazalete de capitán precoz,
raya al medio casual- le apretó la mano a la momia Havelange y levantó
el trofeo del Mundial Sub 20, el primero que conquistó José Néstor
Pekerman como técnico de las selecciones juveniles. Era la misma
copa que había levantado maradona en Japón, en 1979.
De manera que, por
ese entonces, Juan Pablo era un ricotero en pleno ejercicio de sus
funciones: un ilustrado seguidor de lo que se conocía como rock
barrial (y que hoy es simplemente rock nacional) logrando lo máximo
que puede conseguir un futbolista a los 18 años. Acaso lo máximo
con lo que sueña cualquiera a los 18 años: jugar al fútbol, ser
campeón, levantar la copa de Maradona... Hoy con los 30 recién cumplidos,
a las órdenes del mismo DT, con el brazalete firme -apretando un
bíceps del doble de volumen que aquel bracito borrego-, con los
Redondos disueltos pero la longeva patria ricotera en plena vigencia,
Juan Pablo va camino a encabezar la procesión albiceleste por el
más escalofriante y glorioso de los túneles (no el del tiempo),
con el cometido de repetir aquella conquista adolescente, esta vez
en las arenas de la máxima competencia deportiva del planeta. Sí,
un miembro eminente de la generación ricotera medular, curtido con
el oficio del rock local de los 90 hacia acá, al mando del equipo
que irá detras del tricampeonato. Y eso no suena nada mal en el
contexto de un mundial en que la cultura rock argentina, como nunca,
se siente parte activa y aliada estratégica del certamen y fiebre
pelotera. Como síntoma resonante (además de la tapa de esta revista),
la FM más importante de la industria -Rock&Pop- ofrecerá una
cobertura exhaustiva del torneo, que incluye la participación como
comentarista de Andrés Ciro, de los Piojos, emblema de lo que se
ha dado en llamar "futbolización dle rock". Juan Pablo,
nuestro hombre de tapa, representa el anverso del mismo fenómeno:
la rockerización del fútbol. En definitiva, canciones son amores.
O goles son canciones. Y antes de que la pelota vuelva a rodar y
las familias se llenen de emblemas albicelestes, basta indagar con
cierta profundidad en la historia y la personalidad del capitán
para entender cómo ciertos valores obtenidos descifrando enigmas
ricoteros hoy se pueden entrever en ese instante previo a los himnos,
cuando su firme melena -otro símbolo que sobrevive del rock de aquellos
días- corona su mano junto al pecho, para comprobar también con
qué naturalidad los mundos del fútbol y del rock se entrelazan en
la vida pública del país y en las vidas privadas de la generación
JP.
"¿Hay mate?",
pregunta el hombre al ingresar en el estudio de Palermo donde se
hace esta producción. "Ah, y otra cosa, ¿cómo puede ser que
en una producción de la Rolling Stone no se escuche música?",
comenta con una sonrisa y asiente, cómplice, cuando alguien hace
sonar Stadium Arcadium, el reciente disco de los Red Hot Chili Peppers.
JP se arregla la melena que se dejó crecer desde los 13 años, que
se cortó en la era passarelliana y que recuperó a partir del 98.
Afable y a la vez distante, así se deja ver. Su caso no es uno más,
y ese rol trasciende el mero hecho de que su silueta se corone por
la cinta de autoridad que Pekerman le concedió. Es un símbolo. Su
melena lo es.
Así lo hace saber
la invasiva campaña que lo tiene en gigantes proporciones por las
calles en todo el país, promocionando una empresa de celulares de
capitales mexicanos, prometiendo que el tipo hablará por todos -y
mucho- desde adentro de la cancha. Así lo muestran los más realistas
videojuegos que reproducen su traza icónica -melena enrulada, dientes
apretados, pechito argentino- y la convierten en un arma letal,
si es bien usada, en los esquemas del jueguito de la FIFA de la
Playstation. Así lo muestra también el modo obsesivo en el
que él mismo -¿otro aprendizaje ricotero?- apuntalado por la mirada
de su mujer, Sol Cáceres, custodia celosamente su imagen públic,
da del pibe que encabezará la salida del equipo al estadio de hamburgo,
el 10 de este mes para enfrentar a Costa de Marfil, amplificando
el latido de millones.
Como si se tratara
del genio de Villa Fiorito, empecemos hablando de los sueños de
la infancia, que una cosa debería llevarnos a la otra.
¿De chico querías
volar? Me acuerdo de ese sueño porque era un poco loco, esas
cosa de volar, y estaba buenísimo. Era una sensación de libertad.
