| Enviado
por NAMBULÚ CHESSMAN Fuente original:
DIARIOS
APÓCRIFOS DEL INDIO
RECORDANDO
LA LLEGADA A OBRAS 89
Miro el reloj y me digo que Poli ya tiene que estar por volver. Skay me mira
desde la cocina, lejano, estudiando las funciones de su nuevo doble cassettera
mientras bebe una cerveza. Según lo pautado hasta el momento con la gente de
Obras solo quedarían detalles mínimos que pulir, eso es lo que yo hablé con
ellos, no habría ningún inconveniente serio, nada que no se pueda solucionar.
Sin embargo estoy ansioso por la llegada de Poli. Quiero que llegue lo antes
posible para que nos confirme que está definitivamente sellado el trato, firmado
el contrato y decididas las fechas de las presentaciones. La Negra es la que
mejor defiende los intereses de los Redonditos. La que tiene el pulso justo para
debatirse entre los empresarios del espectáculo. Si vamos con Skay los tipos sin
querer se sienten intimidados con nuestras presencias y huyen hacia delante
tratando de ganarte terreno.Cae Poli. Su entrañable sonrisa, la bayoneta
reluciente de su dentadura cada vez que las cosas salen bien ilumina todo el
living. Con un adusto gesto triunfal me dice que lo llame a Rocambole para que
comience a bocetar las entradas para Obras. Tocaremos en Obras ladren lo que
ladren los demás. Después de beber unos apurados tragos de fernet Poli que
parece una cobra en celo abrazada a Skay, me dice que el 2 y 3 de diciembre a
las 22 horas. ¿Cuanta gente entra al final?
3000 - me dice barriendo con todo el
interior de su vaso.Se apoltrona en el sillón y quiebra su cuello hacia el
respaldo. Por una milésima de segundo una suerte de terror me invade por
completo. Pero se que no nos abandonarán. Poli hace su reflexión acerca de que
es transar y no transar. Con un oído le presto atención para terminar de
redondear la idea, con el otro escucho la multitud de pibes marchando por las
veredas de Avenida del Libertador.
Un Rockanroll para la Avenida
del
Libertador...
Ni bien llegamos todo me pareció raro. Mucho más raro de lo que me
imaginaba iba a sucederse previamente de este lado de Buenos Aires. El barrio de
Nuñez, su pulcritud edilicia, el olor a ciudad pretenciosa hacia que no
encuentre del todo las coordenadas de realidad necesarias para establecer
contactos lógicos con el mundo. Pese a todo esto algo en mi corazón latía con el
brillo de los mejores días y los conectores sensoriales de mi mente, todo el
neocortex se iba adaptando lentamente.Cuando entramos las dimensiones del
gimnasio cerrado de Obras me llenaron profusamente de vértigo. Es increíble e
indescriptible, ser el responsable directo de la convocatoria y ver un estadio
vacío pocas horas antes de que se abran las puertas de ingreso. Llenarlo parece
una tarea imposible, uno sospecha que no alcanzan todas la etnias del mundo para
lograrlo. Skay intentaba calmarme diciéndome que ya estaban desde ayer todas las
entradas vendidas, mientras el Soldado, el Vikingo y su troupe de estibadores
del rock arriaban los Marshall con movimientos rápidos y precisos de
contrabandistas. Nos dirigimos hacia el lado de las plateas, trepamos por
adelante como seguramente harán algunos chicos esta noche y nos quedamos un rato
mirando el escenario. Imaginábamos el marco que se generaría no bien entre la
calurosa noche sobre la ciudad y el griterío de los pibes tape todo este
silencio que hay ahora en el ambiente. Skay decía que si fuera parte del público
no sacaría nunca platea que le gustaría navegar en el mar de sudor de los que
deliran en el piso. Le respondí que a mí en cambio siempre me gustó ver un show
tranqui, tomándome un copetín si es posible. Me recosté sobre la butaca como si
de un espectador de mi mismo se tratara, como si anticipara la figura de mi
espectro contoneandose y buscando cautivar sobre el escenario. El nerviosismo
que experimentábamos antes de tocar en la puta meca del rock me tenía no del
todo pero si un poco preocupado, notaba la garganta seca y un sudor constante
deslizandose por las palmas de la mano. Me cago cien veces en el rock bussines,
en sus presiones y en sus exigencias.
