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AVANCES DEL LIBRO "A BRILLAR MI AMOR" - de Jorge Boimvaser

 INTRO

Realmente los relatos mitológicos son fabulaciones inexistentes. Por tanto, Los Redondos no existen ni jamás existieron. Una ficción de naturaleza perfecta creó el espejismo, quizás a partir de un holograma proyectado desde universos irreales a fin de promover una visualización de fantasía. Todos cuantos caímos en semejante trampa holográfica vivimos años enteros engañados por un laser de sugestión hipnótica.

La historia de Los Redondos nunca ocurrió, su obra musical y poética nos inundó fantasmagóricamente y- lo más triste- ningún personaje denominado Indio Solari existió en el pasado ni existe ahora...
Fue una estafa aberrante consumada desde el terreno de los acontecimientos sobrenaturales a los más ocultos senderos de nuestra sensitividad.
¡Caímos como chorlitos!, al decir de la linguística campestre.

Así y todo: ¡Qué fabuloso fue-y sigue siendo- estar insertos en este correlato mitológico que significan Los Redonditos de Ricota y todo lo que ellos generan en el campo activo de nuestra energía de neuromotricidad!

Por Dios, ¡que nadie interrumpa esta narcotización mitológica...!

 

LA IGLESIA Y LOS REDONDOS

Dos jerarcas del catolicismo local-promediando los 90-comenzaron a observar con preceptos inquisidores la idiosincracia cuasirreligiosa que se instalaba en el espíritu de numerosas capas juveniles, a partir de la masificación de una nueva tendencia rockera conocida como el rock barrial...

Ambos prelados sustentaban principios ultra-conservadores dentro del heterógeneo mosaico ideológico del catolicismo argentino: Eran los Arzobispos Antonio Quarracino y Emilio Ogñenovich (este último ligado a grupos cívico-militares de extrema derecha, como fueron los carapintadas de Mohamed Alí Seineldín). Ciertamente ellos no representaban la voz mayoritaria de los clérigos locales, pero, fuertemente sustentados por las autoridades de Roma, se daban el lujo - Quarracino en mayor medida - de proferir declaraciones públicas urticantes sin que los sectores progresistas del sacerdocio local se atreviesen a contrariarlo con firmeza.
Los blancos predilectos de las andanadas a veces insultantes de Quarracino (los homosexuales, las madres solteras, los adeptos al rock,...) le forjaron una imagen pública desmesuradamente irritativa. Pero los factores de poder local conocían que el arzobispo de Buenos Aires no declamaba sus diatribas por propia voluntad, sino que respondía a una línea de pensamiento consensuada previamente con el Vaticano. Es decir: más allá de su discurso expresado en términos intolerantes y poco contemplativos de amor hacia sus blancos elegidos, el proselitismo del arzobispo representaba el pensamiento del Vaticano..., o-para mejor decir- de los sectores más lefevristas de Roma.

El objeto de honda preocupación católica en cuanto a la masificación de las tendencias del llamado rock barrial, se generó a partir de una minuta interna (cuya existencia Quarracino se negó sistemáticamente a reconocer) en la cual se describía en una multitudinaria deserción de feligreses de las iglesias católicas argentinas, principalmente de núcleos juveniles que se volcaban con devoción religiosa al seguimiento de diferentes bandas rockeras estructuradas bajo una concepción de liderazgo barrial en las zonas humildes y marginales. Donde el direccionamiento conductivo y las bajadas de línea socio-culturales-religiosas fueron, hasta entonces, pertenencia casi exclusiva de los curas parroquiales, una buena parte de la juventud se entregó de lleno al flamante culto devocional inscripto por grupos musicales que desde un atalaya contestatario transmitían a través de sus temas las situaciones de marginalidad, desamparo, represión, y falta de solidaridad social que los acechaban día tras día.

Decepcionados por la bucólica actitud frente a sus dramas cotidianos que exhibían los clérigos católicos, gran parte de la juventud de las zonas humildes abandonó el protagonismo-activo o pasivo, según los casos- en la religión y se aferró al nuevo culto encarnado por los rockers barriales.
Ya no sólo eran los innumerables movimientos carismáticos y los pastores electrónicos quienes recepcionaban a los exhiliados de la fé católica, sino que también las disímiles alternativas del rock barrial (también llamado tribal) hicieron lo suyo para disminuir notablemente la cantidad de concurrentes a las reuniones católicas.