Entonces volá al
11 de julio de 2006, dos días después de la final del Mundial. ¿Cómo
se ve la Plaza de Mayo desde el balcón de la Casa Rosada? ¡Ojalá!
Pero antes tenemos que pasar la primera ronda, porque ya nos pegamos
un palazo en el 2002. Mi ilusión es muy grande, como la de todos
los argentinos, y no vamos a hablar nada. Ojalá podamos concretarlo.
Pero no hay que equivocarse con los objetivos porque para llegar
muy alto primero tenés que empezar por lo básico, por los cimientos.
¿Qué efecto social
creés que tendría ganar el mundial de Alemania? No hay que equivocarse:
los problemas del país, que los resuelvan los expertos en política
y economía. Ojalá que los argentinos seamos campeones del mundo
por lo que significa ser parte de un sueño, ser parte de algo histórico,
y ojalá que podamos ser campeones del mundo en lo que nos gusta
hacer.
¿Qué esperás de una
copa del mundo que te encuentra como capitán?¿Se vive distinto? El
deseo es el mismo. Es un honor y un orgullo llevar la cinta de Diego
y la que llevaron Passarella, Ruggeri y tantos grandes, pero lo
que más importa es que hagamos un gran mundial. Ya es hora, no?
La sensación es esa: que ya es hora de que se pueda, que la suerte
nos ayude un poco y que ojalá salga un mes perfecto.
¿Cómo viviste los
mundiales como hincha? Disfruté del Mundial de 1986, pero era
muy pibe. El que viví como hincha, de salir a festejar, fue el del
90. Me acuerdo de que el día que le ganamos a Italia por penales,
nos subimos a una camioneta y casi nos matamos con unos amigos cuando
veníamos por la avenida Santa Fé hacia 9 de Julio.Estuvo buenísimo
porque no te importaba nada. Los huevos que puso ese equipo lo hicieron
llegar muy lejos cuando muy pocos daban algo por la selección, incluso
con Maradona.
¿A vos también te
cortaron las piernas en el '94? ¿Estás entre los que lloraron por
Diego? Sí, claro, hubo lágrimas... todos lloramos! Y fue lo que
dijimos en ese momento: si no lo sacaban a Diego de ese mundial,
éramos los campeones. La selección estaba muy bien, con el Coco
Basile jugaba un fútbol bárbaro, vistoso y con variantes por todos
lados. ¡Qué equipo! Redondo, Bati, Caniggia, Simeone... Fue un momento
de los más tristes como hincha de la selección.
Un año más tarde
llegó la conquista en Quatar. Una semana después de esa vuelta olímpica
juvenil, ya estaba en la tapa del Sí! de Clarín.: con una remera
de The Doors -su grupo favorito por entonces- hacía de líder y cantante
de una banda de rock imaginaria en la que sus compañeros Fede Domínguez,
Lombardi, Arangio y Mariano Juan tocaban el resto de los instrumentos
Por esos días, en la edad de la inocencia, también llegó a la tapa
del diario tomándose el colectivo para ir a Ezeiza a entrenar, cuando
aún no manejaba (hoy pilotea un Audi). Por esos días fue velozmente
transferido a la Juventus de Italia, donde permaneció apenas una
temporada sin jugar demasiado. Su consolidación como futbolista
de carácter, caudillo prematuro y guerrero de las dos áreas llegó
en su rápido regreso a la Argentina, jugando para River en la etapa
más exitosa del club en las últimas dos décadas, que incluyó la
obtención de la Copa Libertadores 1996. Todavía faltaban varios
años para que los relatores con acento latinoamericano forzado
que inundan los canales deportivos le dijeran "Corazón valiente".
Antes de irse a Italia,
JP había terminado el secundario en el turno noche, alternando exámenes
en el Avellaneda con la durísima rutina de entrenamiento, sin dejar
de lado la militancia rockera y cierta lectura que le ganó fama
de adalid progre (Cortázar, García Márquez, Bukowsky). Al finalizar
la escuela, pensó en inscribirse en Letras en la UBA, pero era demasiado.
Cursó algunos meses de periodismo en TEA y abandonó, pero de aquella
experiencia le quedó cierta vocación comuncacional y una amistad
-con Martín Correa- que derivó en el programa Tubo de Ensayo, en
la FM La Tribu, en el que pasaban mucho rock nacional y trataban
diversos temas sociales y culturales. Acaso un tibio ensayo de lo
que hoy la FM ofrece com la alianza entre los mundos del fútbol
y el periodismo musical.
