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LOS
REDONDOS ARTISTAS
DE LA DÉCADA
Revista Rolling Stone. Año 2. Número
20-Número de colección.
Es probable que no siempre
los fans capten todas las metáforas que Solari formula en
sus canciones. No cabe duda, en cambio, de que perciben con absoluta
nitidez una visión, un modo de pararse frente al mundo. |
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Hay
que padecer que los colectivos no te paren y te obliguen a caminar
cuarenta o más cuadras para volver a casa. Hay que soportar
que te arreen como ganado, que la policía te maltrate, que
los pibes más sacados te quieran afanar. Si uno vive en la
Capital o en el Gran Buenos Aires, hay que tomarse un tren hacia
alguna diminuta ciudad del interior del país y rezar para
que el intendente no ceda a las presiones de la derecha o de "las
fuerzas vivas" de la ciudad y prohiba el show. Hay que estar
dispuesto a dormir en carpa o, de lo contrario, hay que esperar
a que se decidan a tocar en un gran estadio de fútbol, al
que conviene llegar con tiempo para evitar aglomeraciones y/o represión.
Hay que tener lo que los chicos llaman aguante. Y comprender que,
si estás dispuesto a bancarte todo eso, es probable que luego
vivas una de las mejores fiestas que el rock argentino puede ofrecerte
hoy: un recital
de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Hay
que ver a esos tipos arriba del escenario: entonces, toda intelectualización
del asunto estalla en pedazos. Hay que participar de esa comunión
tan única que se produce entre el público y ese cantante
calvo de lentes oscuros que junta sus dos manos como si fuera a
mover un palo de golf y luego gira sobre sí mismo; ese guitarrista
que te pone la piel de gallina, esa banda que abre las puertas de
la emoción y de la magia. Cientos de miles de jóvenes
compran sus discos o invierten el dinero que no tienen para verlos.
Si durante los 70 representaban la resistencia cultural de una elite
informada, hoy representan la resistencia de una masa de jóvenes
- "desangelados", según la definición del Indio
Solari- que no creen en nada ni en nadie, excepto en Los Redondos.
No se trata de la única banda argentina que suena bien
en vivo, ni de la única cuyos principales integrantes son
muy carismáticos. No es eso. En los recitales de Patricio
Rey y sus Redonditos de Ricota se instala durante dos horas -y se
disfruta como parte vital del hecho artístico- la sensación
de que este mundo puede ser tomado por asalto; que los artistas
y el público estamos haciendo en ese preciso momento una
revolución; o que al menos estemos dispuestos a jugarnos
todo con tal de no permitir
"un último secuestro no, el de tu estado de ánimo", como dice el viejísimo y magnífico
tema Ya nadie
va a escuchar tu remera.
Los recitales de
Los Redondos son hoy "el hecho maldito del rock argentino", en el mismo sentido metafórico-
salvando las distancias, claro- con el que John William Cooke definía
el peronismo como
"el hecho maldito del país burgués". La organización de los conciertos,
a cargo del grupo, suele ser por lo menos deficiente. Sin embargo,
esa deficiencia no alcanza a explicar los desmanes que a veces se
producen antes o después de las actuaciones de la banda.
La policía odia al público de Los Redondos
con un fervor que antes sólo dedicaba a la izquierda o a
las manifestaciones opositoras al poder de turno; la mayor parte
del público odia a la policía porque parece entender
que nada tienen que hacer los azules allí, en ese territorio
libre. Cierta rudimentaria idea de socialismo define la devoción
con la que algunos chicos deciden colarse. No es una simple travesura:
en el fondo, más bien parecen pensar que no tienen por qué
pagar para entrar a una fiesta que les pertenece. Hasta los fans
más viejos del grupo añoran la época en que
todo era más cool, y deploran la llegada del aluvión
bardero, esos pibes que, ¡horror!, acaso no sepan quién
era Frank Zappa.
Patricio Rey y
sus Redonditos de Ricota
son los únicos protagonistas de la década del 80 que
ratificaron y aumentaron sus protagonismo en los 90. Sosa Stereo-
supuesto contrincante en las preferencias populares- también
grabó algunos muy buenos discos en los 90 y se despidió
con el estadio de River lleno; la memoria popular, sin embargo,
asociará por siempre a esa banda con los 80. Los Redondos grabaron algunos discos formidables durante estos años.
No son los únicos: ni siquiera se puede afirmar con absoluta
certeza que sus trabajos de los 90 resulten sustancialmente mejores
que los de los 80. Son, lejos, la banda más popular de la
Argentina, pero nadie podrá acusarlos jamás de haber
accedido a esa popularidad por medio de demagogia artística
o concesiones en su estética. Sus últimos dos
discos, Luzbelito y Ultimo bondi a Finisterre, demuestran que, luego
de dos décadas en la ruta, se mantienen tan inquietos como
siempre: en esos trabajos, la banda despliega un abanico de influencias
tan disímiles entre sí como Black Sabbath, el David
Bowie de Earthling y Massive Attack.
Hay más que
eso. Los Redondos han utilizado la poesía (las letras
del grupo están entre las pocas del rock argentino que admiten
esa denominación) para describir estos durísimos años
que para siempre serán caracterizados como menemistas. No
lo hicieron desde el panfleto, sino desde historias de personajes
pequeños y marginales que transitan como pueden por un infierno
que no está para nada encantador. De cuando en cuando, además,
se permiten alguna proclama libertaria hecha y derecha. "Blues de la libertad", otro viejísimo tema del grupo, se
reactualizó cuando lo grabaron por primera vez en Luzbelito
(1996). Es que quizá todavía sea tiempo de aclarar
que "Mi
amor, la libertad es fanática/ Ha visto tanto hermano muerto/
tanto amigo enloquecido, que ya no puede soportar/ la pendejada
de que todo es igual/ siempre igual/ todo igual/ todo lo mismo". Es probable que no siempre todos los fans
capten todas y cada una de las metáforas que Solari formula
en sus canciones. No cabe duda, en cambio, de que perciben con absoluta
nitidez una visión, un modo de pararse frente al mundo.
"Yo
sé que no puedo darte algo más que promesas... tics
de la revolución/ implacable rocanrol/ y una par de sienes
ardientes/ que son todo el tesoro", canta Solari, lúcido en Juguetes perdidos, otro
de los himnos de Luzbelito. La frase, una paráfrasis ricotera
del "Es sólo rock & roll, pero me gusta", de
Los Rolling Stones, define con exactitud irónica los alcances
y los límites de la propuesta de la banda. |
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