A oídos de Los Redondos (Solari, Beilinson, Poli) llegó una versión que les fue imposible corroborar su veracidad, aunque en la intimidad del grupo nadie la creyó disparatada. Según esa especie, la banda habría sido considerada-por algunos de los sectores más conservadores del catolicismo local- , de influenciar perniciosamente en millares de adolescentes y jóvenes marginales. El espíritu contestatario de Los Redondos, la rebeldía implícita de tinte anarquista que descerrajaba la estética de su compostura filosófica anti-sistema, no hallaba otros precedentes semejantes en la cosmografía de la cultura rock de la Argentina.

Fiel a su estilo de no responder públicamente a ninguna de las acusaciones (veladas o abiertas) que le endilgaban al público, el Indio Solari decidió guardar silencio una vez más frente a esta imputación que en voz baja había arribado a su conocimiento pero que ninguna personalidad-ajena a la banda- se atrevió a mencionar a la prensa haciéndose cargo de ella.

Las versiones recogidas consignaban que el informe les adjudicaba a Los Redondos una suerte de fenómeno místico desde el terreno del rock, a semejanza de las sectas carismáticas y protestantes, cuyas prédicas venían produciendo una captación importante de fieles católicos que se pasaban de bando.

A comienzos de los 70, los detractores del fenómeno Beatle sustentaron una singular y extravagante ocurrencia imaginada a efectos de socavar los desplantes contestatarios de la juventud de entonces, generados por los nuevos movimientos rockeros nacidos al influjo del cuarteto de Liverpool y de Los Rolling Stones. La insólita hipótesis de aquellos años daba a entender que las grabaciones de los rockeros más prominentes, reproducidas de atrás hacia adelante, permitían oír mensajes de adoración demoníaca que subliminalmente se incorporaban al inconsciente del oyente, sin que éste alcanzara a percibir la inserción en el cerebro de la supuestamente diabólica propaganda.

Tres décadas pasaron desde el momento que se lanzó al voleo semejante disparate, hasta que alrededor de Los Redonditos semejante disparate pareció recrearse nuevamente. No obstante en esta ocasión, la versión se hizo circular (según rumores, desde ciertas usinas eclesiásticas más identificadas con el lefevrismo que con el mensaje unificador del Papa Juan Pablo II), sin que nadie oficialmente se responsabilizara por el tenor de su contenido falsamente acusatorio.

El fallecido arzobispo Antonio Quarracino utilizó la tribuna de la emisora estatal--ATC- para difundir todos los sábados sermones altamente irritativos contra múltiples sectores sociales y culturales de la Argentina. La comunidad homosexual, las cofradías religiosas y filosóficas no tradicionales y el creciente movimiento de la cultura rock local, fueron algunos de los blancos elegidos por el Primado de Buenos Aires para centrar sus ataques.
Pese a que nunca los mencionó expresamente, Quarracino calificaba en charlas informales con los directivos de ATC a Los Redonditos de Ricota en términos más o menos parecidos a los siguientes: "Tienen una inclinación por lo demoníaco que realmente asusta".

No todos los clérigos compartían las apreciaciones del arzobispo porteño. Sin embargo, ni Farinello ni tantos otros sacerdotes samaritanos como él, se atrevían a contradecir a Quarracino avalado desde las altas instancias del poder político y religioso de la Argentina.

Difícil es saber fehacientemente (por más indicios que puedan señalarlo como sospechoso) si Quarracino fue la mano impulsora de varias sigilosas estrategias de acción psicológicas operadas para desmembrar sectas o grupos filosóficos bajo quienes llovieron acusaciones deleznables (mantener vínculos sexuales con niños, obligar a ejercer la prostitución infantil, etc), que la opinión pública- desconociendo el origen de tal campaña- repudió ostensiblemente cada vez que el periodismo se hacía eco de las actuaciones judiciales emprendidas por presuntos delitos aberrantes que en verdad fueron inventivas ideadas ex profeso.

Los Redondos -según presunciones que la banda de Solari llegó a conocer- habrían estado en la mira de esa campaña discriminatoria. Siempre ocurrió a lo largo de la historia universal (mucho más en la Argentina), que a los tradicionalistas y conservadores les preocupó cualquier expresión inconformista proveniente del ámbito cultural..., y más aún si los grupos referenciales de esa rebeldía artística lograban afianzarse masivamente en las clases sociales sumergidas y abandonadas de toda solidaridad.

