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enviado a MUNDO REDONDO por ZIPPO.
LA
TRÁGICA MUERTE DE "EL DOCE"
| Trágicamente
murió el Doce, también conocido como el Sultán.
El mítico hacedor de redonditos de ricota según una
receta de la ecónoma Patricia Rey, que sirvieron para bautizar
en los 70 al grupo más mítico de la historia del rock
nacional, fue hallado a las 6 de la mañana del pasado 2 de
febrero en su casa de Claypole, con su voluminoso cuerpo perforado
por veinte cuchilladas. "Sin embargo, su cara mantenía una sonrisa", contó a este diario uno de
sus familiares. Como si hubiera esperado la muerte, a la que parece
haber buscado con ansiedad en los últimos tramos de su agitada
vida.
El Doce o el Sultán
en realidad se llamaba Edgardo
Gaudini y el 10 de enero
había cumplido 59 años. En momentos clave de su vida
vivió en La Plata. Aquí fue profesor de Matemáticas,
Física y Química en el colegio San Vicente de Paul
y en ese tiempo participó del nacimiento de Patricio Rey
y los Redonditos de Ricota. Posteriormente mantuvo programas en
Radio Universidad en los que defendió enfáticamente
los derechos humanos, sobre todo, en las cárceles.
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El último
de sus programas fue "El
pez náufrago". Todos
lo que lo conocieron y aportaron sus datos para reconstruir su historia,
lo recordaron con cariño. Desde ya su familia, el Mono Cohen,
Ricky Bizzarra, Fenton, Claudio Cuartero. Sus familiares reconocieron
que en los últimos meses había ingresado en una declinación
demasiado parecida a la decadencia. Quizás, a causa de esa
dura y prolongada enfermedad contra la que luchó a desgano.
DE
PROFESOR DANDY A FAMOSO COCINERO Edgardo, el Gordo o el Doce, escondía un pasado
de dandy, algo que sonará a loco para quienes lo conocieron
en los últimos años, con su parecido a Pavarotti,
vistiendo descuidadamente y calzando una gorra deportiva. Pero fue
así. "Era
un adolescente muy lindo y se cuidaba mucho al vestir", acotó su hermana. Era muy
lector y un apasionado por el cine como buen hijo de aquellos años.
Oriundo de Lomas de Zamora, cuando terminó el colegio industrial
ingresó a un profesorado de Matemáticas, Física
y Química. Al recibirse empezó a trabajar como docente
en el Otto Krause de Buenos Aires y al poco tiempo, en el San Vicente
de Paul en La Plata. Fue entonces cuando se mudó a Gonnet
y su vida dio un vuelco total.
En Gonnet conoció
a los hermanos Beilinson, a Solari y a Fenton, sus vecinos que tenían
un taller de estampado de telas y ropa. Gran cocinero y excelente
anfitrión, se hicieron amigos y el Doce, que fue bautizado
así porque se presentaba como "docente", se hizo
vendedor de esa ropa. Según cuentan, una de sus especialidades
culinarias fueron unos buñuelos pequeños de ricota,
redonditos, que había extraído de un libro de la ecónoma
Patricia Rey. Buñuelos que terminaron bautizando al grupo
que en esos momentos, estaba en plena gestación.
Se lo recuerda disfrazado
de Sultán repartiendo sus redonditos de ricota en los míticos
recitales del teatro Lozano. Esa es la imagen que trascendió
y por eso los devotos fans del grupo de Skay y el Indio, lo recuerdan
como el Sultán. Cuando tenía la audición en
Radio Universidad, llegaban los pibes ricoteros para verlo detrás
del vidrio del estudio. A la salida le pedían autógrafos
y él incluso llegó a incorporarlos a la audición,
improvisando un tema para darles voz.
Como contó
alguno de los entrevistados, "de aquella época uno a uno fuimos sacando
los pies del plato". Quedó
la formación actual y los demás siguieron cada uno
su camino, tal como se los pintó la vida. Al Doce no le fue
bien, según contaba. Tuvo algunos problemas con la ley, como
dirían en una serie norteamericana que lo llevaron una temporada
a la cárcel. Y allí aquél dandy, el Doce que
enseñaba Física, Matemáticas y Química,
el exquisito cocinero de redonditos de ricota, se topó con
otro mundo, feroz, con sus propias leyes. La marginalidad, la exclusión.
También el manejo autoritario, el maltrato. El otro mundo
le propuso otra vida.
Salió de la
cárcel conmovido. Fundó junto a otros, una institución
de defensa de los derechos humanos para los presos comunes. La marginalidad
comenzó también a seducirlo. Empezó a investigarla.
A trabajar en eso. Se vinculó con los medios. Empezó
a escribir, a colaborar, a hacer reportajes, notas. Llegó
a la radio y abrió una columna para que se expresen los de
adentro, los que no tienen voz en el afuera. Empezó a leer
las cartas que le llegaban desde los presidios. Toda esta experiencia
la fue volcando en dos proyectos, dos futuros libros. Uno sobre
marginalidad y cárcel y el otro, sobre la sexualidad entre
los marginales. Libros que no terminó.
La relación
con los Redonditos siguió en el terreno afectivo. El Doce
iba a algunos recitales, lo hablaban. Cuentan que cuando tuvo otro
problema judicial que no terminó en cárcel, le enviaron
al abogado de ellos. Contaba su historia sin problemas, pero entre
aquella vida cuando entre todos parieron al grupo y hoy, los caminos
no eran los mismos. Siguió siendo un redondito. Incluso se
ponía las remeras que le regalaban con la imagen del Indio.
Pero tenía otros intereses. "Es como si la temática que abordaba
e investigaba se hubiera ido adueñando de él", acotó un amigo. Poco a poco
el Doce se fue alejando de todos. Un tiempo vivió en San
Clemente y cuando alguien lo visitaba, sacaba a relucir sus dotes
de chef. Rescataba el sentido del humor que lo había caracterizado
siempre y volcaba la sabiduría aprendida en sus tantas lecturas,
pero también en esa pelea continua contra la vida, en la
que recibió golpes demoledores.
Cuidó a su
mamá hasta que murió y se mudó a la que había
sido su casa paterna en Claypole. Solo, con nuevos amigos surgidos
de los ambientes que investigaba, frecuentaba y que terminó
perteneciendo. Uno de esos amigos lo mató despiadadamente
la madrugada del 2 de febrero. Ese ambiente se había convertido
en su vida. Y también fue su muerte. En la memoria de quienes
lo quisieron entrañablemente, que fueron muchos, quedará
su imagen de Pavarotti cocinando exquisiteces, su agudo y afilado
sentido del humor, su compromiso con los olvidados y desde ya, sus
recuerdos cuando una noche platense se vistió de sultán
y repartió los redonditos de ricota en lo que fue el nacimiento
de un rito al que el Indio dio voz y Skay le puso música. |