Sabíamos que los chicos entendían que
clase de movida estabamos haciendo y que el “que no vamos a ir a Obras un
carajo” podía quedar relegado sin demasiados problemas en pos de cierta
comodidad, de ciertas convenciones que creo deberemos comenzar a respetar de
ahora en más y de cierto espacio que indudablemente nos estaba faltando. Ya
recibimos de parte de la vieja tribu el sarcasmo de Symns y de alguno más de los
antiguos y nunca bien ponderados “compañeros del alma” pero más que nada las
expresiones surgieron siempre como un modo inevitable de broma por todo lo que
se supuso de nuestra negativa de tocar acá. El único que verdaderamente intentó
hacernos daño es Polimeni en “Sur”. Pero como aconsejan los grandes estrategas
de la guerra no les demos bola a enemigos de poca monta. También, me contó Poli,
escribieron un par de pintadas con aerosol acá enfrente. No voy a negar de que
es lógico que alguno se sienta defraudado con la decisión de tocar en Obras pero
somos una simple banda de rock , no una maldita religión. Los nervios
traumáticos que anteceden al show estaban esta vez bastante potenciados por la
situación conflictiva de Obras sí- Obras no .Me habían provocado una terrible
acidez estomacal, así que decidí salir del gimnasio y mandarme solo para cruzar
Libertador sin más compañía que la de mi sombra como si necesitara escuchar en
el trayecto el sonido de mis ríos interiores sus ecos y versiones acerca de los
días que corren. Skay tenía ya todo el cablerío conectado a sus guitarras y a
sus pedales, estaba engolosinado como un chico probando sonido. Recién cuando
volviendo del kiosco con varios uvasales en el bolsillo y haciendome visera con
mi mano para cubrirme del espeso sol que caía a esa hora de la tarde escuché la
viola de Skay tocando los acordes sentidos y naturales de “Esa estrella.. .
sentí que aterrizó como una epifanía, como un poema de lexota un bello y sobre
todo necesario sosiego a mi cuerpo. Cuando se ensamblaron a la canción el bajo
de Semilla, los parches de Walter y el saxo de Sergio, cuando noté que la banda
se henchía como una bestia inteligente y poderosa con un encanto capaz de
cautivar a un ejercito completo de locos supe que todo estaría bien esta noche,
que todo saldría como el ágora secreto del destino lo tiene pautado.
Obras adentro,
el Soldado es el encargado de establecer la música de fondo hasta que el
verdadero show comience, mientras termina de ajustar los últimos detalles
concernientes al sonido y de revisar las vallas que nos separan del público
intenta seleccionar con la mano que le queda libre un par de temas del más
excelso rock and roll antes de que salgamos a tocar. La gente ya lo conoce y le
sugiere a pura vociferación que pase a los Doors, a Zeppelin, “poné a Hendrix,
Soldado” le gritan .A eso de las 20 abrieron las puertas. Media hora después
salí de los camarines para ir a observar el aspecto de “la visita” con sutileza
me oculté detrás de la bateria y me dispuse a pispear a los recién llegados. Los
primeros que entraron lo hicieron con una intrigante parsimonia. Se sentaron en
círculos sobre la cancha de basquet a esperar que comience todo. Enseguida más
gente y allí sí más agitación que se iba contagiando de unos a otros, como si
cada uno de los grupos que ingresaba a Obras debiera mostrar una vieja
pertenencia hacía la banda exteriorizando todo tipo de pasiones sobre todo con
cánticos, manifestación ostensible de excesos y miradas sabedoras de todo los
concerniente a la galaxia de cómo dice Poli, los malucos.