Los Redondos -supusieron quienes premeditaron la campaña- podrían ser presas fáciles de una campaña destructiva. Las letras del Indio Solari mencionaban un extraño criminal mambo (al que se lo interpretaría como una adulación de tendencia suicida); varias alusiones a las drogas que servirían para acusarlos de apología al uso de estupefacientes y referencias directas al diablo (este infierno está encantador). Después era cuestión de inventar un cuadro referencial propicio para embadurnarlos públicamente. Fue lo único que se llegó a conocer del plan. Así mencionado, suena demasiado infantil o tonto, pero en manos de expertos en acción psicológica las referencias descriptas alcanzan para consumar un ardid descomunal.

Sin embargo, la versión recogida de fuentes clericales adversas a las implementaciones citadas, mencionó que la cabecera de playa elegida para iniciar la ofensiva contra Los Redondos, habría sido un tema incluído en el álbum Gulp, titulado Criminal mambo.
La mentalidad persecutoria, interpretó Criminal mambo como la pieza musical de Los Redondos manifiestamente contra-cultural y producida para ser la extraña amalgama de sonidos sin otra motivación que el desorden allí imperante.

Un colaborador del etnólogo en sectas Alfredo Silleta, opinó que Criminal mambo sólo provenía de un trip largo y cansador experimentado con influencia alucinógena.

Pasó el tiempo y la supuesta gran conspiración contra Los Redondos sólo se efectivizó a partir de pequeñas muestras de intolerancia y segregacionismo. La suspensión de las dos presentaciones en Olavarría y la movilización nada espontánea del vecindario de River Plate intentando persuadir a las autoridades porteñas para que prohibieran los recitales del 15 y 16 de abril de 2000, en las  que se lanzaron diatribas calumniosas hacia el conjunto de la feligresía ricotera, resultaron apenas una minúscula campaña desprestigiante contra la banda de Solari y su feligresía de incondicionales seguidores.

Figurarse que Los Redondos emergieron de una conjura demoníaca (siendo algo así como el bebé de Rosemary del rock argentino) destinada a aprisionar las mentes juveniles bajo los designios satánicos, concierne a un delirio de naturaleza superlativa proferida por mentes en extremo enfermizas e intolerantes.

Fallecido el cardenal Quarracino, las esquirlas de sus autos de fé filosóficos surgieron fantasmales un tiempo más tarde, en agosto de 1997, en la ciudad de Olavarría.
La historia recuerda que las fuerzas vivas (?) de Olavarría solicitaron al Intendente local que prohibiera las dos presentaciones que realizarían en el Estadio de Estudiantes de Olavarría el grupo Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.

La absurda prohibición no tenía antecedentes en la Argentina desde la recuperación de las instituciones demoráticas, en diciembre de 1983. Es más, ni siquiera episodios de violencia que se tornaban habituales en las presentaciones públicas de Los Fabulosos Cadillacs, de Pappo y de otros grupos de rockers (los conjuntos punks consumaban ceremonias furiosas sin excepción) motivaban censuras de ningún tipo en sus actuaciones posteriores.

Entonces, la negativa pergeñada en Olavarría contra Los Redondos (la Justicia de allí rechazó un amparo presentado por los letrados del grupo), justificada-según las autoridades de la ciudad- en la necesidad de prevenir incidentes y destrozos por parte de los seguidores de la banda, tenía un tufillo muy hediondo que la ridícula explicación brindada por los promotores de la prohibición no alcanzaba a encubrir.

La trastienda oculta de la censura a Los Redondos en Olavarría, corrió como reguero de pólvora de boca en boca de muchos políticos locales de uno y otro signo partidario.
Según el rumor (confirmado en voz baja por un par de Legisladores de Olavarría que solicitaron guardar sus nombres en el anonimato), la solicitud de prohibir la presencia de Los Redondos en Olavarría partió directamente de boca del arzobispo de Mercedes, Emilio Ogñenovich.
Clérigo ambiguo, de relaciones cordiales tanto con ultraderechistas y conspiradores civiles-militares, igual que con ex militantes de Montoneros y profundo defensor del entonces presidente Carlos Menem, Ogñenovich motorizó desde las sombras la influencia necesaria (en su caso se extendía a otros ámbitos geográficos alejados de Mercedes) para impedir la presencia de Los Redondos en Olavarría.

Se dice que esbozó una teoría extravagante para convencer a las autoridades de la ciudad de que los dos recitales del grupo debían cancelarse aun a riesgo de pagar un alto precio político. Apoyado en la pared de la superchería, en lugar de fundamentar con postulados religiosos su pedido de prohibición, Ogñenovich habría explicado que una obra de Los Redondos -Luzbelito-, que la banda interpretaría en esa ciudad, incluía invocaciones satánicas cuya propagación en Olavarría iba a generar males y desgracias por doquier sobre la ciudad en los días posteriores a los recitales.