¿Cómo apreciás a
la distancia aquella experiencia radial? Fue buenísimo. Tuvimos
un programa que era de rocanroll nacional cuando todavía no existía
La Mega, cuando la única radio dedicada enteramente al rock era
la FM La Boca. Nosotros dijimos: "Tenemos que darle más cabida
al rock nacional". Hacíamos dos horas de rock nacional, hablábamos
con artistas, actores, pasaba de todo, un poco de cultura, un poco
de política. De lo único que no hablábamos era de fútbol ni de deporte.
¿Lo disfrutaste? Nos
divertíamos mucho, la pasamos bárbaro, porque uno de los placeres
más grandes es poner en la radio la música que te gusta. De eso
sí me siento orgulloso y contento, por haberle dado un lugar al
rock nacional que quizás se había dejado un poco de lado en esa
época.
La relación de JP
con la música es intensa. Además de ser ricotero apostólico y practicante,
y de escuchar clásicos del rock nacional como Charly, Spinetta,
Fito y Baglietto, el capitán de la selección le hace lugar a un
desfile en el que entran The Doors, Whitesnake, Sabina, Herbie Hancock,
Caetano velos y Goyeneche, entre muchas cosas. "Empecé a escuchar
música en casa. Mi hermana escuchaba un casette con una etiqueta
naranja de Dire Straits, y hubo un acorde que me movió. Eso fue
lo primero. Después, en casa, siempre se escuchó mucha música, porque
a mi viejo le gusta de todo y ponía sus discos. Desde The Beatles
hasta tangos. Pero no sé si me enganché mucho con eso. Quizás, creo,
soy más consciente de la música a partir del secundario, de la primera
vez que escuché a Sabina. Mentiras piadosas fue mi primer casette".
Desde entonces su vida pasó por Turín, Belo Horizonte, Roma, Barcelona,
Laye -un suburbio de París- y Benicassim (donde vive actualmente),
jugando con mayor o menor éxito en algunos de los clubes más importantes
de Europa (Juventus, Lazio, Barcelona). Sus discos lo acompañan
allá donde el fútbol lo lleve. Y a veces la cosa excede los discos.
En el 2000, cuando River lo vendió al Cruzeiro, JP se siguió en
directo la presentación de Los Redondos en River -la del pogo más
grande del mundo- a través del celular de un amigo que estaba en
la cancha.
¿Cómo llegaste a
eso? Yo me quería matar porque no podía estar esa noche: en River
y viendo a los Redondos. Cartón lleno. Pero bueno, los había visto
en Racing y había sido un show fantástico. Como aquél de Huracán.
Me acuerdo de cuando tocaron "Jijiji", estábamos en el
campo y era una marea increíble de gente. Llegó la banda de Aldo
Bonzi y ya no valía la seguridad, nada.
Nada del típico "de
a uno y con la entrada en la mano"... Claro, nosotros teníamos
las entradas pero no hizo falta mostrarlas. Entramos todos derecho.
Recuerdo el ritual del bondi y los himnos, y después con el coche,
todos cantando... Eso queda para siempre.
¿Tuviste contacto
con Skay o el Indio? Con SKay y la Negra nos cruzamos por Palermo
Viejo, cuando todavía era un barrio que sentías que te pertenecía.
Que podías parar y que nadie te jodía. Que te podías sentar a leer
o escribir y que pasaba muy poca gente. No había negocios de ropa...
Para los pibes que tal vez no conocieron ese Palermo: yo me sentía
muy identificado con esa tranquilidad. Yo paraba en los bares porque
además, mis viejos vivían cerca y era una excusa para tomar algo
y vernos con mis amigos. Encima, lo mejor es que la conocía a mi
mujer, Sol [la chica del video "Avanti Morocha" de los
Caballeros de la Quema].
¿Qué sensaciones
te quedaron tras ese encuentro casual con Skay y Poli? Mucho
respeto. Yo siempre tuve mucho respeto, nunca fuí de "me firmás
un autógrafo?", ni tampoco de ponerme una camiseta ni andar
onda "eh, soy fanático de los Redondos".
¿Por qué? Porque
entendí siempre la música como un disfrutar pero sin romperle las
bolas a alguien ni idealizarlo: "Uy sí, es un genio, un ejemplo".
Nah. Disfrutaban de lo que hacían como me pasó con todos. Después
me tocó conocerlo a Sabina, tener conversaciones con el flaco Spinetta...
Pero ese día cuando me crucé con Skay, fue solamente saludarlo y nada
más. Me alcanzó.