Observé los primeros
remolinos humanos bailando con un tema de Sumo. Un poco más acá de donde se
concentraban los más vivaces me sorprendió una cantidad de pibes y pibas que por
sus modales y ropas no pertenecían a las tropas profundas del rocanrroll. Se los
veía demasiado cool, muy bien vestidos y con todo un aire de provenir de estos
barrios aledaños. Los más próximos a mi visión, ostensiblemente alterados por
los productos se mostraban las marcas que habían quedado en sus venas.Poli llegó
con tres botellas de fernet que consiguió en el bar del club. Ya se había hecho
de noche cuando el Vikingo que venía de la calle nos contó que la cola superaba
las dos o tres cuadras, que por ahora todo estaba en orden y que los más
quilomberos eran unos pibitos de menos de veinte años que se habían trepado al
alambrado y desde allí arengaban a los demás a cantar canciones de su propia
invención. Nos sentamos con Skay a repasar la lista de temas, mientras
pensábamos en los posibles bises comenzaron los cánticos cada vez más fuerte
dentro del estadio. “Esta hinchada está reloca/ somos todos redonditos/
redonditos de ricota” un estribillo por el estilo que por momentos, atronaba.
Afuera también cantaban siguiendo lo que escuchaban desde adentro. A más de una
hora para que arranquemos, la fiesta parecía haber comenzado. Le agregué más
agua al fernet. La soda me hace eructar mientras canto, así que la evito a toda
costa y es fernet y agua mineral el mitigante placebo que sorbo con juicio. Me
cuido de que el calor y la ansiedad no me carguen demasiado de líquido. Mi
compañera me ha elegido para esta noche un atuendo especial. Un mameluco blanco
recién traído de Brasil. Skay se prueba frente al espejo su sombrero de cowboy.
Poli se lo ladea para un lado y Skay lo vuelve a enderezar. Al final Poli le ata
un pañuelo rojo a modo de vincha.Es hora de salir a escena, miro los lienzos
pintados por el Mono iluminado por los reflectores y me gustaría ver como se ven
de frente con todo este marco de público. Las bandas aúllan. Nos reímos de los
cantitos maliciosos de la popular contra los de la platea y nos
conmovemos con ese trino ensordecedor que ofrendan emocionados, algo
así como: Ya lo veo/ ya lo veo / esto es para Luca/ que lo mira desde el cielo.
Mientras camino hacia el escenario pienso en las casi tres mil personas que
colman el estadio y en los tantos que lo harán mañana. Siento como ese
crecimiento de la gente se nota en mi piel a cada estremecimiento. Siento que
buena parte de ellos comienzan a habitar la pensión de paredes humedecidas que
de ahora en más tiene lugar en amplios sectores de mi corazón.
“Unos pocos peligros sensatos”. Bienvenidos al show!
Lo único que sale sale
de mi voz ni bien salimos a escena es emitir un engolado
“Hoooooooola...!!!!!!!!, las piernas me tiemblan por unos segundos hasta que la
banda empieza a sonar y el saxo de Sergio anuncia que todo había por fin
comenzado . Noté como Sergio se agazapaba a mi izquierda como se agachaba más de
los normal para soplar su instrumento como si desde el fondo de los avernos,
desde el piso del escenario buscara más potencia para sus pulmones, por un
momento pensé que estaba por levantar vuelo. En el segundo tema ya estabamos
todos bañados de sudor y allí empecé a divisar a la multitud en cueros llenando
cada uno de los rincones del gimnasio. Como es costumbre los chicos se empezaron
a trepar al escenario. Saludé a los primeros con la mejor onda pero después le
dije al Soldado que no dejara subir más a nadie. Me distraigo un poco cuando se
paran a mi lado. No se si me quieren saludar, si me quieren dar un beso o si
quieren cantar el estribillo. Por suerte no tengo la paranoia de que me maten,
todavía no, pero comienza a tornarse un tanto molesta esta situación . Otros me
arrojan remeras y cartas. En Skylab una chica muy joven, recuerdo su cara al
ponerme la carta en el bolsillo de la camisa me contaba que el recital era su
primera salida en libertad luego de pasar seis a la sombra por haber matado a un
hombre. Me conmovió que su primer impulso fuera venir a vernos. En la popular que
estaba a mi derecha había una bandera muy grande con la inscripción Aldo Bonzi,
pibes fieles y humildes que nos siguen desde hace un tiempo largo a todos lados
y que no hace mucho nos esperaron a la salida de un ensayo para que le
autografiemos la bandera.Uno de los mejores momentos de la noche fue cuando
sobre la base del vals “Desde el alma” los pibes cantaron “vaaaaaaaaaaamos,
vaaamos los Redondos”. Antes de que termine el recital le insistí a los chicos
que afuera tengan especial cuidado esta noche, que sean capaces de no dar la
mínima excusa para movilizar a la Infantería más allá de el espacio vigilante
que le han asignado. Los milicos siempre esperan este tipo de eventos para
justificar su puto hambre de represión.