Se habría insinuado la rastra de males e infortunios que acarrearían a esa ciudad las presentaciones de Los Redondos- a raíz del diabólico conjuro que prohija, según esa interpretación esquizofrénica, su obra musical-, de allí que las autoridades olavarrienses decidieron prohibir los recitales programados por la banda del Indio Solari con casi tres meses de  antelación.

Obvio que ningún funcionario siembra adhesiones electorales si justifica su conducta intolerante bajo pretexto de sortilegios de clarividencia. Por tanto, la prohibición de los recitales de Los Redondos en Olavarría se maquilló de argumentos pueriles que ocultaron las verdaderas causas de la drástica determinación.

A Los Redondos les llegó la versión del demoníaco rol que les adjudicaron por su obra Luzbelito, como factor desencadenante de la censura impuesta a los recitales programados en Olavarría.

Elementos de consideración abundan en los relatos precedentes como para deducir que la prohibición sufrida por Los Redondos de realizar sus dos shows en Olavarría (procedentes de sectores retrógrados clericales y civiles), consustanciados filosóficamente con la hipótesis bufonesca que le atribuye a la banda del Indio Solari insólitas gravitaciones demoníacas.

 

ACERCA DEL AUTOR

Jorge D. Boimvaser: Mitología no autorizada de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota

Jorge Daniel Boimvaser nació en la Capital Federal el 30 de abril de 1952. Es periodista, escritor, poeta, músico y aficionado a la holografía. Sus libros anteriores fueron Historia secreta de El Informador Público (1989), Las manos de Perón (1991) y, en coautoría, El libro negro de los mundiales de fútbol (1994).

Rememorando a Charles Bukowsky, Boimvaser suele repetir que eligió el camino de la escritura porque es la profesión que le permite dormir hasta el mediodía y vivir sin trabajar. Además del referido Bukowsky, sus preferencias literarias y musicales abarcan desde Borges y los poetas españoles de ayer y de siempre (Góngora, García Lorca, Alberti, Celaya...y siguen las firmas), hasta Atahualpa Yupanki, Paco Ibañez, Jethro Tull, y obviamente, Patricio Rey y sus redonditos de ricota.

Admira los movimientos contraculturales contemporáneos y ha tributado este libro a Soledad Rosas, la anarquista argentina integrante de la organización "Okupas", muerta en Italia en 1998.

 

TEXTO DE CONTRATAPA

Un fantasma recorre la Argentina desde hace dos décadas: Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Mítico y legendario desde el comienzo, el grupo constituye un fenómeno que salta las barricadas del rock e interviene simultáneamente en muchas escenas: la cultural, la social, la política. Méritos avasallantes son la intrepidez de los temas y la calidad y el ajuste de las interpretaciones de la banda, impregnadas de una lírica urbana que sólo el Indio Solari (tal vez la voz más singular que haya surgido en los últimos años) puede transmitir tanto en vivo como en estudio.

A brillar, mi amor intenta emular, salvando las distancias, la campaña épica de los protagonistas e iluminar desde distintos ángulos- sociales, culturales, políticos- los aspectos menos conocidos de la historia, sin desdeñar los testimonios de los fans, los rumores populares ni la misteriosa potencia simbólica de las letras. Al contrario, Jorge Boimvaser se nutre de ellas para encontrar nuevos significados en guiños, referencias y alusiones y narrar no sólo las características antropológicas del fenómeno ricotero sino por los efectos políticos que generó, desde la suspensión del recital de Olavarría hasta la feroz represión policial orquestada en Mar del Plata contra los seguidores de la banda.

Este libro destila rebeldía e inconformismo porque está escrito en el mismo idioma que hablan Los Redondos y su audiencia. Un idioma que permite captar en el aire los estribillos turbulentos de la silenciada protesta y los giros más sutiles y fulgurantes de una vanguardia estética que se transforma una y otra vez de acuerdo con la velocidad de los tiempos. La sucesión de imágenes, recuerdos, anécdotas y estrofas, de deidades generacionales exclusivas y comunes- que van de Lennon y Syd Barret a los poetas del barroco español y Atahualpa Yupanki-, de acontecimientos asombrosos y respuestas inmediatas hacen de A brillar, mi amor una caja de sorpresas, cuyo contenido es un manjar ricotero apto para jóvenes de todas las edades.

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10/1998 | PETO y RULO, desde la Ciudad Prohibida