¿Conocer a Sabina
te sorprendió? Sabina es él. Es su esencia de vida. El famoso
poeta callejero, un poco rocanrolero, un poco romanticón. Cuando
estuve con él fue en el camarín, dos minutos,: el estaba tomando
un qhisky y fue "Hola, que tal", y ya está. Ah, el encuentro
con Charly fue hace poco tiempo y hubo muy buena onda. Justo lo
invitamos a ver un partido contra Brasil, vino y ganamos 3 a 1.
Así que si puede venir al mundial sería buenísimo!
Pese a que en tu
casa se escuchaba de todo, tu adolescencia fue de rock nacional
a pleno. ¿Cómo llegaste a eso? Porque cuando aún no había radios
de rock nacional, y mientras a otros amigos míos les encataba Metallica,
Iron Maiden, todo más heavy, a mí me gustaba entender las letras
del rock nacional.
¿Cuáles fueron tus
discos de iniciación? Ciudad de pobres corazones, de Fito.
Otro que fui a comprar fue Filosofía barata y zapatos de goma, de
Charly; Kamikaze de Spinetta. Y ya un poco más grande, sí, todo
lo de los Redondos y Divididos, que son las dos bandas que más me
marcaron.
¿La música que escuchás
varía según tus estados de ánimo? A mí me gusta todo: rock, bossa
nova, reggae, fado... También te hablo de cumbia o de folclore,
que tal vez no conozco tanto pero cuando lo escuché, me encantó,
porque es sentir música de tu tierra y me pasa algo que me emociona,
como con el tango. Sí, lo de los estados de ánimo es cierto. Hay
música que te levanta, te sirve cuando querés engancharte más: ponés
AC/DC y te viene bárbaro. Así como cuando caigo en la bohemia de
alguna época de mi vida y escucho a Silvio Rodríguez, y no me siento
mal por decirlo. No creo que por escuchar cumbia no pueda escuchar
a los Redondos, ni por escuchar a Soda Stéreo no pueda escuchar
a la Nueva Luna, Atahualpa o León Gieco. Es más, esas mezclas me
encantaron. Como cuando León se juntó con los Piojos, o los recitales
de Divididos invitando a músicos de Jujuy. Sonaban muy bien.
¿Alguna vez se te
dio por tocar? No. Disfruté con amigos, con gente que toca. En
París hicimos una banda de amigos argentinos y uruguayos; y después
de comer o tras los partidos, se ponían a tocar. Yo a lo sumo acompañaba
con coros, pero con las manos no soy muy hábil que digamos. Tal
vez algún día me anime, pero por ahora nunca me pintó.
Ya lo dijo el Mono
Burgos: "Es complicado porque el rock se vive de noche mientras
que el fútbol se juega de día". Claro, yo disfruto la música
del lado del espectador, soy un profesional del fútbol que no cree
que haya una disociación con la música. En general, un show es temprano,
es como ir a un cine o a escuchar música en un bar. Lo bueno que
pasó es que después de la explosión de Argentina es que las bandas
nacionales empezaron a tocar mucho más., hay mucha más oferta para
todos.
¿Llegaste a conocer
Cromañón? Sí, lo conocí.
¿A qué bandas habías
ido a ver? Fuimos con algunos amigos a ver a Pier. Había escuchado
un par de temas y queríamos ver como sonaba en vivio. Esa noche
también prendieron bengalas y por suerte no pasó nada. La sensación,
después, es que estábamos todos inseguros. Esperemos que no vuelva
a pasar. Lo que ocurrió es terrible y es como para repasar todas
las medidas de seguridad dejando el negocio de lado. Y hablo
de todos, desde el gobierno a los dueños de los lugares.
¿Cómo te pegó en
ese momento, a la distancia, pero como público de esa clase de bandas? Me
dolió mucho, fue un momento oscuro, doloroso, de una pena enorme;
y creo que no existen las palabras para transmitirles a los familiares
que perdieron a su gente en aquella trágica noche.
En la tradición de
Valdano, JP desarrolló paralelamente a una carrera futbolística
de primer nivel, una relación con la palabra escrita. Hace algunos
años tuvo una columna en el No, de Página 12, y actualmente publica
una serie de relatos -Sangrando vacíos- en una revista independiente
de fútbol española, Media Punta. Entre sus últimas lecturas destaca
Budapest, la novela de Chico Buarque. La obra del brasileño comparte
estante con Raymond Carver y los intransferibles Soriano, Cortázar,
Bukowsky y Fontanarrosa.
¿Cómo elegís qué
leer? Me gusta de todo. Me partí la cabeza cuando conocí el realismo
mágico, cuando leí a Cortázar y a toda esa generación del 60 que
un poco revolucionó toda la literatura de por acá. Y me mató Soriano
cuando, como uno de los pioneros, acercó literatura y fútbol.