Qué momento. Parece que todavía estoy dentro de los camarines improvisados
bajo el escenario fumándome el quinto pucho al hilo mientras busco con la mirada
clavada al piso algún tipo de explicaciones a lo sucedido esta noche. Casi me voy
a las manos con un tipo de Obras. No se le ocurrió mejor idea al idiota en ese
momento de tensión que intentar cargarme de culpa por poner la entrada a un
monto tan “accesible”. La ironía con que profirió esta última palabra me reventó
el páncreas. No viste el elemento que vino- agregó. Desde la barra brava de
Chacarita hasta rezagados de recitales de Riff y V8. Me lo tuvieron que sacar
porque lo molía a golpes. Juan se hizo el desentendido de la situación, un poco
amparándose en que nos había advertido a Poli y a mí que no le parecía buena la
idea de tocar en la cancha de hockey. Cuando hace unas semanas vinimos con la
Negra a recorrer las instalaciones nos pareció un buen lugar, amplio, cómodo y
bastante seguro. La gente de Obras nos lo había ofrecido al ver el éxito de los
primeros recitales en el estadio cerrado. Ahora que me relajo un poco creo que no
fue un fracaso, yo no la pasé nada bien pero la gente en general disfrutó del
show, se fue contenta.
El gran error que cometimos fue el escenario, su armado.
Ese gran monstruo tubular. Nadie se imagina lo que sufrí pensando que todo ese
puto aparataje de caños en cualquier momento se le vendría encima a la gente.
Podría haber ocurrido lo peor. En ningún momento de la noche pude hacerles
entender a los chicos que toda esa mierda se podía venir abajo. Se seguían
subiendo una y otra vez haciendo zozobrar con su peso toda la estructura. En
algún momento, creo que cuando estaba cantando “Vaca Cubana” experimenté una
sensación inédita en mí que todavía mantiene sus consecuencias, sentí como la
confluencia de la bronca y la angustia juntas igual que una planta trepadora que
iba recorriendo de punta a punta mi garganta me bloqueaban la voz, hice un
esfuerzo sobrehumano para terminar de cantar el tema. Ahí terminé por sacarme
del todo, veía cada vez más gente sobre el escenario y ninguno le daba bola a
mis pedidos, de que por favor!!!, se bajen. El marco de tubos de hierro
temblaba cada vez más y se balanceaba como si estuvieramos soportando un
terremoto de gran escala. Mi crisis trepó a lo máximo que podía trepar cuando un
tipo más o menos de mi edad con un aro de cola de conejo como su marca más
identificatoria suspendido de la zona más sensible del escenario, a unos tres
metros de mí me decía que “no me ponga histérica que estaba todo bien”. Le hice
señas de que suba más acá para boxearlo, no me parecía bien darle un golpe en
esa posición en que se encontraba, voltearlo desde esa altura. Me arrepiento de
haberlo desafiado ante la mirada de todo el público. No fue un buen signo. No
colaboraba en mucho para bajar los decibeles de la situación. Todos me vieron
exasperado hasta la locura con unas ganas tremendas de embocar al tipo ese. Fue
el momento más caótico de la noche. Ahí, harto de quilombo le dije a Poli que no
iba más que comience a suspender el show. No podíamos ser responsables de una
tragedia al pedo. Con una dura y clara dialéctica Poli me convenció de seguir a
toda costa, me hizo entender que si suspendíamos el show todo podía ser peor, el
desmadre iba a ser total. Sopesé como mis nervios me lo permitieron la posible
situación y también creí que debíamos capear la tormenta del modo que fuera y
buscarle un final digno a la noche haciendo lo que fuera posible para
cumplimentar nuestra parte artística sin que nadie se vaya lastimado. Le
pregunté al Soldado si era posible apuntalar las columnas de hierro de los
costados. Con rostro desesperado y con las manos abiertas me dijo que estaban
haciendo todo lo que podían para evitar que todo el escenario se mantenga firme
y en pie.
