TANDIL.- Una persistente lluvia estaba instalada
sobre la ciudad desde el jueves anterior al recital, y la cancha
del Club San Martín, que estaba inundada, no fue obstáculo
para los miles de ricoteros invadieran la ciudad de Tandil para
asistir al recital de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Esta
era la oportunidad de concretar la fiesta que los días 15
y 16 de agosto no pudo ser, cuando Helios Eseverri, intendente de
Olavarría, prohibió por decreto, por ignorante y por
pacato, la actuación de la banda. Por eso, esta vez se trataba
de una cita casi ineludible y cerca de 25.000 personas entendieron
que allí debían estar. La lluvia estaba dispuesta a no contribuir con la fiesta. Una lluvia que, a pesar de su insistencia, no fue suficiente para quebrar los ánimos. El viernes ya se había anunciado que nada iba a detener el recital, que, esta vez, no habría fuerza natural o política que impidiera el encuentro. Estoicos, Los Redondos. O mejor dicho, su público, a los que llaman "las bandas". Porque Tandil fue como una pesadilla: una lluvia inclemente, una ciudad con negocios cerrados, sin comodidades suficientes como para resistir el aluvión de gente que viajó que viajo incontables kilómetros. No fue fácil estar en Tandil. Todo por unos cinco tipos que sólo se corporizan en el escenario bajo el influjo de un tal Patricio Rey. El hechizo estuvo a punto de quebrarse el sábado. Todo parecía estar en contra: la lluvia había mojado los equipos, por lo que el inicio del concierto se demoro una hora y debió interrumpirse a los 45 minutos porque la combinación de agua y electricidad hizo peligrar la vida de los músicos. Muchos creyeron que ya no saldrían. Pero en esas circunstancias, donde la taba se da vuelta, es donde aflora el verdadero temple. Y Los Redondos salieron adelante, tal vez impulsados por ese "aguante" que el INDIO agradeció al inicio. Toda esta gente, fiel como pocas, demostraron nuevamente que la incondicionalidad de su esencia ricotera está intacta. Desde 1994, los Redonditos no se presentaban en la Capital Federal. Sus recitales desde entonces son organizados en distintos puntos del país, dando lugar a un verdadero éxodo que cambia, por unos días, la tranquilidad pueblerina de cualquiera de los puntos elegidos para la misa pagana del rey Patricio. Desde
varios días antes, la ciudad comenzó a ver la llegada
de las bandas. La capacidad hotelera estaba colmada, las huestes
debieron pasar la noche en donde pudieran. Cualquier techo que los
cubriera de la lluvia, venía bien. ¿Existe
alguna lógica que explique el por qué de estas caravanas
que llegan, en micro, en trenes, a dedo, hacia el lugar elegido
para la cita? Y más aún, cuando la ciudad se ha vuelto
decididamente inclemente y hasta hostil, con una lluvia que no da
tregua. Insistimos, ¿qué razón puede haber
para aguantar horas y horas, empapados, en medio del barro? La respuesta
está más allá o más acá de lo
obvio. Escuchar a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Pero también
participar del encuentro, con la banda y con las bandas. Vivir la
fiesta, en una ocasión en la que nadie debía faltar,
tras la prohibición de los shows en Olavarría. A las 21 se apagaron las luces del escenario, diez bengalas cortaron la oscuridad iluminando sentimientos y el grupo comenzó el recital con el estadio colmado. El recital comenzó con "Nuestro amo juega al esclavo", ese que dice (y nunca fué tan precisa la expresión "violencia es mentir", en ese tiempo post-Olavarría). "Nuevamente, gracias por el aguante", dice el Indio y, todos, entendimos que hablaba de hoy, pero también de antes y después, de siempre.y recomendó que nos cuidemos bien a la salida. "El pibe de los astilleros", "La dicha no es una cosa alegre", "Cruz diablo". No hace falta más que un par de acordes iniciales, para que todo el estadio estalle al reconocer cada canción. Saltamos, cantamos, disfrutamos, y cuando la lluvia parecía estar amainando, se redobla. Una voz entonces, cuando habían pasado apenas 45 minutos de música, anunció desde el escenario que van a hacer un alto. Es que el agua había convertido el escenario en un terreno minado. Tiempo difícil. Silencio, lluvia e incertidumbre. ¿Saldrán de nuevo? ¿Habrá terminado acá? Algunos pocos optan por abandonar la partida. Mala suerte, porque luego de una media hora la banda (que demostró que también tiene aguante) sale con una seguidilla demoledora que ayuda a calentar los cuerpos castigados. "Nena-nene", "Ñamfri-fru-fri", "Mi perro dinamita". Rock and roll a pleno, como los Redonditos saben hacerlo y nosotros disfrutarlo. Para algunos, no alcanza con