¿Cuál fue tu primer
libro? ¿Te lo regalaron o te lo compraste? En mi familia siempre
hubo libros dando vueltas. Mis abuelos leían bastante. Yo justo
dormía en la casa de mis abuelos, donde dormía mi viejo cuando era
pibe, y junto a la cama había una biblioteca, y antes de dormir
jugaba un poco a los videojuegos, miraba tele o me pintaba leer
algún libro. Pasó lo mismo en la casa de mis viejos. Y después las
historias que te movilizan te llevan a seguir leyendo, así como
si tenés la suerte de contar con algún profesor o una maestra que
te hace querer la literatura o lo que te guste, o la historia o
lo que fuere, aprendés.
También escribís,
¿qué te produce eso? Es como vivir otras vidas. Uno escribe primero
para uno. Y si se anima o quiere vivir de eso, en algún momento
lo publicará o dirá: "Soy escritor". Yo no. A mí me gusta
escribir, escritores son otros, y por suerte en Argentina tenemos
de los grandes.
¿Cómo empezaste? Nace
como la necesidad de decir muchas cosas que a veces uno no puede
vocalizar. Y después, de volar con la imaginación. Escribí desde
chico, me sirvió también mucho a mí, como terminar de escribir algo
y sentirte muy aliviado porque pudiste sacar cosas. Y después fui
leyendo cuentos y quedé fascinado por cómo escribían, los mundos
a los que te llevaban.
Hasta que un día
te animaste. Me animé y fui escribiendo cuentos, poesías y cosas
así. Dejé casi todo para mí, salvo un par de cositas que publiqué
alguna vez en el No y todo lo que ahora estamos haciendo en Media
Punta. El único cuento que publiqué es el del libro Grandes chicos
[a beneficio de la reconstrucción de dos escuelas y un hospital
rural del Pampa de los Guanacos].
¿Sangrando vacíos
tiene que ver con una experiencia personal? En ese texto hay
mucho de autobiográfico. Y lo más importante para mí de Sangrando
vacíos, en definitiva, era marcar lo que estaba pasando en la Argentina.
La metáfora de lo que antes se volcaba tanto a la política, después
de la última y terrible dictadura, toda esa energía se volcó más
a otras pasiones como la música o el fútbol.
Sos un renacentista:
¿también pintás? Soy malísimo!
Significa que probaste. Una
vez, apenas pinté un cuadro. Empecé a entender mucho más de pintura
al lado de Sol, porque pinta, y su viejo lo hace muy bien. Me pasó
de ir a museos y ver en cuadros cosas que antes no veía. Ví cosas
con alguien que entiende al lado, pero no desde un lugar académico,
sino desde el saber apreciar el arte. Hemos tenido la suerte de
estar en museos espectaculares, como ver el Guernica y toda la serie
anterior... Fue emocionante seguir todo lo que involucraba a la
Guerra Civil española. Ver como se fue haciendo y llegar hasta el
Guernica fue un flash. Pero pintar, no. Me gusta escribir.
¿Solés leer lo que
escribiste tiempo después? Ahora hace mucho que no lo leo. En
Media Punta me dejan escribir lo que quiero. La revista es independiente
y gratuita, y la idea es sacarle lo mejor a este deporte. El lema
es "El fútbol desde otro punto de vista".
El pibe, a los 12,
escuchó cuando a su familia le sugirieron que lo anotaran en el
exigente y prestigioso Nacional Buenos Aires. El se negó. Como muchos,
pensó en su futuro, su destino, pegado a una pelota. Su vida siguió
marcada por la contradicción de ese gesto de lucidez púber resignificado
a la distancia que cobrará otro valor durante este mes de junio.
Quizás, si Dios -como dicen- es argentino, este pibe nos traiga
la copa. O deje en Alemania alguan página histórica del fútbol local.
¿Te pusiste a pensar
que habría sido de vos si no fueras jugador? Mirá, siempre me
gustó escribir, pero nunca me había visto un talento como para decir:
"Si no soy jugador, seré escritor". No, ni a palos. Cuando
terminé el secundario y tuve que decidir, estudié periodismo, pero
más por las contratapas de Página 12 que escribía el Gordo Soriano,
más por pensar: "Y bueno, quizás algún día pueda hacer algo
como eso...". Más por eso que por el periodismo en sí. Igual
estuvo bueno. Fue un año en el que aprendí cosas, estaba con mis
amigos y la pasé bastante bien. Pero la verdad es que siempre quise
ser jugador de fútbol. Yo amo el fútbol. Y si no llegaba, me habría
sentido muy mal. No te puedo mentir.
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