El Vikingo luchaba contra las columnas como contra un robot
gigantesco. Todo el equipo dejaba la vida por que más o menos todo esté en
orden. Le tiré la idea a Skay que empezara a zapar cualquier cosa un baión para
calmar a las fieras, una forma de llamar la atención, un calmante a tanto
desborde. Skay comenzó a improvisar Rock Baby Rock, un tema de los Doors que
alguna vez tocamos en los ensayos. Agarré el micrófono y me puse a cantar en
inglés. Reconozco que nunca me sentí tan extraño sobre un escenario. La guitarra
de Skay saturaba hasta emitir un chillido insoportable – “Esto es para la
gilada” ahulló Skay por su micrófono y parecía como si le estuviera con su
sonido, pegándole chirlos correctivos al público. Después de eso se bajaron los
últimos que quedaban arriba del escenario y el recital siguió su curso de manera
más o menos normal. Poli arriba del escenario sonreía con un rictus duro propio
de una gran piloto de tempestades hasta que otra vez comenzaron los desbordes.
La sacó de quicio una vieja como de sesenta años con una túnica marrón que
parecía Indra Devi y que se sentó sobre el escenario en pose de meditación. La
alzaron con el Vikingo y la sacaron por atrás del escenario. La noche a esa
altura se presentaba para cualquier cosa. Entre tanto despelote me distraje
mirando como pasaban los autos por Libertador. ¿Dónde mierda estábamos tocando?
Como pudimos retocamos nuestras emociones, nos pintamos de estoicismo para
terminar con decoro lo que ya era un verdadero desastre. Tocamos el popurri
para los bises y dimos todo por finalizado. Skay me miraba como preguntandome si
ibamos a salir otra vez y yo sin decirle nada encaré definitivamente para los
camarines.
Desde allí escuche otra vez el quilombo, cada vez se hace más difícil
contener a la gente. Tendrían que saber que todos sus destrozos lo pagamos
nosotros. A mi no me molesta que venga la barra de Chacarita de Laferrere o de
quien sea, los pibes de Rata Blanca o de Heavy Conga pero debo admitir que
existe un componente marginal difícil de manejar. Chicos rebeldes dentro de la
sociedad y también dentro de un recital de rocanrrol. Es algo a lo que me voy
acostumbrando y que de todas las formas posibles debo aceptar. Cuando se iban
saquearon los puestos de bebida. Desmontaron a patadas los puestos de chapa y
cargaron con todo. Me contaron los que estuvieron cerca que se iban con las
hamburguesas crudas bajo el brazo. Que en la inmediaciones de Libertador corrían
con cajones llenos de cocacola. Se reunían en las esquinas a canjear helados por
cerveza. La inocencia depredadora de los pibes, fumados y escabiados hasta el
alma trocando palitos de frutilla y crema por sevenup. Terminamos con la
recaudación embargada. Según Poli no vamos tener problemas en cobrar lo que nos
resta pero nos descontaran los gastos ocasionados.
Hace un rato tuve ganas de
rezar, de inclinarme hacia los degenerados dioses del universo y agradecerles
que en definitiva no haya pasado nada grave. Me pone muy mal que cada vez
tengamos que estar más pendientes de la seguridad de los chicos, no sirvo para
eso. Voy a hablar con Poli para ver si se puede contratar gente especializada en
eso. Es increíble que tengamos que estar más atentos a eso que a
conmoverlos a través de las canciones que indiscutiblemente es lo único
que sabemos hacer.
|