escuchar y cantar. Intentan entonces subirse al escenario para abrazar a los músicos. "El que sube es un gil", dice, contundente Skay. El show duró hasta las 23.30, como estaba previsto. Sospechamos que algunos temas se habían caído de la lista. Si así fué, la banda eligió estar a tono con las circunstancias: trazar los himnos que nadie quiere que falten y que las bandas, mojadas pero fieles, nos merecíamos. El principio del fin es con "Juguetes perdidos", luego "Vamos las bandas" que sacudió al estadio con la voz de las bandas y claro, "Nueva Roma" y "Ji, ji, ji". ¿Acaso Importa que el sonido no haya sido el mejor? No, estábamos asistiendo a una celebración y la celebración tenía lugar. Y si el volumen no es tan alto como hacía falta, allí había más de 20.000 voces que son imbatibles cuando corean, sílaba a sílaba, cada una de las letras. Son watts que se miden con la vara de la pasión. Nuevamente, la razón no entraba a jugar, es imposible que dé cuenta de este estadio del que la gente empieza a salir girando, arremolinados e ilógicamente felices. "No lo soñé", canta el Indio y repetimos todos. Plenos, embarrados y seguros, que el sueño no terminó. Ni termina nunca. Más alla de una buena actuación que comenzó bien y termino mejor, Los Redondos ratificaron su capacidad como músicos y creadores de un sonido de rocanrol criollo que les es absolutamente propio. Porque Los Redondos no hacen rock and roll a lo Chuck Berry, ni a lo Stone. Su alquimia es altamente particular, generadora de un formato único e intransferible que evoluciona sin traicionarse. Y que en Tandil demostró no haber perdido vigencia. La magia redonda sigue girando. Apostillas Algunos de los comerciantes de Tandil estaban asustados y cerraron temprano sus negocios, a pesar de las sugerencias municipales. "Son buenos chicos, no sé porque les tienen miedo", dijo la dueña de un locutorio que vio desfilar a chicos que, una vez en Tandil, llamaban a sus padres para avisarles que estaba todo bien. Otros comerciantes, en cambio, descubrieron que no podían perder esta oportunidad. En los restaurantes y bares que permanecieron abiertos una vez terminado el recital, se fue acabando todo. Los taxis, tarde en la noche, brillaban por su ausencia. A pesar del barro y la lluvia, el espíritu de los chicos parecía no decaer nunca. Antes y después del show y en el inesperado intervalo, circulaban rumores varios sobre los próximos pasos de la banda. Unos aseguraban que el siguiente show sería en Capital. Otros apoyaban con certeza la posibilidad de repetir Villa María (Córdoba). También se especulaba con un nuevo disco (de hecho, la banda está trabajando sobre los temas nuevos). Que sale antes de fin de año, que lo van a grabar a los Estados Unidos, eran las distintas versiones. Todos saben. Toda información es, además, compartida. Se registraron unos pocos incidentes. Uno de ellos fue apenas dieron puerta, cuando uno de los caballos de la policía retrocedió y casi pisa a un chico. La respuesta fueron algunas pedradas que provocaron nerviosismo en caballos y jinetes. Más tarde, pasada la medianoche, hubo otro incidente en una estación de servicio. Un par de muchachos se fueron sin pagar sus hamburguesas lo que generó la aparición de efectivos policiales con bastones amenazadores. En la dispersión apresurada algunos recibieron golpes y caídas. Poco más de cien personas no pudieron tomar el tren redondo de regreso que partía a las 2.30. El motivo: apenas terminado el recital, empapados y embarrados, muchos (con boleto y sin él) fueron a la estación a buscar refugio en los vagones. Como nadie controlaba el acceso, colmaron rápidamente la capacidad y trabaron las puertas. A pesar de que Ferrocarriles agregó tres vagones extras, muchos que tenían boleto se quedaron sin lugar. El Intendente prometió poner micros para devolver a Buenos Aires a los que se habían quedado abajo, pero recién a las 10 de la mañana del domingo. Apostillas obtenidas del Diario La Nación ---------------------------------- UN
