Luzbelito y las sirenas encabezó, allá por los años 90, el disco con el
que Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota construyó uno de los grandes
capítulos de su apasionante historia socio-musical. Aquel trabajo, sólido por
donde se lo aborde, conmovió con un himno (Juguetes perdidos), agitó con un
clásico (Mariposa pontiac) y sorprendió con un novedoso arte de tapa cuyo
protagonista central terminó escribiendo su propia aventura.
Luzbelito, la escultura, nació de las manos e inspiración de Rocambole; animó
una muestra en la que fue secuestrado; luego lo rescataron y ahora, como bien
dice su letra, está inmerso en la más profunda de las soledades.
* * *
Restan un par de minutos para el mediodía y La Plata, ciudad en la que nació
la mítica banda de rock, comienza a reeditar su agotadora rutina de calles
superpobladas. Adentro, en la Facultad de Bellas Artes, hay afiches que se pisan
entre sí, un par de esculturas que esperan ser restauradas y una agradable
melodía que proviene de algún salón, allá a lo lejos.
El vicedecano -Rocambole, el Mono Cohen o como se lo quiera llamar- está en
su oficina del primer piso. Atiende el teléfono, escucha a una estudiante que
golpea la puerta en busca de un cambio de horario, y se entrega a una charla
larga y distendida, que transcurrirá por la vida de dos de sus más afamadas
creaciones: Luzbelito y, por supuesto, el Esclavo de Oktubre.
Soledad
Luzbelito no nació a partir de la letra terminada, sino que
se fue gestando con ella. Skay (Beilinson), el Indio (Solari) y el artista se
reunieron en interminables veladas para narrar la historia, compartir la poesía
y confrontar pareceres, hasta que cayó en la cuenta de que esta vez el volumen
reemplazaría al dibujo.
Primero lo asoció con el dolor de un esclavo encadenado, al que alguna vez
había visto en un libro; después imaginó la forma que le daría y, cuando dejaba
fluir su inspiración, se vio obligado a acelerar el proceso porque los músicos
habían terminado de grabar y comenzaban a ponerse ansiosos.
Decidido, se encerró en el taller, amasó el barro rojo y al cabo de dos o
tres horas salió con el primero de los Luzbelitos terminado. Sí, el primero,
porque en realidad fueron dos: el que habita en el interior del disco, y el que
fue a parar a la tapa.
El de la tapa no le gustó, y lo deshizo después de tomar las fotos con las
que compuso la imagen. Al otro, en cambio, lo cobijó bajo su ala y ese mismo
año lo expuso en el Pasaje Dardo Rocha, donde fue secuestrado.
“No sé si es un demonio o un condenado. En todo caso, que cada uno le dé la
interpretación que quiera, como se hace con las letras...”, resume el escultor.
Durante el tiempo en que el pobre muñeco -de unos 30 centímetros de alto y 9
kilogramos de peso- estuvo cautivo, su dueño recibió varios mails; para ser
precisos, al menos uno por año. “Tengo a Luzbelito, cuánto pensás pagar” y “Sé
dónde está...” son dos de los que recuerda sin necesidad de forzar la memoria.
Cree que algunos eran truchos, y otros quizás no; de todos modos, nunca estuvo
dispuesto a radicar la denuncia, ni a pagar el rescate que recién se produciría
en noviembre de 2005.
Fue cuando una causa penal que nada tenía que ver con el secuestro, llevó a
la policía a allanar el departamento en el que lo habían escondido (adentro de
una caja y en compañía de los recortes periodísticos que hablaban sobre el
delito).
Pasaron nueve años hasta que el artista volvió a tenerlo entre sus manos.
Aquel fue un encuentro emotivo, pero efímero; entre otras cosas porque tras el
reconocimiento lo volvieron a guardar en la comisaría, desde donde -y por su
condición de prueba- fue a parar al despacho de un juez.
Cohen asegura que ahora está solo pero bien guardado en una bóveda de
seguridad, en la que espera por su liberación y el reencuentro final que está a
poco de producirse.
El más famoso
Oktubre es más viejo que Luzbelito. Nació a mediados de
los ‘80 y, entre otras genialidades, incluye Jijiji, tema al que es muy
fácil considerar como la obra cumbre del rock nacional. La placa está asociada
al dibujo de un Esclavo que levanta las cadenas y, fronteras adentro, está casi
tan difundido como la clásica imagen del Che.
Acompaña a las banderas en las canchas de fútbol, ilustra las tapas de las
carpetas escolares, se roba el protagonismo de las remeras, adorna las mochilas,
mancha las paredes y se torna recurrente en materia de tatuajes corporales. Es,
podría decirse, la cara misma de la recordada banda rockera.
“Si te cuento cómo nació no me lo vas a creer”, desafía entusiasmado. El
disco ya estaba en la calle cuando lo llamaron de apuro para decirle que tenía
un par de horas para ilustrar el aviso, que al día siguiente saldría publicado
en la Capital Federal.
Sin tiempo para el titubeo, Rocambole se cruzó al kiosco, compró un marcador
negro, líquido corrector y enfiló para la casa de Skay, donde le dio la forma
que pudo. “Lo hice a las apuradas, sin mayor dedicación”, y aunque por pudor no
quiera decirlo, le salió redondo. Es más, asegura que no sería el mismo si le
hubieran dado el tiempo que realmente necesitaba para hacer el trabajo. Pero
aquel dibujo terminó ilustrando al CD que se editó más adelante.
“Me inspiré en el Himno nacional Oid el ruido de rotas cadenas, y le puse la
impronta heroica del grito de libertad”. Con el tiempo apareció en todos lados y
le hizo ganar dinero a infinidad de personas, entre las que no se encuentra su
creador.
“Nunca vi un mango, ni me interesa verlo. De última, me quedo con la emoción
de verlo en las remeras, y con la certeza de que ya no es mío, sino de la gente
(...) Cuando me preguntan si pienso hacerle juicio a los comerciantes, respondo
que no sería honesto de mi parte; sobre todo porque allá lejos en el tiempo, yo
mismo me las rebusqué estampando (en remeras) imágenes de Yes y de los Stones,
sin pedirle permiso a nadie. En todo caso, les agradezco que me sigan haciendo
publicidad”.
* * *
Entre orgulloso y conmovido, Rocambole suspira y cuenta. “La otra vez,
buceando en internet, me encontré con una página que mostraba una serie de
imágenes pintadas en las paredes de Canadá, y entre las seleccionadas estaba la
de este Esclavo. ¿Qué sentí? Una emoción muy grande, como la que experimenté
cuando iba en el Falcon y me pasó un auto, de esos modernos, con la calcomanía
de ese al que le decís muñeco en la luneta trasera. No te miento, pero creí que
me saludaba” mientras se lo iba devorando la distancia.
Lo llamativo es que, tal como ocurrió con Luzbelito, el artista perdió
contacto con el original; sólo que aquella vez fue para siempre. Lo entregó para
que realizaran la promoción y jamás lo volvió a ver.
Es muy probable que lo hayan tirado, sin sospechar lo que la música y la
plástica serían capaces de hacer en tan perfecta armonía. En todo caso, será el
propio Luzbelito el que pueda consolarlo cuando regrese a sus brazos.
Le dirá que “Verte feliz no es nada, es todo lo que hacemos por
ti”.-