ESTADIO LLENO VIBRA CON LOS REDONDOS En 1997, el recital de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota convocó a una multitud en el San Martín. El 4 de octubre de 1997, Tandil fue escenario de la presentación de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, en un multitudinario recital llevado a cabo en el estadio General San Martín. Los Redondos llegaron a esta ciudad en un momento particular de su riquísima trayectoria, la que los llevó a ser el grupo musical más importante de todos los tiempos en esta parte del mundo. LE PROHIBIERON LA MANZANA Cuando el show en Tandil aún no figuraba en la agenda de Los Redondos, el intendente de Olavarría, Helios Eseverri, prohibió mediante un decreto las dos presentaciones previstas para los días 16 y 17 de agosto en el club Estudiantes de esa ciudad, argumentando razones de seguridad. Mediante una histórica conferencia de prensa, los integrantes del grupo se dirigieron a su gente y a través de la voz de Carlos Solari, quien advirtió que "los corazones jóvenes tardan en cicatrizar". "Nos encontraremos pronto en algún lugar donde seamos recibidos de modo más hospitalario", le prometió en Indio a los ricoteros que empezarían a desandar el triste y embroncado camino de vuelta a casa. Aunque nadie lo sabía, empezaba a tomar forma el desembarco en Tandil. LLEGÓ COMO VOS, NO LO ESPERABAS Puestos a buscar nuevos lugares, la mira ricotera apuntó a Tandil y cuatro representantes de Los Redondos arribaron a esta ciudad para evaluar la posibilidad de que aquí fuera la fiesta esperada. El intendente Julio José Zanatelli estuvo a punto de ser tan obtuso como su par de Olavarría. Inicialmente descartó de plano que fuera a permitirse la realización del recital. Sin embargo, minutos después aceptó tratar el asunto que en un lapsus definió como "esto de los Ricotitos de Redonda". Tras reunirse con integrantes del Legislativo comunal, la máxima autoridad política de la ciudad reconoció haberse apresurado en su primera decisión. La predisposición era la mejor y ya se fijaba como fecha elegida al primer fin de semana de octubre. Aunque hubo también una controversia respecto del lugar de realización, quedó determinado que el único que cumplía los requisitos era el estadio San Martín. Los Redondos tocarían en Tandil después de haberlo hecho en 1988, en el Teatro Estrada. Esta vez, con dos décadas de notable trayectoria, ocho discos grabados (uno de ellos doble) y una concurrencia que se había multiplicado de manera impensada. RAJEN DEL CIELO La semana previa al 4 de octubre, la ciudad empezó a mostrar una fisonomía distinta a la habitual. "Las bandas" fueron llegando a medida que se acercaba el día esperado, en una masiva invasión desde distintos puntos del país. Durante la prueba de sonido, la serenidad de la noche del viernes permitió que en gran parte de Tandil se escucharan entre otros los cDEFANGED_DEFANGED_Onmovedores acordes de "Todo un palo", a modo de anticipo para lo que venía. El clima no adhirió a la fiesta. La lluvia cayó desde el jueves, aunque de manera discontinua, para transformarse en un diluvio a la hora del recital, cuando más de veinte mil personas palpitaban el momento esperado de cara al escenario montado delante de la tribuna techada. A las 21; se apagaron las luces, algunas bengalas cortaron la oscuridad y empezó el renovado idilio entre los redonditos de arriba y los redonditos de abajo, en medio de un evidente clima de revancha por lo sucedido en Olavarría. No por casualidad el arranque fue con "Nuestro amo juega al esclavo", aquel que sentencia lo de "violencia es mentir". Afinado por Solari, con aspereza y nitidez. Gritado por todos los demás, con la voz y el corazón. Después del primer tema, el Indio agradeció "una vez más, el aguante" y durante 45 minutos el grupo demostró sus virtudes con la base de Walter Sidotti en batería y Semilla Bucciarelli en bajo, el brillo de Skay Beillinson en guitarra y el aporte de Sergio Dawi en saxo. Pasado ese lapso, una voz anunció que habría un intervalo. El campo de juego se había transformado en una masa de barro, el agua había mojado los equipos y amagó con arruinarlo todo. Pero el temple de la banda pudo más y media hora después volvió a escena con una impresionante seguidilla a puro rock. Dadas las circunstancias, hubo una lógica decisión de acotar el show, que incluyó sobre el final "Juguetes perdidos" (acompañado por las luces de las bengalas), "Nueva Roma" y "Vamos las bandas", para concluir con el clásico "Ji ji ji", generando el descontrolado remolino de gente que el propio Solari se encargaría de describir años después como "el pogo más grande del mundo". Apenas pasadas las 23.30, abandonaba el San Martín una multitud embarrada de pies a cabeza y satisfecha en sus corazones. Segura de que el sueño no terminaba. Tampoco terminó, casi una década después de aquella noche inolvidable y a seis años de la última vez que Los Redondos subieron a un escenario. Por más que nuestro amo siga jugando al esclavo, y aunque nos sigan castigando a pura mentira. Adriana Palacios (La nota salió en un libro del diario El Eco de Tandil, donde se repasan hechos destacados de los últimos 125 años)
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